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(Contraportada)
JAIME BALMES,
PBRO.
Biografía bien documentada y
organizada, en la que se sigue
paralelamente, a grandes trazos y como
fondo de la figura, la turbulenta historia
política de la época, terminando con la
interesante aunque fracasada, actuación
política de Balmes, ya en las postrimerías
de su breve vida, para intentar resolver el
pleito dinástico, pensando en la Patria unida
que, un siglo después, había de ser el concepto angular del credo de la nueva España.
Gran oportunidad la de esta biografía,
tanto por la eminente figura católica que es
objeto de ella, como porque, a través de la
obra, se ve claramente el enorme extravío
de su propio ser que sufría España y lo
urgente que era ya un movimiento de
unidad para hacer posible el resurgimiento
de nuestra grandeza. Balmes resulta, así, un
benemérito precursor del ideal nacional
Qué ha triunfado ahora.

1

JUAN RIOS SARMIENTO

JAIME BALMES, Pbro.

BARCELONA
1941

2

ÍNDICE

CAPÍTULO I....................................................................................................................3
La Revolución...............................................................................................................3
CAPÍTULO II...................................................................................................................9
La fuga...........................................................................................................................9
CAPÍTULO III................................................................................................................13
Primeros años..............................................................................................................13
CAPÍTULO IV...............................................................................................................18
Segunda etapa..............................................................................................................18
CAPÍTULO V.................................................................................................................25
La universidad.............................................................................................................25
CAPÍTULO VI................................................................................................................32
Oposiciones.................................................................................................................32
CAPÍTULO VII..............................................................................................................49
Barcelona.....................................................................................................................49
CAPÍTULO VIII.............................................................................................................75
Balmes viaja................................................................................................................75
CAPÍTULO IX...............................................................................................................83
Un drama de la amistad...............................................................................................83
CAPÍTULO X.................................................................................................................93
Otro poco de historia...................................................................................................93
CAPÍTULO XI...............................................................................................................97
“El criterio”.................................................................................................................97
CAPÍTULO XII............................................................................................................102
Cómo era Balmes......................................................................................................102
CAPÍTULO XIII...........................................................................................................119
“El pensamiento de la nación”...................................................................................119
CAPÍTULO XIV...........................................................................................................138
La comida de las fieras..............................................................................................138
CAPÍTULO XV............................................................................................................146
De cómo Balmes cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte......................146
Obras consultadas......................................................................................................149
Obras de Jaime Balmes.............................................................................................151

3

Capítulo I
LA REVOLUCIÓN

Aquella noche tenía que decidir Jaime Balmes si huía de Barcelona o
se quedaba allí, entregado al azar de la revolución o de la anarquía. Mucho
había meditado sobre la resolución que debía tomar. Paseando a obscuras
por su cuarto, meditaba largamente y rezaba con ahínco.
Su sensibilidad era exquisita, muy vehementes sus pasiones y tenía
en alto grado la idea del honor considerado cristianamente. El pensamiento
de la fuga le repugnaba. Pero opinaba que todo hombre grande debe
siempre proponerse un objeto, perseguirle constantemente, “aunque se
encuentre éste allá a la distancia de cincuenta años, sin hacer caso de
cualesquiera obstáculos ni infundadas censuras”. Y él era hombre grande,
y tenía un ideal práctico, quizás no tan lejano; y debía despreciar los
obstáculos, aunque uno de éstos fuese un sentimiento de honor fácilmente
confundible con la soberbia...
Si se quedaba, bien claro estaba el peligro inútil en que ponía su vida.
Toda su historia, todas sus publicaciones, casi todas sus amistades daban
testimonio contra él.
El general Serrano, en el mes de junio, había dirigido un levantamiento de Barcelona contra el general Espartero. En julio salió para
Madrid con el general Prim, con la promesa dada a los sublevados de que
en la capital de España se constituiría una Junta Central. En el mes de
agosto estaba todavía por cumplir el ofrecimiento... y el día 13 empieza en
Barcelona la agitación.
Las agitaciones suelen ser unos movimientos confusos, en que unos
medran y otros se hunden y otros toman venganza. Y para hombres como
Balmes, que han dicho siempre la verdad, son gravemente peligrosos esos
movimientos confusos.

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La agitación se había convertido en motín y el motín en anarquía. Si
dominaban los rebeldes, mal para Balmes; si dominaba el gobierno, mal
para Balmes. Sólo si triunfaban los buenos podría él verse libre de
persecución. Y...
“Barcelona — pensaba él— ciudad rica y populosa, célebre por su
floreciente industria, cuenta en su seno una escogida porción de hombres
distinguidos por sus conocimientos; pero, como ciudad subalterna y
principalmente dedicada a las tareas fabriles, escasea de elementos
políticos; porque si bien se ha hecho famosa por sus frecuentes revueltas,
efectos de diferentes causas, esto es prueba de lo mismo, puesto que la
mayor parte de ellas se han realizado contra la voluntad de la mayoría de la
población: lo que indica que ésta carece de la habilidad necesaria para
lograr que prevalezcan en el orden político los elementos que de cierto
dominan en el social.”
Pero había que decidir aquella misma noche. ¿Se marchaba o se
quedaba? No se podía aguardar a mañana.
Según contaban los amigos, se veían familias enteras divagando por
las calles de la ciudad, cargadas con lo más precioso de sus viviendas,
buscando con solícito afán un carruaje cualquiera donde colocarlo y salir
inmediatamente del centro de la revolución, evitando de este modo la
tormenta próxima a estallar. Los caleseros exigían exorbitantes sumas por
corto que fuese el espacio que habían de atravesar. Había calesero que en
una tarde sola recogía doscientos duros transportando gente y varios
efectos de Barcelona a Sarriá, San Andrés, Sans, etc., cuando en tiempos
normales cobraba cuatro cuartos por llevar a los viajeros desde la Puerta
del Ángel a la Travesera de Gracia.
Todos los días había órdenes y contraórdenes para restringir o
facilitar la entrada y la salida de gentes por las puertas de la muralla. En
conjunto, cada día resultaba más difícil el escapar.
Balmes decidió salir a la calle, para ver por sí la realidad. Creía él que
debía correr aún este peligro. Y si comprobaba la gravedad de la situación,
aquella madrugada correría el último, y quizás el mayor, al salir de
Barcelona.
Encendió la luz del pequeño gabinete de trabajo. Sobre una mesa
estaban la Biblia, el Breviario y la Imitación de Cristo. Abrió los
Evangelios al azar, y leyó: “No andéis, pues, acongojados por el día de
mañana, que el día de mañana harto cuidado traerá por sí; bástale ya a cada
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día su propio afán.” Abrió al azar la Imitación... “Si eres devoto y
sosegado, permanecerá en ti Jesús”, decía Kempis.
Como tantas otras veces en su vida, la voz de Cristo, el alma del
abnegado fraile y el simple y fuerte castellano del P. Granada suavizaron
su corazón y aquietaron su mente.
Y Jaime Balmes, solo, salió por aquellas estrechas, obscuras calles,
tajadas como trincheras. Vestía traje seglar, elemental precaución; chaqueta
negra bisunta, al cuello un pañuelo obscuro...
Era de estatura más que mediana, de complexión débil y poco
desarrollada. Su semblante, delicado y pálido, indicaba el hábito del
sufrimiento. Hasta en el modo de andar se revelaba el decaimiento de su
salud; “con todo —dice Blanche Raffin— esta apariencia de languidez,
reflejada sobre todo su ser, desaparecía bajo el fuego que brillaba en su
mirada”.
Recorrió varias calles, sin arrogancia y sin miedo, y pronto salió a la
Rambla.
Ocurría esto en 1843. El año anterior se había inaugurado la
iluminación pública de gas desde la Barceloneta hasta la plaza de Santa
María del Mar. Más tarde, llegó hasta la Rambla y las principales calles de
la parte de Ribera, y continuaron las demás con alumbrado de aceite.
Estaba la ciudad ceñida por una muralla de diez a doce metros de
altura que corría desde el comienzo de la Rambla, en las torres de
Canaletas, por San Antonio, San Pablo, Atarazanas, el mar, la Ciudadela y
la Puerta del Ángel.
Subía Balmes por la Rambla. ¡Qué dolor de Barcelona! Las calles,
casi desiertas; muchos edificios, acribillados por las balas y granadas; las
tiendas, cerradas; barricadas. Cañones que defendían plazas y calles...
Andrajosos y desvergonzados muchachos insultaban a los pacíficos
menestrales que encontraban si llevaban siquiera un traje decente. Así pasó
unos meses la Barcelona de aquella España descuartizada, del partido
realista y el partido liberal, y en cada partido un grupo exaltado y otro moderado y en cada grupo dos subgrupos, todos incompatibles, en ese estado
de pulverización que mantenía a España en perpetua guerra civil con
diferentes nombres, y que, paradójicamente, hacía posibles los abrazos de
Vergara.
Los muchachos pasaban cantando:
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“Miñona, cuant nos pronunciarem
llibertá varem demaná
y ara els servils ens la disputan
i hem de torna a peleá.
Pensaban que am canonadas
habiam de torná atrás;
que busquin altres medís,
que de aquet ya no hen fem cas.
Acudim, acudim
a batre l’orgull del Prim.”
Seguía Balmes Rambla arriba. Llegó hasta las torres de Canaletas,
que servían de prisiones, y que le renovaron el doloroso recuerdo de su
amigo Ristol.
Antonio Ristol había sido condiscípulo suyo en la Universidad de
Cervera. Después fue promotor fiscal de Barcelona. Desde los primeros
momentos de la agitación estaba preso en la Ciudadela, por moderado.
Tenía el honor de ser el más íntimo amigo de Balmes, uno de los pocos a
quienes éste tuteaba. Las cartas que le escribía llevaba por excepción,
como firma, “Jaime”, en vez del “Jaime Balmes, Pbro.” que ponía a los
demás amigos casi de manera invariable.
Cuando ya Ristol estaba preso, Balmes le había escrito así (el lector
agradecerá el traslado de esta carta, que es un chorro de bondad y
arrogancia):
“Deploro amargamente tu desgracia. Tu entusiasmo por la causa del
trono, del orden y de las instituciones, sin arredrarte los más inminentes
peligros, siempre me había hecho temer, como te lo repetí muchas veces,
qué algún día, por tu arrojo, iba a sucederte algún lance desagradable. Pero
nunca podía presumir verte preso en esa horrible torre. No debes por esto
desmayar. Dios no te dejará de su mano. Cuando las acciones del hombre
tienen un fin laudable, jamás quedan sin recompensa. En el santo sacrificio
que todos los días ofrezco al Todopoderoso no me olvido de ti. Ristol, eres
virtuoso, y posees un gran fondo de Religión: esto debe consolarte y te
consolará. Sabes cuánto te estimo, cuán ardientes son las simpatías que a
los dos nos unen. ¿Qué quieres de mí? Consejos no los necesitas, y
tampoco podrán servirte de mucho en el trance en que te encuentras. ¿Te
falta dinero? Todo el que tengo es tuyo. Más gusto tendré en enviártelo que
tú en recibirlo. En otra época no habría podido hacerte este ofrecimiento.
¿Qué quieres, pues, de tu amigo? Dilo sin reserva.”
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Pasaban los mozos cantando:
“La matralla no nos aterra,
ni las granadas ni las bombas,
ni mirá obertas las tombas
mentras que dura la guerra.
Catalans, si de la terra
isquís hornea perjura
a la sombra deis madurs,
un poch més o menos poch
feulos fer la mort del porch
i axis estarem segura.”
Siguió por la Puerta del Ángel para bajar a casa de su hermano
Miguel, donde vivía. Habían empezado a derribar la muralla por varios
sitios; pero ahora las brechas del derribo estaban tapadas con palas o
fardos de algodón y lana y sacos llenos de tierra. Sobre las murallas
ondeaban trapos negros pintados de cráneos humanos y osamentas.
Pasó junto a la Catedral, hecha guarida de centralistas o jamancios,
como se llamaban a sí mismos los agitadores agitados, que dentro del
templo jugaban y cantaban. Una campana dio ocho golpes, señal de que
venían contra Barcelona tropas de la Ciudadela. Alarma, carreras, órdenes
vociferadas...
“Sí, se marcharía, huiría... Pero, ¿dónde? ¿Dónde habría cobijo para
un hombre que decía siempre la verdad? No era bastante el cambio de
población. No era la anarquía el único ambiente en que peligraban su
libertad y su vida...” Hacia tiempo que en otras esferas se había fraguado
una trama para perderlo. Quizás antes del viaje que hizo a París en el
verano anterior ya le tenían algunos los ojos encima; pero desde entonces
la cosa se había agravado. A poco de llegar a Madrid, de vuelta del
extranjero, fue avisado de que el Gobierno lo miraba con recelo y le
acusaba de traer cierto encargo de Martínez de la Rosa. Tuvo tan seguros
datos, que al fin se resolvió a presentarse al jefe político pidiéndole
explicaciones. No se saben cuáles fuesen éstas. Balmes se fue a Barcelona.
Un amigo le hizo saber que en el gobierno político de ésta había contra él
una Real orden “muy fuerte”. Y entonces Balmes fue al jefe político de
Barcelona. La acusación había cambiado de tema: antes se le acusaba de
manejos por Cristina, ahora se le achacaban varias cosas en favor de don
Carlos, y negociaciones en Londres y otros cargos por este tenor. La
acusación se fundaba en una comunicación del Encargado de Negocios de
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París. Mediaron explicaciones. El jefe político quedó en informar
favorablemente. Se le hizo saber a Balmes que “aun cuando el tiro venía
de París,- salía, empero, de Inglaterra y Bélgica”. Cuando ya todo parecía
pasado, llamada del jefe político: lectura de una Real orden que trasladaba
una reciente comunicación de nuestro embajador en París que suponía a
Balmes en relaciones con cierto jesuita, con unas cuantas cosas más...
Sí, se marcharía, huiría de Barcelona; pero al campo. Se escondería
en el Prat de Dalt, en la parroquia de San Felíu de Codines, que dominaba
todo el Vallés hasta el Tibidabo. Allí estaría lejos, cerca de la ciudad. No
tenía más que avisar al amigo incondicional que había de acompañarle...
No mucho tiempo antes había hecho testamento. Nombraba heredero
a su hermano Miguel, y dejaba a su hermana Magdalena cincuenta libras
por una sola vez. Nada más. Se lamenta un biógrafo de que no hiciese
Balmes un testamento trascendental, algo, sin duda, como un consejo y
una profecía. Este biógrafo no había caído en la cuenta de que Balmes era
el genio del buen sentido, y que, por ello, en sus obras filosóficas y políticas habló con la humanidad del porvenir; que para eso son las obras
filosóficas y políticas; y en sus testamentos se limitó a “disponer de sus
bienes para después de su muerte”; que para eso son los testamentos.
Y cambió de rumbo, y fue a casa del amigo. “En cada crisis social
nace un genio —iba pensando—; España está en crisis: ¿dónde está el
genio?... Cuando la sociedad en alguna de sus grandes crisis demanda un
hombre extraordinario, la Providencia lo tiene ya formado, y entonces el
hombre sale. ¿Dónde está el hombre que demanda España?” Y una oleada
de convicción y de rubor le hacía pensar: “ ¿Seré yo?... Y si esto no es
soberbia, ¿no estoy obligado a preservarme?...” No era soberbia. Era el
zumo de tanto estudio y tanta meditación sincera. El genio no deja de ser
humilde porque se reconozca potente si pone sus fuerzas al servicio de
Dios y de sus hermanos.
Debía marcharse. Hay dos modos de dar la vida por una idea: morir
por ella y vivir para ella. ¿Cuál es el más meritorio? ¿Cuál es el más útil?
La resolución estaba ya cuajada. Tan resuelto estaba, que ni sentía
temor alguno del grave riesgo de la fuga; sólo le dolía el alma al pensar
que nunca lograba una temporada de reposo para su cuerpo y para sus
obras...
Pero Kempis decía: “¿Para qué buscas descanso, pues naciste para
trabajo? Ponte a paciencia más bien que a consolación.”
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Capítulo II
LA FUGA

En tiempos normales, a las dos y media de la madrugada salían de sus
paradores las sillas-correos, los coches de colleras, ómnibus, diligencias,
tartanas, carabás, galeras, carros y caballerías, a situarse en la calle de la
Puerta del Ángel para esperar a que tocasen las tres y el capitán de llaves
abriese la Puerta. Y cuando el reloj de la Catedral daba las tres se levantaba
un confuso griterío de mayorales y zagales que arreaban a las caballerías, y
un poco después, pasada la Puerta, éstas se lanzaban a galope tendido
hacia sus diferentes destinos.
Aquella madrugada el movimiento era menos ruidoso: el optimismo
y la actividad que preceden al amanecer eran amortiguados por el miedo y
la congoja. Allí casi no había propiamente viajeros, sino fugitivos. Balmes
y su amigo eran dos de éstos.
Brevemente habían deliberado sobre el procedimiento. A la muralla
podía subirse por muchas rampas y escaleras, y por encima de aquéllas
había espacio suficiente hasta para el paso de un carruaje; pero no había
forma de descender por la parte exterior. No convenía tampoco tomar
puesto en un carruaje, ni era fácil encontrarlo. Por estos motivos
decidieron pasar a pie aprovechando el tumulto de carruajes y peatones...
contando con que aquel día fuese de tolerancia para las salidas de la plaza,
pues de todo había.
Balmes miraba a la Puerta del Ángel y al mismo tiempo escuchaba
las conversaciones de viajeros, fugitivos y milicianos. Encima de la Puerta,
sobre la muralla, había una capilla, y entre ésta y la clave de la puerta
había pintado en el muro un cuadro. Mil veces lo había visto Balmes; pero
aquella noche su sensibilidad estaba más abierta, como en todos los
momentos trascendentales de la vida, y las cosas viejas parecían nuevas, y
la vista de la capilla y del cuadro le hizo pensar con íntima emoción en San
Vicente Ferrer.
A principios del siglo XV había entrado por aquella puerta fray
Vicente Ferrer, maestro de teología, santo sacerdote y político a quien
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principalmente se debió aquel primer paso para la unidad de España que
fue el Compromiso de Caspe. Y en la puerta de la muralla había
encontrado a un joven vestido de resplandeciente metal, que, al ser
preguntado, dijo que era un ángel enviado por Dios como custodia de la
ciudad.
No es que él osara compararse con San Vicente; pero algo le hervía
por allá dentro, en lo más hondo de su corazón, cuando pensaba en aquel
sacerdote, político y defensor de la unidad nacional.
A su alrededor se hablaba del último acontecimiento. Aquel día, el
Alcalde primero, don José Soler y Matas, se daría a conocer por primer
comandante del 7.º batallón de Milicia, ocupando el mismo puesto de don
José Torras, que se había fugado de la ciudad después de haber sido de los
primeros en levantar la bandera revolucionaria. Un miliciano leía el
manifiesto, que pronto se repartiría: “O la victoria o la muerte, decís. Yo el
primero os enseñaré cómo se alcanza aquélla y cómo se desprecia ésta.”
Ya había llegado la hora. No la dio el reloj de la Catedral, que estaba
inutilizado. Arrancaron los carruajes y, entre éstos, mucha gente de a pie,
incluso Balmes y su amigo. Por fortuna, era un día de mayor confusión, y
los guardias no parecían muy celosos. Un miliciano se les quedó mirando
como quien sospecha. Llevaba alpargatas, chaqueta y gorro de marinero y,
clavada en éste, una figura de sartén, que, en el simbolismo de aquellos
días, significaba que allí debían ser fritos los serviles. Balmes apretó el
brazo de su amigo y tuvo serenidad bastante para no apresurarse ni
detenerse. Salieron al campo y en seguida dejaron el camino de Gracia. No
tardaría el alba, y ellos habían de caminar como los fugitivos de los
romances viejos de Castilla:
“De noche, por los caminos;
de día, por los jarales.”
No llevaban equipaje: Balmes, en un envoltorio de hule, llevaba tres
libros, los que parecían formar parte de su cuerpo y lo eran de su alma: La
Biblia, el Kempis y el Breviario.
—No; no hay que correr tanto, decía a su compañero.
—¡Hay que alejarse en seguida!
—No: “No pongas tus confianzas en ciencia ni astucia ninguna tuya,
sino más bien en la gracia de Dios, que ensalza a los humildes y achica a
los presuntuosos.”
—Yo llevo dos meses horrorizado...
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—Yo también. Más, mucho más de dos meses. Me han herido tan
fuertemente los sucesos que han pasado a nuestra vista; han sacudido tan
fuertemente mi alma; ¡han desarrollado en mí tal tropel de ideas y
sentimientos!... El nada de los hombres se ha presentado a mis ojos en toda
su desnudez; sus vanas teorías, sus necedades, su orgullo, sólo merecen mi
desprecio, y, sin punto de apoyo entre los hombres, me ha sido gran
consuelo encontrarlo en Dios... La Religión es la única áncora de salvación
para el hombre y para la sociedad, y quien haya visto una revolución y no
haya sacado esta consecuencia es ciego.
Después de unas fatigosas horas de camino dieron vista al Prat de
Dalt. ¡Qué descanso fue su contemplación para los viajeros! La clara masía
sobre el obscuro fondo de pinos del cerro de Santo Tomás hablaba de
quietud y de silencio, de paz. Allí, además, había amigos verdaderos.
Balmes era muy amigo de la familia de Cerdá. Doña Carmen Cerdá casó
con don José Prat, “hereu” del Prat de Dalt, militar retirado. A tres horas de
allí estaba la casa de los Cerdá, en Centellas. Pero el Prat estaba más
escondido.
No llevaba allí mucho tiempo Balmes cuando empezó el bombardeo
de Barcelona. Se veían las bombas, se oían las explosiones, principalmente
de las de Montjuich.
Balmes pasaba casi todo el día en una pequeña recámara escondida
sobre la bóveda de la sacristía. Allí había una mesa, un sillón y algunos
libros. Como de costumbre, a las horas de meditación dejaba el cuarto a
obscuras (pronto se obscurecía aquel camaranchón) y paseaba, paseaba
meditando o recordando. Y entre el silencio del campo y las muchas horas
libres que le quedaban después de decir la Misa, hizo un detenido examen
de su vida. Él sabía que se encontraba en un punto crítico de ésta... Los
recuerdos acudían ordenadamente a su memoria. Gracias a los muchos
años que se había pasado meditando metódicamente y ordenando ideas, se
puede decir que hasta los recuerdos de su vida estaban encajonados —
como decía él— en su memoria.
En aquellos primeros días de su vida apartada y silenciosa, hizo un
examen general, como autobiografía, más completa y más cálida —como
que no había de escribirse— que aquella “vindicación personal” que
escribió después obligado por las luchas políticas.
Y en su imaginación se alzó, reproducida unas veces día por día,
otras por épocas representadas en hechos simbólicos, la vida del hombre
más grande que ha pasado, durante muchos años, por la historia de España;
la del único filósofo español que propiamente se puede calificar con este
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nombre y no con el de pensador que merecen todos de Séneca acá; la del
sacerdote ascético y político, del catalán enamorado de su nación y del
habla española. Tratamos aquí de reproducirla humildemente.

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Capítulo III
PRIMEROS AÑOS

Nació Balmes en Vich, provincia de Barcelona, el día 28 de agosto de
1810. Es costumbre comenzar las biografías por un estudio que se hace
sobre el pueblo y la familia del personaje, notando la influencia que uno y
otra han tenido sobre la contextura espiritual de éste y aun sobre su vida,
estudio en el que suelen hallarse maravillosas coincidencias que, vistas en
su tiempo, habrían permitido predecir la grandeza que el personaje había
de alcanzar. Mas, aparte de que este sistema presenta el peligro muy
próximo de que todos los antecedentes sean adaptados a lo que ya
sabemos que pasó, con la mejor intención, sin duda, pero con reboso de
fantasía; aparte esto, tanto el pueblo como la familia tienen en este caso
menos importancia de la que generalmente suelen tener en el ramo de la
biografía, porque almas tan robustas, tan aisladas y tan ardientes como la
de Balmes poco o nada suelen deber al ambiente, y más bien es éste quien
debe a aquéllas. Se da forma al barro con los dedos; al diamante, sólo con
polvo de diamante. Hay espíritus emisores y espíritus receptores, y el de
Balmes era de los más potentes entre los primeros. Cuando necesitaba
fuerzas para escribir o para organizar, a nadie iba a pedirlas, sino que
entraba dentro de sí, y allí encontraba las necesarias, y aun algo más que
tenía que reprimir.
Hablemos, pues, algo del pueblo, de la familia, para honrar a aquél y
a ésta y para que el lector pueda imaginar el primer escenario del héroe.
Vich está a 69 kilómetros de Barcelona, tiene unos 13.000 habitantes
y es población de muchas importantes industrias. Tiene seminario, tiene
obispo, tiene Catedral, tres parroquias y muchas otras iglesias, la mayoría
de ellas de comunidades religiosas... No se piense que esto influyó en el
destino de Balmes; él mismo decía que si cien veces tuviese que elegir
estado, las ciento elegiría el del sacerdocio. Dicho así, podría parecer testarudez o soberbia; pero después de estudiada su vida aparece patente su
vocación sacerdotal. Jaime Balmes, Presbítero, era la firma de sus cartas y
la de sus libros. Toda su obra está empapada de Religión; todos sus
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escritos filosóficos, literarios y políticos son evidentemente obra de Jaime
Balmes, Pbro. Por eso hemos querido titular así esta biografía... “Que se
encuentre a su gusto su recuerdo”, como decía el poeta.
Su padre se llamaba Jaime; su madre, Teresa. Era curtidor el padre; la
madre, perfecta casada y madre de otros diez hijos (Jaime era el cuarto
hijo, y tercer varón). Según el P. Casanova, no recordaba que su madre lo
hubiese besado nunca. Recia madre de su tiempo y de su país. Amor sólo
comparable a la peña. Llevaba a su hijo a rezar ante el altar de Santo
Tomás de Aquino en la Iglesia de los PP. Dominicos, y pedía a éste que
hiciese al niño bueno y sabio, y un día se le escapó el secreto de su pudoroso corazón y dijo a Balmes: “El món parlará molt de tú.”
No lo besaba; pero bien que lo amaba y lo comprendía: en efecto, el
mundo ha hablado y habla mucho de él. Y se hablará, porque, como decía
Menéndez y Pelayo, “los artículos de Balmes son un tesoro de ideas que
no se ha agotado todavía”.
Para dar a esta madre su merecido relieve, agreguemos que, fuera de
ella, muy pocas personas se dieron cuenta en su tiempo del peso espiritual
de Balmes. El obispo Corcuera, al conferirle las órdenes y hacerle la
pregunta acostumbrada: “¿Qué quieres?”, como Balmes contestara: “Un
curato”, le replicó: “No; ve a la Universidad, estudia”. Antonio Ristol,
cuando Balmes le pedía ayuda para buscarse un modo de vivir en
Barcelona, le contestaba que le serviría en lo que pudiese; pero que debía
ser únicamente catedrático o escritor... Y quizás nadie más... Es decir: poco
antes de su muerte, recibió una consulta del Papa Pío IX... Ya después de
muerto, sí. Pocos días después de la muerte, ya un amigo escribía a Miguel
Balmes: “Hemos quedado sin el que, a nuestro parecer, tenía la misión más
alta en la actual sociedad...” La muerte hace muchas cosas buenas, y una
de ellas es aliviar al envidioso. Mientras el héroe está vivo, no podemos
tolerar su enaltecimiento, ni menos ayudarlo. Pero cuando muere, ya
podemos tocar la marcha fúnebre en su honor, ya sabemos que no ha de
pasar adelante.
Tampoco citamos los siguientes casos como simbólicos, sino como
curiosos. Balmes, que murió a los 38 años, que cuando tenía 29 años había
comenzado ya a escribir El Protestantismo —que alguien cree su obra
maestra—, Balmes se bautizó el mismo día de su nacimiento y con siete
años hizo la primera comunión.
Con siete años entró en el Seminario. De esta tierna edad cuentan dos
amigos suyos dos notas que, estas sí, son dos chispas de su diamantino
espíritu. Dice Soler que recuerda haberle oído contar el gran disgusto con
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que volvía a casa el día que le habían quitado en la clase algún puesto
preferente, hasta ponerse triste y llorar muchas veces, y que no se
consolaba hasta haberlo recobrado. Y cuenta Sadurní que en una de las
clases tenía un profesor que diariamente se airaba, y daba gritos y
amenazaba, y que mientras los compañeros estaban espantados, Balmes
sonreía leve y graciosamente.
¿No veis en el primer rasgo la dignidad y el ansia de saber y de ir en
cabeza?
¿No veis en el segundo la superioridad de este encanto de niño que
está por encima de todos, y que mientras los de su edad tiemblan y el
maestro se descompone, él se alza sobre todos, inconscientemente,
angelicalmente, con una leve y dulce sonrisa?
Durante este período de la vida de Balmes, la historia de España
tomaba un rumbo sainetesco y trágico, en el que menudas causas
producían enormes efectos y en el que las causas más grandes y más
nobles acababan en punta como pirámide.
Poco antes de nacer Balmes había venido a España el Intruso. Su
proclamación había sido ridícula: hubo que buscar un sustituto para el
conde de Altamira, alférez real que debía ostentar el estandarte del Rey, y
que había huido. Heroísmo y chirigotas en Madrid. Heroísmo épico en
Aragón y Cataluña. Heroísmo garrochista en Andalucía.
“Es mi voluntad y quiero,
ha dicho Napoleón,
que sea Rey de esta nación
mi hermano José Primero.
Es mi voluntad y quiero,
responde la España ufana,
que se vaya a cardar lana
ese Rey José postrero.”
Y después, Agustina de Aragón; después, Bailén. Se constituyen las
Juntas, se lanzan al campo los guerrilleros, rodeados de “un ambiente de
leyenda mezcla de gratitud nacional por sus positivos servicios y de temor
por sus no menos positivos desmanes”. En Cataluña se distinguen Manso,
Miláns, Claros, Eroles, Franch y Barrios. Los generales franceses se
enriquecen robando.
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Se trasladó la Junta Central a la isla de León, se nombró una
Regencia para terminar las discusiones entre las Juntas; se convocaron
Cortes. Había en España 300.000 soldados franceses que se apoderaron de
Granada, Málaga, Córdoba y Sevilla y chocaron con las murallas de Cádiz.
Las Cortes se reúnen y se trasladan a Cádiz. Se promulgó la Constitución
de 1812. Terminaron las Cortes extraordinarias, se reunieron las ordinarias;
se trasladaron a la isla de León y, en 1814, a Madrid. Ingleses y españoles
arrojaron de España a los franceses, y aun entran en territorio francés. Cae
Napoleón, capitula Soult y termina la guerra de la Independencia. Vuelve
Fernando VII a España; publica un decreto que anula la obra
constitucional; se encarcela a los regentes Agar y Ciscar, a los ministros
Álvarez Guerra y García Herreros, a diputados y literatos liberales. El
pueblo por las calles grita: “¡Viva Fernando VII y abajo las Cortes!”;
arranca la lápida de la Constitución, asalta el edificio de las Cortes.
Funciona la Camarilla; se condena a expatriación perpetua a los
afrancesados. Se renueva el Ministerio cada dos meses. Pronunciamiento
de Espoz y Mina. Se suprime la prensa política, excepto la oficial.
Pronunciamiento de Díaz Porlier, que es fusilado. Se condena a presidio a
los diputados liberales detenidos: Argüelles, Calatrava, Muñoz Torrero,
Martínez de la Rosa (que siete años después había de formar Gobierno),
Quintana, etc. Pronunciamiento de Richard, que fue ahorcado. Pronunciamiento de Lacy y Miláns del Bosch con fusilamiento del primero.
Intento de sublevación en Valencia del coronel Vidal, que fue fusilado.
Alzamiento de Riego en Las Cabezas de San Juan y prisión de
Calleja y alzamiento de Quiroga en la Isla; proclamación de la
Constitución de 1812 en la Coruña; alzamiento en Zaragoza, alzamiento de
Barcelona, Pamplona y Cádiz. Fernando VII jura la Constitución. Es
abolido el Tribunal del Santo Oficio; se restablece la libertad de imprenta y
se convocan Cortes. Motín por la exoneración de Riego. El partido liberal
se divide en dos grupos: el doceañista o moderado y el exaltado. Se
permite a los afrancesados la vuelta a España; se suprimen las
vinculaciones y las comunidades monacales. Fernando VII jugaba con
todas las barajas...
En Vich habían tenido que soportar el dominio de los franceses. El 20
de febrero de 1810 el general O’Donnell quiso tomar la población, pero
tuvo que retirarse después de haber sufrido 1.800 bajas. Antes habían
formado los seminaristas la Compañía de Santo Tomás: aun se conserva en
el Ayuntamiento la bandera del Ángel de las Escuelas que les sirvió de
guía.
17

Todo esto, lector, pasaba en España desde 1808 hasta 1820.
Y durante los tres últimos años, Balmes, de los 7 a los 10 de su edad,
estudiaba los tres cursos de latín en el Seminario de su pueblo.
La influencia de estos acontecimientos y de los que siguieron, se verá
patentemente a medida que vayamos viendo la vida de Balmes y la
formación de su carácter. Hay entre aquellos hechos y estos resultados una
conexión tan clara y tan directa, que el lector lo ha de apreciar por sí
mismo ante la sola exposición de unos y otros, sin que sobre el autor pueda
recaer sospecha de adaptar los hechos en lo necesario para deducir de un
ambiente una vida cuando primero se ha estudiado la vida que el ambiente.

18

Capítulo IV
SEGUNDA ETAPA

De 1820 a 1826 estudia Balmes dos años de retórica, tres años de
filosofía y uno de teología, todo en Vich.
Sus biógrafos coinciden en afirmar que cuando Balmes se enfrontó
por primera vez con los problemas filosóficos, ya extrañaba que las gentes
los encontrasen mucho más complicados de lo que en realidad eran... para
él. Es que su inteligencia se va ya solidificando durante esta época, lo
mismo que su carácter.
“Hice mis estudios de gramática latina —dice él mismo—, retórica y
filosofía en el seminario conciliar, estudiando allí mismo un año de
teología. En todo este tiempo no sufrí ninguna reprensión por mi conducta:
hable la secretaría del colegio, hablen los profesores, de los cuales aun
viven algunos... Nadie me vio en otro lugar que en mi casa, en la iglesia,
en el colegio, en algunas casas de los regulares, con quien tenía frecuentes
relaciones, y en la biblioteca episcopal, donde me hallaba mientras estaba
abierta.”
Para que no se crea que esta autobiografía significa algo de vanidad
en su autor, adelantemos que la publicó en 1846, en El Pensamiento de la
Nación —periódico que él dirigía en Madrid— para contestar a unas
groseras acusaciones que en otro periódico habían lanzado contra él. De tal
modo, que no la llamó “autobiografía”, sino “vindicación personal”. Y
explicaba: “Escritores respetables me habían rogado que les suministrase
algunas noticias para escribir mi biografía —cosa que confirmó el biógrafo
García de los Santos, entendiendo que él era uno de los escritores a
quienes Balmes se refería—; siempre me había negado: si fuese preciso
podría citar nombres propios. Agradeciendo la buena voluntad, les
contestaba que esto no merecía la pena; pero las circunstancias han
cambiado; yo la escribiré, yo mismo. Quiero que el público tenga noticia
del hombre de quien habla con tal maligno misterio ese anónimo que hiere
con un velo en la cara, como hacen los aleves”.
19

Así fue toda su vida de correcto, de trabajador y estudioso. “Su
hermano Miguel —escribe Blanche-Raffin— de más edad que él, fue su
más caro compañero y su más íntimo confidente. Sentados uno al lado del
otro en la escalera del palomar, pasaban largas horas divirtiéndose.”
Así fue para él toda la vida su hermano Miguel, a quien en sus tres
testamentos —otorgados en 19 de diciembre de 1841, 5 de agosto de 1843
(poco antes de la huida de Barcelona) y en la víspera de su muerte—
designó como único heredero.
En esta época cuentan sus amigos que ya no se separaba nunca del
Kempis, y de esta época también (1825) cuentan Sadurní y Vilaplana —en
sus “apuntes biográficos”— que por la Cuaresma se hicieron ejercicios que
estuvieron muy concurridos, que el mismo obispo (don Pablo de Jesús
Corcuera, el protector y admirador de Balmes) dirigió la oración mental,
“hacía las jaculatorias y lo explicaba todo por la “Vida Devota” de San
Francisco de Sales, cuya lectura y estudio recomendaba en gran manera”.
Toda su vida duró su lectura y meditación del Kempis, y decía en una
ocasión a dos amigos: “Nunca me sucede hacer uso de un libro prohibido
sin sentir la necesidad de empaparme en la lectura de la Biblia, de la
Imitación o de Luis de Granada.” Y sabido es que publicó una traducción
hecha por él de las Máximas de San Francisco de Sales.
Para estudiar se colocaba inmóvil ante la mesa devorando los libros.
Después, o dejaba la habitación a obscuras, recordando lo que hacía
Malebranche, o se envolvía la cabeza en el manteo y así pasaba largos
ratos. “En estos ratos de meditación a obscuras, decía, mis ideas fermentan
y el cerebro se me convierte en una especie de hervidero.”
Toda su vida conservó esta costumbre de meditación a obscuras.
Nada de concentración mental a lo yankee, nada de autosugestión, nada de
gimnasia sueca mental. Él mismo nos dice que para meditar conviene dejar
en libertad al entendimiento, para que él vague a su sabor; que, aunque a
veces parece que se está perdiendo el tiempo, no es así; que no hay que
poner el espíritu en tortura; que a veces parece que el entendimiento no
hace nada, que se encanta, que pierde la noción de todo, hasta de sí mismo;
pero que de pronto comienza una misteriosa actividad que quizás tenga
inmediato el Eureka.
Verdaderamente, para el que estime la vida espiritual, nada hay
(aparte los dones del corazón) que el hombre deba agradecer tanto a Dios
como esta maravillosa máquina de la meditación, que permite a un hombre
20

encerrarse con dos ideas en el cerebro y reaparecer a poco con tres ideas,
por vulgar que sea, o con cien ideas si se llama Balmes.
Él leía un problema, y, como quien tapa con la mano la solución,
suspendía la lectura y meditaba hasta resolver; y después acudía otra vez al
libro para cotejar la solución que éste daba con la que él había hallado.
Parece ser que un talento práctico le aconsejó que no lo hiciese así, sino
que mirase desde luego la solución en el libro, lo cual era más rápido y
más sencillo. Parece ser que Balmes se limitó a callar.
Este espíritu suyo, tan dado a meditar, parece como retratado en estas
palabras de su amigo y compañero Galadíes: “Luego que oía un dato que
le chocaba, recapacitaba un rato sobre él, cabizbajo, como si se lo
asegurara en la memoria para que no se le escapase, y en seguida volvía a
la conversación poniéndose un dedo cerca del ojo, a un lado del rostro.”
Ya hemos visto cómo le impresionaban los malos sucesos de su vida
estudiantil, cómo lloraba la pérdida de los buenos puestos... Imaginad si
esto era en seco qué no sería en mojado, esto es, cuando perdía los puestos,
o dejaba de ganarlos por patente injusticia, lo que frecuentemente le
ocurrió, como más adelante veremos.
Pues estos disgustos también dejaron huella permanente en su
carácter. Las lágrimas de la indignación se secan al cabo, como todas, pero
dejan escaldada el alma.
Estos disgustos de colegio nutrieron su espíritu y, lejos de producir en
él apatía, le infundieron mayor energía y actividad, inspirándole una
venganza muy provechosa para él: trabajar más.
Otra grave influencia que pesó toda su vida sobre su carácter fue el
espectáculo de los acontecimientos nacionales que a continuación
resumiremos para que no se pierda el compás de la vida de España con la
de nuestro héroe.
Y como síntesis de su estado espiritual en esta época, copiaremos sus
palabras: “Cuanto más dorados habían sido mis sueños y mayor, por
consiguiente, mi avidez de conocer lo que tenían de realidad, tanto más
dura fue la lección que recibí y más temprana vino la hora de entender mi
engaño. Apenas entrado en aquellas asignaturas donde se ventilan algunas
cuestiones importantes, principió mi espíritu a sentir una inquietud
indefinible, a causa de no hallarme bastante ilustrado por lo que leía ni por
lo que oía. Ahogaba en el fondo de mi alma aquellos pensamientos que
surgían incesantemente sin poderlo yo remediar, y procuraba acallar mi
descontento, lisonjeándome con la esperanza de que para más adelante me
21

estaba reservado el quedarme enteramente satisfecho. Será menester, me
decía yo, ver primero todo el cuerpo de doctrina de la cual no alcanzas
ahora más que los primeros rudimentos, y entonces, a no dudarlo,
encontrarás la luz y la certeza que en la actualidad echas de menos.”
“Difícilmente hubiera podido persuadirme a la sazón que hombres
cuya vida se había consumido en ímprobos trabajos, y que con tal
seguridad ofrecían al mundo el fruto de sus sudores, hubiesen aprendido
sobre las gravísimas materias de que se ocupan poco más que el arte de
hablar con facilidad en pro o en contra de una opinión, metiendo mucho
ruido con palabras huecas y con discursos pomposos. Todas mis
dificultades, todas mis dudas y escrúpulos, todo lo atribuía a mi
inexperiencia, a mi torpeza en comprender el sentido de lo que me decían
autores tan respetables, por cuyo motivo se apoderó de mí la idea de saber
el arte de aprender. No se afanaron tanto los antiguos químicos en pos de
la piedra filosofal, ni los modernos publicistas en busca del equilibrio de
los poderes, como yo andando en zaga del arte maravilloso; Aristóteles con
sus infinitos sectarios, y Raimundo Lulio, y Descartes, y Malebranche, y
Locke, y Condillac, y no sé cuántos menos notables cuyos nombres no
recuerdo, no bastaban a satisfacer mi ardor. Quién me ocupaba y confundía
con las mil reglas sobre los silogismos, quién señalaba mayor importancia
a los juicios y proposiciones, quién a la claridad y exactitud de la
percepción, quién me abrumaba con preceptos sobre el método, quién me
llevaba de la mano a la investigación del origen de las ideas, dejándome
más en obscuras que antes; en breve no tardé en advertir que cada cual
echaba por su camino favorito, y que a quien en seguirlos se empeñase le
habían de volver la cabeza.
“Estos señores directores del entendimiento humano, dije para mí
mismo, no se entienden entre sí: esto es la torre de Babel, en que cada cual
habla su lengua, con la diferencia de que allí el orgullo acarreó el castigo
de la confusión y aquí la confusión misma aumenta el orgullo, erigiéndose
cada cual en único legítimo maestro y pretendiendo que todos los demás
no ofrecen para el derecho de enseñanza sino títulos apócrifos. Al propio
tiempo iba notando que lo mismo con corta diferencia sucedía en las
demás ramas del saber humano, con lo que entendí que era necesario,
urgente, desterrar la hermosa ilusión que sobre las ciencias me había
formado. Estos desengaños habían preparado mi espíritu a una verdadera
revolución, y, aunque vacilando algunos momentos, al fin me decidí a
pronunciarme contra los poderes científicos, y, alzando en mi entendimiento una bandera, escribí en ella: Abajo la autoridad científica.”
22

Por último, hemos de señalar como elemento de influencia decisiva
sobre el carácter de Balmes la injusticia casi constante que sobre él se
ejerció. Bien claro se ve por toda las referencias que condiscípulos y
profesores conocían (no reconocían todos) la superioridad de Balmes; pero
a la hora de calificar oficialmente o de discernir premios, casi nunca se le
hizo justicia. Un espíritu superior y altivo como el suyo no es capaz de
adulación y en este mundo que nos rodea, sabido es que el que no adula
con las palabras o con los hechos no adelanta.
“A Balmes, dice el P. Casanovas, no lo veían sus compañeros
exaltarse con las convulsiones de aquellos días, sino que le notaban aquella
reserva característica que le acompañó toda su vida; y la consecuencia que
de todo ello sacaban era fatal: era un traidor, un negro, uno de los otros.”
Como demostró posteriormente con su tendencia pacificadora y su
conducta imparcial, nunca se inclinó por ninguno de los bandos. Una
inteligencia analítica como la suya no podía aferrarse a uno de éstos para
sostener que todo lo suyo era bueno, mientras que era malo todo lo del
bando contrario. Además, bien comprendía que en aquellas circunstancias
no convenía a su patria la aplicación íntegra de ninguno de los programas
que los políticos de aquel tiempo proponían. Por último, aunque hubiese
tenido opinión enteramente favorable a cualquiera de los partidos, nunca lo
había dado a entender ni lo dio a entender jamás. Como dice su amigo
Antonio Soler, “no era hombre que dejase ver su ánimo a nadie, y fuera de
lo que posteriormente ha dicho en público... es bien cierto que el Doctor
Balmes no ya calificado, sino que ni siquiera vagamente conocido pudo ser
por sus palabras o acciones: que tanta reserva como él tuvo siempre en el
particular, es imposible de ser penetrada”.
La masa humana no necesita más para declararle la guerra a un
hombre. “Tú no dices lo que piensas, tú no gritas con ninguno de nosotros;
luego te crees superior a nosotros y nosotros, hundiéndote, demostraremos
que no lo eres.”
Veamos qué ha pasado, mientras, en España:
En febrero de 1821 se formó una conspiración realista dirigida por el
cura de Tamajón, don Matías Vinuesa, capellán de honor del rey. Vinuesa
fue condenado a presidio, pero el pueblo asaltó la prisión y lo mató a
martillazos. Sólo habían pasado siete años desde los vivas a Fernando VII
y los abajos a las Cortes.
Los rebeldes, ayudados secretamente por Fernando, para desacreditar
el régimen, intentaron proclamar la república en Barcelona y en Zaragoza,
23

y se sublevaron en Sevilla, Cádiz, Valencia y La Coruña. Se iniciaba en los
campos por partidas realistas una guerra civil que más adelante pareció
debida a una cuestión sucesoria y que, como se ve, no se debía más que a
una cuestión de principios, más o menos confusos.
Las Cortes concedieron pensiones a los generales Riego, Quiroga y
otros. El pueblo asaltó las casas del Conde de Toreno y de Martínez de la
Rosa, El Rey incitaba a los soberanos de Francia, Rusia, Austria y Prusia
para que le amparasen y alentaba a las partidas realistas.
En Valencia unos artilleros asaltaron la cárcel para poner en libertad
al general realista Elío; éste no lo consintió, pero fue condenado a muerte y
ejecutado. El 7 de julio entraron en Madrid cuatro batallones de la Guardia
Real para imponer al Rey neto, pero fueron derrotados por los milicianos
nacionales, y fueron ejecutados los prisioneros. A las Cortes extraordinarias suceden las ordinarias en 1822, y los Diputados eligen como
presidente al general Riego.
Se reproduce la guerra civil en Navarra y Cataluña. El Trapense se
apodera de la Seo de Urgel. Se cierran las Cortes; cae el Gobierno; se
forma otro de los exaltados, que convoca Cortes extraordinarias que
adoptan una serie de medidas arbitrarias y tiránicas.
Se establece en la Seo de Urgel una Regencia que empieza a legislar
a su modo, declarando nulo todo lo actuado en nombre del Rey desde el 9
de marzo de 1820.
Se nombra capitán general de Cataluña a Espoz y Mina, que ataca
fuertemente a los realistas y se apodera de varias poblaciones, entre ellas
Cervera —donde ambos bandos cometieron toda clase de crueldades—
Castellfullit —que fue destruido enteramente por orden de Espoz y Mina
— y la Seo de Urgel, de donde pudo huir a Francia la Regencia. “Mina
había llevado el terror a Cataluña y en ello se veía secundado con eficacia
por el lugarteniente Rotten, que no sólo destruía pueblos y asesinaba a sus
vecinos, sino que formaba expediciones de presos realistas y los fusilaba
por el camino. En una de estas terribles expediciones murieron el obispo
de Vich y veinticinco manresanos, entre sacerdotes y seglares... Los
realistas no iban a la zaga de sus enemigos, y los liberales que caían en sus
manos eran asesinados sin compasión.”
Se reúne el Congreso de Verona, se acuerda la intervención en
España, comisionándose para ello a Francia.
Las Cortes, temerosas de la intervención extranjera, se trasladan, con
el Rey, a Sevilla. Entran en España los cien mil Hijos de San Luis,
24

mandados por el Duque de Angulema. Sin resistencia llegan a Madrid,
Casi sin resistencia entran en Andalucía. Las Cortes se trasladan a Cádiz, y,
como Fernando se niega a salir de Sevilla, lo declaran loco y se lo llevan
consigo. Mas esta vez Cádiz no sirve de inexpugnable baluarte al
liberalismo, y se rinde a los franceses, los cuales devuelven a Fernando la
libertad y el poder absoluto.
Y comienza la reacción contra los liberales, otra oscilación del
sangriento péndulo de España. Es preso Riego y ejecutado en Madrid. Se
inicia la división entre los realistas y se forma el partido de los
apostólicos, más amantes del infante D. Carlos que del Rey. Se constituyen
en el Ejército unas juntas depuradoras.
Pierden los españoles la batalla de Ayacucho, y se declaran
independientes nuestras colonias, excepto Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
El 29 de diciembre de 1821 se inauguró en la plaza mayor de Vich un
monumento a la Constitución, de mármol, de siete metros de altura. Juró la
Constitución el Ayuntamiento; la juró el Cabildo Catedral. Fueron
derribadas cinco imágenes, se cerraron iglesias y conventos; se exigió al
Cabildo 10.000 duros. El obispo Strauch y Vidal fue asesinado en
Vallirana.
En el alzamiento por el absolutismo se distinguió en la montaña
catalana un seminarista de Vich llamado Mosén Antón. El 6 de mayo de
1823 llegó a Vich el ejército francés, reforzado con las partidas realistas, y
fue derribado el monumento a la Constitución. El 26 de mayo intentó Mina
entrar en la ciudad, pero fue rechazado.

25

Capítulo V
LA UNIVERSIDAD

El año 26 —continúa Balmes en su “Vindicación personal”— el
difunto obispo de Vich, el señor don Pablo de Jesús de Corcuera y Caserta,
me agració con una beca en el real colegio de San Carlos de la Universidad
de Cervera. Es de advertir que este señor obispo era sumamente celoso,
muy delicado en materias políticas y sobremanera vigilante de todo lo
concerniente al modo de pensar y a la conducta de los estudiantes. Lo sabe
toda la diócesis de Vich; lo saben todos cuantos le conocieron en Sigüenza,
cuando estaba de rector en el seminario; y precisamente hay en Madrid una
persona que le había tratado mucho y se había formado bajo su dirección,
mi amigo el respetable Padre Carasa, de la Compañía de Jesús. Pongo esos
pormenores para que se vea que tal nombramiento para colegial, y eso
entre muchos otros pretendientes, supone buena reputación en el
agraciado.
“Pasé al colegio de San Carlos y emprendí mi carrera de teología en
la Universidad de Cervera... A la sazón la disciplina escolar era severa;
había el tribunal que se llamaba de censura; jamás sufrí ni la más pequeña
reprensión ni amonestación. Muchos de sus miembros viven aún; unos se
hallan en España, otros están emigrados... Todos podrían testificar si jamás
les di, ni por mi conducta, ni por mis opiniones, motivo de queja.
“Hice mi carrera, recibí los grados de bachiller y licenciado en
teología con las notas que constan en la secretaría de la universidad. Las
temporadas de vacaciones las pasaba en Vich, donde estaba en la
biblioteca desde que se abría hasta que se cerraba, como es público en esta
ciudad.
“Concluida la carrera en 1833, hice oposición a una Cátedra de
teología en la Universidad a mediados de octubre; y a principios de
noviembre del mismo año hice la oposición a la canonjía magistral de la
catedral de Vich de que habla el anónimo de El Español. Éste asegura que
“los jueces dijeron públicamente que, aunque yo era el que había hecho
mejor oposición, no querían dármela porque era negro”. De semejante
26

cargo podría yo desentenderme, porque más bien hiere al cabildo que a mí;
pero no quiero dejarlo sin respuesta. Los lectores juiciosos saben lo que en
estos casos sucede en poblaciones de poco vecindario: estos asuntos
llaman vivamente la atención y como unos se interesan por uno, otros por
otro, naturalmente, se habla en pro y en contra, y corren pequeños chismes
que desprecia quien tenga miras elevadas. Yo era hijo de la misma ciudad;
era más joven que mis contrincantes y por esto llamaba la atención, y
algunos se interesaban por mí hasta con calor. En este choque no sé si
alguno diría que yo era negro o blanco o de otro color, porque hace largo
tiempo que tengo por regla de conducta cumplir mis deberes y despreciar
vulgaridades; pero lo que puedo asegurar es lo siguiente: 1,º Que ni
entonces ni después oí nunca que ningún canónigo hubiese dicho que yo
era negro ni blanco, ni tampoco ninguna palabra que pueda ofenderme en
lo más mínimo. 2.º Que todos los canónigos me felicitaron con expresiones
de cuya sinceridad no es posible dudar. 3.® Que posteriormente he seguido
en buenas relaciones con todos, y éstas han sido siempre y son ahora de
íntima amistad con el individuo que fue agraciado con la canonjía... Igual
intimidad he tenido siempre y tengo todavía con el otro contrincante.
“Luego de concluida la oposición me ordené; y en esto, como en todo
lo demás, recibí particulares atenciones del señor obispo; por cuyo consejo
volví a la Universidad, donde estudié cánones, desempeñando al mismo
tiempo, en calidad de sustituto, la cátedra de Sagrada Escritura y
recibiendo el grado de doctor que se llamaba de pompa en el lenguaje
universitario.
“Concluido el curso de 1834 a 1835, me fui a mi casa y no quise
volver a la Universidad: la guerra y la revolución iban arreciando y yo
preferí a la carrera universitaria la obscuridad de la vida doméstica.
“A fines del año 37 se planteó en Vich una cátedra de matemáticas, y
como el cálculo y la geometría no son ni cristinos ni carlistas y, por otra
parte, la obscuridad del puesto no llamaba la atención, no tuve
inconveniente en encargarme de dicha enseñanza, que continué por cuatro
años.”
Hasta aquí su autobiografía. Agreguemos algunos datos.
Parece ser que aquel obispo Corcuera que tanto recomendaba la Vida
devota de San Francisco de Sales, hubo de fijarse en la seria piedad del
estudiante Balmes y, movido de esta admiración, pidió noticias y llegó a
hacerse cargo de la maravillosa inteligencia de aquel alumno, lo que le
llevó a concederle una beca en el colegio de San Carlos, de Cervera. Los
alumnos de éste y otros colegios que había en Cervera eran también alum27

nos de la Universidad —quitada a Barcelona por Felipe IV y devuelta poco
después de la época a que nos referimos—, y en ésta se estudiaba, entre
otras facultades, la teología, que después quedó reservada a los
Seminarios. En el edificio se estableció después la Casa de Misericordia, y
en la puerta de la celda que ocupó Balmes durante ocho años se puso una
lápida conmemorativa. Allí pasó varios años con él su compañero Javier
Moner, el cual, según Blanche-Raffin, contaba un rasgo de Balmes que es
como una pincelada de esas que dejando limpio el contorno de una figura
la hacen destacarse del fondo tan fuertemente que parecen vivas.
“Conmigo aprendió el ajedrez; al cabo de pocos días, a pesar de mis
pretensiones, era más hábil que yo; raras veces pude ganarle ni una sola
partida. ¡Cuántas disputas tuvimos acerca de este motivo y cuántas veces
fue arrojado por el balcón el tablero!”
En el segundo curso, 1827-1828, pasó Balmes una gravísima
enfermedad de la que se salvó, si bien quedó escondida en su cuerpo,
acechando la ocasión de acabar con su vida. Durante aquel curso murió su
compañero Codony —uno de los muchos amigos de Balmes que murieron
jóvenes—; y a él mismo le fueron administrados los últimos Sacramentos.
Aquel cuerpo tan débil, ayudado por aquel espíritu tan fuerte, triunfó por
lo pronto; pero tan mal quedó el enfermo, que los médicos escribieron a la
familia con el consejo de que no le permitiesen continuar los estudios.
Claro que éstos continuaron.
Y aquí se cuenta otro hecho revelador del carácter de Baldes y de su
prestigio. La patrona de aquella región es la Virgen del Camino, que tiene
una ermita en el que va de Cervera a Granyena, “Madre de Dios del
Camino”.
Durante su enfermedad, Balmes se había encomendado a esta Señora,
y al curar lo hizo público; y entonces, todos los compañeros y los
profesores del colegio de San Carlos fueron el 13 de junio de 1828 a la
ermita para dar las gracias. ¡Qué rasgo más simpático, y qué emocionante
sería aquella excursión de cinco kilómetros, en que todos rodeaban a aquel
mozo de 18 años, pálido y ñaco, recién vuelto a la vida.
Por una porción de motivos el Gobierno cerró las Universidades en
1830, autorizando al mismo tiempo los estudios privados, cuya aprobación
podría ser revalidada con ciertas condiciones. En relación con esto, o sin
ello, se abrió en Sevilla una escuela oficial de tauromaquia. No consta lo
que pensara Balmes sobre esto.
Este tiempo lo aprovechó, no sólo haciendo los cursos necesarios
para no perder tiempo en su carrera, sino estudiando por su cuenta, y, a lo
28

que dicen sus biógrafos, echando las bases de su cultura filosófica. Se
pasaba la mañana y la tarde en la biblioteca episcopal de Vich. Decía que
aquella biblioteca contenía tesoros desconocidos y que para encontrarlos,
el secreto no estaba en leer muchos libros, sino en saberlos escoger. Con
todo, tenía tal fiebre de leer, que anotaba, por lo menos, el índice de todos
los libros que encontraba, y así se cuenta que a los veintidós años sabía de
memoria el índice de millares de libros.
Empezó los estudios de Filosofía, según cuenta Sadurní, por la
lógica, que estudiaba en todos los libros que había en la biblioteca.
Después de la biblioteca, en su casa componía sobre las materias que había
estudiado pequeños artículos en castellano, en los que adoptaba la opinión
que le parecía más próxima a la verdad. Por el mismo método siguió
estudiando Física, Metafísica y otras materias filosóficas. En los ratos de
descanso leía obras de historia (dice Menéndez Pelayo, en su folleto “Dos
palabras sobre el centenario de Balmes”, que la erudición histórica no era
el fuerte de éste) y de literatura, principalmente el poema de Chateaubriand
Los Mártires.
Al mismo tiempo estudiaba idiomas, conocía perfectamente el latín y
se esmeraba en el castellano y hojeaba con frecuencia el diccionario de la
Academia. Asimismo estudiaba y llegó a dominar el francés, como lo
prueban algunas cartas suyas que se conservan, escritas en este idioma y
en las que es difícil encontrar falta, mientras que sí se encuentra una
sorprendente soltura.
Por entonces no se le veía interés en los asuntos políticos y si leía la
Gaceta y la Estafeta de San Sebastián, era sólo para estar al corriente de
los sucesos contemporáneos.
En 1832 se abrieron nuevamente las Universidades, y Balmes volvió
al colegio de San Carlos. La fama de su talento corría ya de boca en boca,
y se le confiaban varias cátedras de Teología en calidad de sustituto.
Cuenta el mismo Sadurní que en esta nueva época ya discutía muy
frecuentemente de cosas políticas con el rector del colegio.
El 2 de julio de 1833 recibió el diploma de licenciado en Teología.
“Aquí encontramos —dice el P. Casanovas— una nota de las más
tiernas y reveladoras de toda la vida de Balmes. No pudo pagar los gastos
de la licenciatura ni entonces ni en todo el curso siguiente, y, como era
natural, las reclamaciones eran cada día más apremiantes. En noviembre
de 1834 apareció una alma buena que tuvo misericordia del pobre
estudiante y le prestó 125 duros sin interés. El bienhechor fue mosén
29

Antonio Vilavendrell, que para hacer el bien con todo espíritu evangélico,
hizo aparecer a Pablo Pladesala como protagonista... Nueve años tardó
Balmes en poder pagar la deuda. ¡Con qué gozo debió de hacer aquel día
las cruces que vemos en el pagaré!... Una nota puesta detrás dice así: “Hoy,
11 de julio de 1843, he recibido el presente debitorio, que, después de
satisfecha la cantidad en él expresada, me ha sido devuelto.”
Poco después, el 5 de agosto del mismo año, hacía testamento en el
que dejaba a su hermana Magdalena 50 libras y 2.000 a Ana y nombraba
heredero a su hermano Miguel. Parece como que hubiese adquirido
bastante riqueza por aquella época, y que ello le hubiese permitido pagar
sus deudas, y entre ellas la tan antigua de su licenciatura. Pero es el caso
que el 19 de diciembre de 1841, es decir, año y medio antes de pagarla,
había hecho otro testamento en el que, nombrando heredero también a su
hermano Miguel, dejaba una pensión a su padre (que ya había muerto
cuando otorgó el segundo testamento) y a cada una de sus hermanas 50
libras por una sola vez.
Es de suponer que el generoso y recatado prestamista daría a Balmes
esto que hoy llamamos toda clase de facilidades. ¿Quién sabe si se negó a
cobrar mientras Balmes tenía a su cargo a su anciano padre?
Continuaba, mientras, la turbulenta historia de España.
El Rey decretó la cesación de las Juntas Militares de purificación y
que las causas pendientes pasaran a la jurisdicción ordinaria. Los
apostólicos estimaron ésta y' otras medidas como sospechosas y sólo
concebibles si el Rey estaba entregado a los masones. Se inició una
sublevación, que fue rápidamente sofocada. Se expidió un decreto por el
que se condenaba a muerte a los sediciosos y a sus coadyuvantes. Fue jefe
de la persecución el Conde de España, que detuvo al director de la
sublevación, Bessieres, y a siete compañeros de éste, que fueron
inmediatamente fusilados, sin que se recibiese declaración a aquél. Fue
ahorcado el famoso guerrillero Juan Martín, el Empecinado, después de
haber sido expuesto varias veces a las iras del pueblo dentro de una jaula
de hierro.
Nunca se supo si Calomarde engañaba a Fernando o éste engañaba a
aquél, aunque sí que ambos lo intentaban continuamente. Formó Gobierno
Zea Bermúdez, partidario de un despotismo ilustrado, es decir, de un
absolutismo templado. Pronto tuvo que renunciar al poder. Le siguió el
Duque del Infantado (estamos ya en octubre de 1825), que también cesó
30

pronto. Forma gobierno González Salmón, que murió a los dos años, y
dejó la presidencia del Consejo a Calomarde.
“Los ministerios en España —escribía Balmes en cierta ocasión—
tienen la vida de un insecto.” No se refería precisamente a la época de que
hablamos, sino a todas las épocas. La analogía quizá sea de más alcance
aún. Como los insectos, los políticos vivían larvados; después se iban
arrastrando, cambiaban la piel varias veces, y, por último, les salían alas...
En Inglaterra andaban mientras tanto los más valiosos elementos del
partido constitucional... dedicados a pelear entre sí. Había un gran partido
capitaneado por Mina y otro cuyo jefe era Torrijos.
La mayor complicación de esta etapa del reinado de Fernando VII fue
la sublevación de los agraviados de Cataluña. Ex oficiales del ejército
realista que se consideraban tratados injustamente.
A fines de 1826 apareció un manifiesto dirigido al pueblo español,
“sobre el estado de la nación y sobre la necesidad de elevar al trono al
serenísimo señor Infante don Carlos”. Se lanzaron pronto a la lucha las
primeras partidas, aunque infructuosamente. “Los rebeldes —dice el
Marqués de Villa Urrutia— persuadían a los pueblos que nada tenían que
temer, porque el Monarca, que no gozaba de la libertad necesaria para
gobernar el Reino, había expedido órdenes secretas e instrucciones
reservadas autorizando el movimiento y revistiéndolos con mandos
militares. Pero, aunque Fernando era capaz de tamaña perfidia, si hubiera a
sus intereses convenido, era también demasiado sagaz para soltar prendas
que pudiesen comprometerle; quizás se forjaron en Palacio, y no lejos del
Trono, las fingidas órdenes, para engañar fácilmente a los sencillos catalanes, cuya ignorancia era entonces tanta, que la Universidad de Cervera,
en una exposición al Rey, 11 de abril, publicada en la Gaceta del 3 de
mayo, decía: “¡Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir!”
Balmes, alumno de la Universidad de Cervera, tenía entonces 17 años
y una madurez de juicio muy superior a la propia de su edad, y había
estudiado en Vich tres cursos de Filosofía... ¿Qué pensaría Balmes de estas
cosas? ¿Le parecerían absurdas? O quizá, con esos segundos motivos a que
se refería Pascal, entendería conveniente que mucha gente renunciase a
eso de discurrir?
En agosto se apoderaron de Manresa los somatenes rebeldes y
establecieron allí una especie de gobierno bajo la presidencia de José
Bussons, Jep deis Estanys. Este ejemplo fue seguido en Vich, continúa
Villa Urrutia, no a impulsos de los somatenes, sino del clero. Se decía que
31

estaban complicados en el movimiento Fray Cirilo Alameda, el Duque del
Infantado y Calomarde.
Se resolvió que el mismo Fernando fuese a Cataluña para conocer
directamente la sublevación y acabar con ella. Fue a Cataluña también el
Conde de España, al que rápidamente se fueron rindiendo las partidas. Fue
fusilado Jep deis Estanys con tres de sus ayudantes en 13 de febrero de
1828. En noviembre evacuaron Barcelona los franceses, que la ocupaban
desde 1823. Matanza de constitucionales por el Conde de España.
Nuevo casamiento del Rey. Derogación de la ley Sálica. Derogación
de la derogación por consejo de Calomarde. Derogación de la derogación
de la derogación. Destitución del Ministerio, y a Calomarde sucede Zea
Bermúdez. El 15 de octubre de 1832 se firmó la amnistía de los liberales.
Tentativas carlistas no patrocinadas por don Carlos, que no quería adoptar
actitud alguna mientras viviese su hermano. Don Carlos es obligado a salir
para Portugal, y proclama sus derechos a la Corona. Las Cortes reconocen
a Isabel como heredera.
El 29 de septiembre de 1833 muere Fernando VII.
Durante este tiempo, Cervera era un centro poderoso del partido
llamado apostólico, realista extremado y más o menos decididamente
partidario del reinado de don Carlos.
El obispo Corcuera, protector de Balmes, fue maltratado y
repetidamente humillado por el Conde de España, que ni aun así consiguió
quebrantar la dignidad y serena entereza de aquél.
En medio de estas violencias y de este ambiente de la población,
Balmes permanecía imparcial e impenetrable.
En 1828 estuvo en Cervera Fernando VII, y hubo grandes fiestas
universitarias en honor de los Reyes. Como en junio del 28 aparece
Balmes recientemente curado de su grave enfermedad, no se sabe si estaría
en disposición de presenciar siquiera las fiestas literarias —que se
celebraron en abril— ni menos de intervenir en ellas.

32

Capítulo VI
OPOSICIONES

Viene ahora lo que podríamos llamar período de las oposiciones. El
que no lo haya pasado en su vida se hará difícilmente cargo de la huella
que deja en el espíritu del opositor esa época en que día por día se hace la
cuenta de las probabilidades y en que momento por momento se cree uno
vencedor o derrotado.
Me parece que es Henri Lavédan quien dice que cuando un jugador
de baccará abate dos veces seguidas, la expresión que se le nota no es de
alegría, sino de triunfo, de superioridad. Así es, en efecto, la soberbia del
hombre. Todavía el que gana repetidamente jugando al ajedrez, en que los
medios de lucha son iguales, se explica que se crea superior al adversario;
pero es que lo mismo ocurre en los juegos de azar. El que gana varias
veces seguidas, sin decirlo y aun sin confesárselo a sí mismo, cree, siente,
que cuando gana tantas veces por algo será, confusamente se reconoce un
principio interno y misterioso de energía que le lleva al triunfo. Asimismo
vemos constantemente a individuos que obtienen un alto cargo a fuerza de
súplicas y humillaciones y que a los pocos días de estar en posesión de él
ya se creen de categoría superior a los que no lo tienen porque no rogaron
ni prometieron.
No es extraño que el buen éxito de los negocios sea la razón casi
única del respeto que nos tienen los demás, cuando nosotros mismos
somos tan ruines que nos tenemos en más cuando nos sale bien lo que
emprendemos.
Pues esto pasa con las oposiciones, que son al mismo tiempo un
juego de azar y de inteligencia, y en muchas ocasiones, en muchísimas,
motivo de súplicas y de humillación. El opositor que no ganó plaza grita
mucho para convencer a todos, incluso él mismo, de que el Tribunal fue
injusto; pero dentro le queda la mordedura de la desconfianza en sus
fuerzas.
Balmes, desde el 20 de octubre al 16 de noviembre de 1833 hizo dos
oposiciones y perdió las dos, y las perdió injustamente, según todas las
33

referencias. ¡Calculad la depresión de su espíritu impresionable y la
reacción de su alma ardorosa!
Primero hizo oposiciones a una cátedra de Teología de Cervera. Los
contrincantes eran todos jóvenes.
Cuenta Sadurní, sobre estas oposiciones, lo que sigue: “Durante los
ejercicios de licenciatura (de Balmes) ocurrió un incidente digno de ser
conocido. Después de haber sorteado un puesto para componer la oración
llamada de repetición, Balmes, cuando ya la tenía hecha y dispuesta para
ser leída, se puso enfermo. Pasaban los días señalados por el Reglamento
—después de los cuales habría habido que hacer otro sorteo— y Balmes
propuso que los catedráticos fuesen a su cuarto para leérsela allí. Así se
hizo, y dicen que la oración fue una maravilla de erudición y profundidad.
Al final, el P. Xarrié —que después fue juez de las oposiciones— le
propuso una cuestión metafísica sobre la esencia del individuo, y como
Balmes le expusiese una opinión muy original, diferente de la que el
catedrático enseñaba, éste le contestó: sunt qui dicunt; y ya no le preguntó
más sobre el dicho punto.
Esto último quizá influyó en lo que ahora vamos a contar.
“El erudito catedrático Dr. don José Caixal acababa de ascender a una
canonjía de la Metropolitana de Tarragona y dejaba, por tanto, una cátedra
de Teología vacante en Cervera, y por eso, se convocaron oposiciones.
Balmes dijo a sus amigos que tenía el propósito de firmarlas. Pero mucho
antes del tiempo fijado desapareció; la familia decía a los amigos que
preguntaban por él que había ido a Manresa no se sabía a qué. Cuando
Balmes volvió, descubrió a Galadíes que adonde había ido realmente era a
Cervera y no a Manresa. El motivo era que como había recibido muchas
insinuaciones (entre ellas lo que decía don Juan Minoves de que a Balmes
no se le daría la cátedra porque sabía más que los otros catedráticos y
hablaba demasiado claro y a veces parecía que les enmendaba la plana, lo
que no les agradaba; por otra parte recordaban la grave enfermedad que
había tenido el segundo año de Teología, y la última indisposición, y
decían que en la Universidad preferían gente robusta para trabajar) de que
no se presentase porque no obtendría la cátedra, había resuelto ir a tratarlo
con el Dr. Pou para que le dijese si eran falsas tales insinuaciones o, si no,
que le explicase el motivo...
“El buen Dr. Pou le contestó que no creía que fuesen ciertos tales
prejuicios, pero que vería a los demás catedráticos, y, mientras tanto, que
estuviese tranquilo y se volviese a Vich, que ya le escribiría el resultado de
su investigación... Como la carta no llegaba nunca, Balmes le recordó la
34

pregunta y entonces le contestó el Dr. Pou diciéndole que los demás
catedráticos le habían respondido que por prudencia no podían hacer
absolutamente ninguna clase de manifestaciones antes de las oposiciones.
(¿Está claro, lector?)
“Con todo, por bajo de cuerda, se le volvió a insinuar que no se
presentase, porque sería inútil; conducta tan extraña le tenía muy
preocupado, y decía que no podía atribuirla más que a resentimiento por la
opinión que expuso en la licenciatura sobre la esencia del individuo. Con
esta intranquilidad de espíritu se presentó Balmes a las oposiciones y pudo
comprobar en parte el fundamento de aquellas indirectas, ya que, a pesar
de haber sido el que hizo con más lucimiento los ejercicios —como lo dijo
uno de los mismos catedráticos, don José Ricart— se quedó sin la
cátedra.”
Fueron los jueces los Doctores Barri, Franch y Xarrié.
Durante estas oposiciones, pidió Balmes una plaza en la Universidad
como sustituto.
Y días después del fracaso actuó en las oposiciones a una canonjía de
Vich. |
Estas oposiciones fueron llamadas de los tres Jaimes, porque los
opositores fueron: Jaime Balmes, Jaime Soler y Jaime Passarell. Balmes
tenía 23 años; los otros dos tenían, respectivamente, 34 y 30, y el tercero
era catedrático de Teología en el | Seminario de Vich. Perdió las
oposiciones.
Y cuenta Sadurní que los tres opositores trataron amigablemente,
como se acostumbraba, de darse a conocer los respectivos argumentos
relativos al punto sorteado. Pero Balmes, con todo candor y sencillez, les
propuso que no se lo avisasen, quedando él también libre de esta
obligación.
Ya dice Blanche-Raffin que los condiscípulos de Balmes en la
Universidad no le censuraban sino un defecto: su pasión por el
aislamiento. Esta nota de su carácter adquiere mucho mayor relieve
cuando la vemos conservada en el momento de las oposiciones, cuando el
amor propio se nubla y hasta parece que la dignidad se derrite, y todo
auxilio parece bueno. Más adelante volveremos sobre esta tendencia de
Balmes a la soledad espiritual.
De la nobleza de su corazón es prueba el hecho de haber seguido en
amistad con el ganador de la canonjía, como él mismo lo dice en su
“Vindicta personal”. El padre Casanovas llega hasta insinuar la posibilidad
35

de que el Dr. Soler debiese a indicación de Balmes el ser incluido en las
listas de los futuros obispos “como sabemos de cierto que lo fue
Casadevall, uno de los miembros del Cabildo que juzgó sus oposiciones.”
Había recibido la tonsura en Solsona, en 1825. El 21 de diciembre de
1833 fue ordenado de subdiácono. El 24 de mayo de 1834 recibió el
diaconado, al mismo tiempo que se ordenaba de subdiácono el P. Claret.
En 20 de septiembre de 1834 fue ordenado de presbítero.
Y de entonces se cuenta que el obispo Corcuera, que le confirió las
órdenes, le preguntó:
—¿Qué quieres, Jaime?
Y Jaime contestó:
—Señor, un curato.
—No —replicó el obispo—; ve a la Universidad, y estudia.
Quizá Balmes pensó entonces dedicarse a la cura de almas
como la actividad más adecuada del sacerdocio... cuando no se elige,
como él eligió después, una más alta en el sentido social, y en el espiritual
no menos elevada.
“Con motivo de las órdenes, Balmes tuvo que quedarse en Vich la
mayor parte del curso 1833-34, por lo que volvió a su método de vida de
los dos años de estudios privados, o sea, pasar la mayor parte del día en la
Biblioteca, lugar de sus amores y esparcimiento. Dedicó entonces
preferente atención a la Metafísica, y al efecto, comenzó por estudiar
detenidamente la obrita del jesuita Exameno. Repetía frecuentemente la
respuesta dada por el conde de Buffon al excelente joven M. de Xipell, que
le había preguntado qué tenía que hacer para ser sabio: “estudiar de todas
las cosas los tratados magistrales”. Por eso Balmes estudió seguidamente
las mismas obras de Descartes, Locke y Leibnitz, que él llamaba el
triunvirato metafísico, según expresión de Exameno, y hacía notar que
Malebranche no era más que discípulo del primero, y Condillac del
segundo, con la diferencia de que aquél ocultaba o disculpaba los defectos
de Descartes, mientras que Condillac descubría o refutaba los de Locke.
“Con todo, no dejaba de pasear con los amigos, preferentemente con
Galadíes, porque era un carácter serio y formal, además de que poseía una
extensa erudición; sus conversaciones eran casi siempre sobre ciencias,
matemáticas, metafísica, historia, etc.; se consultaban todos sus asuntos y
se mostraban mutuamente sus primeros desahogos literarios. Balmes
censuraba a Galadíes (que colaboraba entonces en el Diccionario Geo36

gráfico Universal con algunos artículos sobre Vich) porque se había puesto
a escribir demasiado joven, insinuando, al mismo tiempo, que él también
tenía intención de ser escritor público y de hacerlo bien. Hablaban también
de política; a principios del año 34 subió al Ministerio el señor Martínez de
la Rosa, y Balmes dijo que se alegraba de ello, no por afición al político,
sino por respeto al literato; seguían la polémica de La Estrella, de Madrid,
con El Vapor, de Barcelona, sobre garantías políticas, e hicieron un
minucioso estudio del Estatuto Real.
“Aquel verano ya se preocupó algo más de política; al ocurrir los
trágicos sucesos de julio (1), horrorizado, se indignaba contra los bárbaros
que habían asesinado a los indefensos jesuitas con el ridículo pretexto de
que envenenaban las fuentes. Leía atentamente las sesiones de las Cortes,
sobre todo aquellas en que se debatía el arreglo de la Deuda Nacional,
sobre el cual hizo un incansable estudio, aplaudiendo los discursos de Martínez de la Rosa por su moderación y finura y criticando a los diputados
que le hacían tanta oposición, agregando que auguraba un triste porvenir a
España por haber demasiados elementos de discordia. Hojeaba los
Discursos críticos del Marqués de Miraflores, tomaba notas de la Historia
del Jacobinismo de Hermosilla, y se entusiasmaba con los Pensamientos
de Pascal, repitiendo con frecuencia éste: “El hombre es miserable porque
conoce que lo es, pero también es grande porque conoce que es
miserable.” De los periódicos notaba principalmente los artículos eruditos
y substanciosos.”
Ya vimos despuntar y florecer la vocación de sacerdote; ahora vemos
despuntar la de político. Veremos florecer también ésta, y después veremos
cómo caen las hojas de la segunda y quedan siempre frescas las de la
vocación religiosa.
Volvió Balmes a la Universidad, donde, además, explicó algunas
asignaturas como catedrático substituto. El 5 de junio de 1835 recibió el
grado de bachiller en cánones.

1

Se había declarado la existencia del cólera en Madrid y no se sabe de dónde salió
el rumor de que los frailes habían envenenado las fuentes de la capital. El populacho,
hábilmente excitado por algunos fanáticos, se amotinó y penetró en el convento de
San Isidro, dando muerte a 15 jesuitas. Desde allí se trasladaron a Santo Tomás, luego
a la Merced y, por último, a San Francisco, donde perecieron degollados más de 50
religiosos. La fuerza pública evitó que se ejecutasen atentados semejantes en otros
conventos de Madrid: pero los sucesos tuvieron repercusión en Zaragoza, Reus,
Barcelona y Murcia.
37

Según carta de Ristol a Córdoba, “hizo un gran estudio de los
mejores autores de Derecho civil. Las obras de Domat, las de Vinio, las
leyes de la Partida y de la Novísima Recopilación, fueron durante mucho
tiempo el estudio predilecto de Balmes, tanto, que llegó a dominar las
cuestiones de Derecho con la misma facilidad y acierto que las de Teología
y Filosofía”.
Ahora veremos la depresión que en su espíritu dejó el mal éxito de
las oposiciones ya explicadas.
Llegó la hora de recibir el Doctorado. El doctorado llamado de
pompa correspondía en aquella ocasión a la facultad de Teología. Balmes
se sentía con fuerzas para aspirar a este honor, pero...
Fue una tarde a casa de Ristol, y le consultó sobre si debía firmar el
concurso para el doctorado de premio.
—Sí —le contestó Ristol—: fírmalo inmediatamente.
—¿Y si fracaso ahora también? ¡Mira que a la tercera va la vencida!
—Firma el concurso; me da el corazón que el primero será para ti.
—Mucho consuelo me das, pero quiero conocer la opinión de Ferrer
y Subirana.
Éste fue del mismo parecer que Ristol y entre los dos convencieron a
Balmes.
Agrega Ristol que el opositor tenía ocho días para escribir el
discurso, pero a los dos días estaba ya preparado para “pronunciar aquella
elocuente y sublime oración que a todos nos dejó parados”.
El 7 de febrero de 1835 ganó la oposición. “La guerra civil estaba en
su incremento —nos dice el mismo Balmes en la Vindicación personal—,
las pasiones ardían; y yo, como graduado, debía, según las leyes
académicas, pronunciar un discurso en elogio del monarca reinante; y
como a la sazón era gobernadora S. M. la Reina Cristina, era preciso
hablar de esta augusta señora. El concurso era numeroso; las opiniones
políticas muy encontradas, y se deseaba saber lo que yo pensaba de las
cosas públicas. ¿Saben mis lectores lo que hice? ¿Creen que me entusiasmé por la reina gobernadora y que le dispensé las lisonjas que a la
sazón le prodigaban otros que ahora la insultan? No, no; lo que hice fue
prescindir de toda política; y me ceñí a elogiar la reapertura de las
Universidades; y, aprovechándome de no sé qué providencia sobre
enseñanza de matemáticas, me detuve un poco en este punto, y acabé mi
38

discurso sin ofender ni a cristinos ni a carlistas, porque no había hablado ni
de unos ni de otros.”
¿No percibís en el tono de este párrafo cuán lejos de la indiferencia
estaba la imparcialidad o neutralidad de Balmes? ¿No veis cómo alardea,
no de su frialdad, sino del chasco que se llevó la gente curiosa o
apasionada que asistió al acto para inscribir al graduando en la lista de
alguno de los partidos?
El 25 de marzo del mismo año recibió un préstamo de dos onzas, que
pagó en 26 de abril de 1845. En 11 de julio de 1843 había pagado el
préstamo que recibió para cubrir Jos gastos de la licenciatura. Recordemos
lo que ya hemos dicho sobre los testamentos de Balmes, y reconozcamos
que no se daba entonces la gente mucha prisa para cobrar.
“Concluido el curso de 1834 a 1835, me fui a mi casa, y no quise
volver a la Universidad; la guerra y la revolución iban arreciando, y yo
preferí a la carrera universitaria la obscuridad de la vida doméstica.”
No era esto. Era que había sentido despertarse en su alma la nueva
vocación, para la cual comprendía él que necesitaba todas sus fuerzas.
Además, esta vocación no era fácilmente adaptable a la explicación de
cátedra y a la preparación de oposiciones. Necesitaba aislarse para tomar
aliento. Necesitaba, además, esperar sin soltar prenda hasta que la
situación política de España hiciese posible un comienzo de actuación
política elevada.
“A fines del año 37 se planteó en Vich una cátedra de matemáticas; y
como el cálculo y la geometría no son ni cristinos ni carlistas y por otra
parte la obscuridad del puesto no llamaba la atención, no tuve
inconveniente en encargarme de dicha enseñanza, que continué por cuatro
años. Y es de notar que, habiéndose hecho una función solemne en la
apertura del establecimiento, yo pronuncié el discurso inaugural, y no
hablé ni una sola palabra de política. Los testigos viven y en Vich están.
De mi comportamiento en la enseñanza no soy yo quien debe hablar; todos
los que me favorecieron con su asistencia saben que no hablé jamás una
sola palabra de política. Más de una vez sucedió que nos hallábamos
interrumpidos en nuestros cálculos con las campanadas de alarma o el
toque de generala: si era posible continuar, continuábamos; o si no, nos
levantábamos tranquilamente y nos íbamos.
“Mis afanes se dirigían a sacar discípulos aprovechados, lo que
conseguí, así en la parte elemental a que estaba obligado, como en la
39

sublime, que quise enseñar, sin embargo de no estar contenido en la
asignatura.
”Durante la guerra civil no me mezclé jamás en nada que tuviese
relación con la política. Mis obligaciones, la biblioteca y mi casa; sin más
distracción que un rato de paseo, que daba, o solo o en compañía de algún
amigo, que por lo común solía ser alguno de mis discípulos.”
La cátedra de matemáticas a que se refiere fue establecida por la
Sociedad de Amigos del País. Balmes acudió a ella porque materialmente
la necesitaba para vivir. Además, él mismo dice que era una cosa oscura,
que no llamaba la atención, o sea que en ella no había que pronunciarse,
porque, dada su poca importancia, no se podía atribuir causa política al
nombramiento de profesor, y porque las matemáticas tienen poca relación
con la política y la guerra.
Balmes en aquella época carecía, además, de medios económicos
para viajar y aun para comprar libros; estaba suspendida por orden
gubernativa la provisión de cargos eclesiásticos y las oposiciones a
canonjías, y España —dice el biógrafo Córdoba— estaba convertida en un
campamento en el que la mitad de sus desventurados hijos guerreaban
contra la otra mitad.
Además, él no creía que la guerra civil iba a durar tanto. Aguardó un
poco de tiempo escondido en Vich, al socaire; después hizo tentativas para
irse a Barcelona; después se puso a explicar matemáticas.
No se extrañará que Balmes explicase matemáticas sabiendo que era
muy aficionado a su estudio, y a ningún lector de sus obras extrañará que
lo fuese, porque la claridad, la sencillez y la solidez de su discurso son de
carácter matemático. Y en cuanto cabe en lo posible, él nunca pasó en
Filosofía de un teorema a otro sin que el primero quedase demostrado, y
para sus discursos no tuvo ni arranques de imaginación, ni amor propio
que le cegase, ni más base axiomática que el sentido común y las verdades
de la Fe, cuando no era la certeza de ésta el teorema, que, claro es,
demostraba con sólo la primera base axiomática.
“Por lo común —dice su contemporáneo Antonio Soler— poníamos
un grande mapa sobre la mesa, y, enfrente de él, con los periódicos en la
mano, y el compás, que no cree hubiese dejado en acto alguno de los de
su vida...”
Ya es bastante para pintar un carácter y una inteligencia esto de llevar
siempre en el bolsillo un compás. Sería para él instrumento de estudio,
medio de recreo, quizá lo más parecido a un amuleto. Sin fantasear:
40

¿verdad que hay ideas en sus obras más concisas —pongamos “El
Criterio” o la “Historia de la Filosofía”— que parecen centradas y
redondeadas con un compás?
No menos expresivo —de pobreza y de amor a la ciencia y de
silencioso heroísmo— es este otro rasgo que otro amigo cuenta: “Se hizo
construir por un carpintero una tablita rodeada por un listón; la llenaba de
arena fina y, con un punzón, se ejercitaba en las figuras geométricas.”
Ya de esta época tenemos gran cantidad de cartas que nos explican la
vida de Balmes con más imparcialidad —aunque parezca imposible a
primera vista— que las narraciones de los biógrafos. Fueron publicadas
por el P. Ignacio Casanovas, y las escritas por Balmes están, además, en la
colección de obras completas. De las primeras, se desprende claramente el
estado espiritual de vacilación, de ansiedad, de horror y de pobreza en que
Balmes vivió por aquella época. Durante la misma pasó otra grave
enfermedad, llamada eufemísticamente catarro, “fruto en gran parte de sus
disgustos”, según el mismo Balmes.
“Sabrás que tengo la idea de trasladarme a Barcelona, y esto aunque
no puedo obtener destino en la Universidad... Voy a decirte la causa: ya
sabes que me hallo en ésta sin ningún destino (escribe esta carta Balmes
en Vich, a 26 de julio de 1836); doy algunas lecciones, pero en este país ya
sabes que la retribución es tan módica que no vale la pena; estaba aguardando que se acabase la guerra para empezar carrera, pero la guerra no se
acaba. ¿Qué hago yo aquí como un pájaro enjaulado? Lo que hago es
afligirme, consumirme, con peligro de estropear mi salud... Ya sabes que
mi instrucción, aunque escasa, tiene la ventaja de ser algo variada: por de
pronto, tal vez podría encargarme de la instrucción de algún joven; tal vez
podría dar lecciones de algunas materias; entretanto, ganaría la
subsistencia, adquiriría relaciones, acecharía de cerca cómo van las cosas
de la Universidad, y tal vez se me abriría el camino para alguna carrera
ventajosa... ¡Amigo, qué placer tendría si pudieras notificarme un éxito
favorable! Me vestiría de paisano, y así hablaríamos, pasearíamos y, si era
posible, viviríamos juntos; y aun cuando viviéramos separados, nos
uniríamos todos los ratos que tuviéramos desocupados, hablaríamos una y
mil veces de tu plan de estudios, y pasaríamos a solas tan buenos ratos, que
no echaríamos de menos ni los paseos concurridos ni las diversiones
públicas.”
En otra carta cuenta a Ristol que, siguiendo la insinuación de éste, ha
escrito al Dr. Quintana —a quien considera como factótum en la
Universidad— y habla de sus lisonjeras esperanzas en cuanto a la cátedra;
41

según el nuevo plan, aun me será más fácil la entrada... El tiempo de la
abertura se va acercando, y el Dr. Quintana me parece que ya habrá
recibido algunas comunicaciones del Gobierno relativas a la Universidad...
No ignoras que las ocasiones deben aprovecharse cuando se presentan,
porque si se las deja volver la espalda, a veces desaparecen para no volver
jamás”.
A pesar de todo, siguió en Vich más de tres años.
De su estado de ánimo nos habla así, en carta al mismo Ristol:
“Observo que he escrito mucho, casi sin advertirlo; pero no hagas caso. El
hombre que vive en la soledad y el infortunio, aprovecha a veces la
primera ocasión que se le ofrece para desahogarse, y derrama tal vez sobre
sus escritos, aun sin quererlo, la amargura de la hiel que inunda sus
entrañas. Me pides que te remita los versos aquéllos. Hombre, no vale la
pena.”
En carta a Ferrer y Subirana (condiscípulo de la Universidad) de 18
de agosto de 1838: “... Han pasado cinco años de guerra civil, y, para quien
haya sabido meditar, ha pasado un siglo; y si a la sazón, aunque jóvenes de
veinte y tantos años, no contamos ya más de cuarenta por la cordura y
buen juicio, muy poco habremos sabido aprovecharnos del tropel de
sucesos que han desfilado delante de nuestros ojos.”
En otra carta a Ferrer y Subirana:
“Me han herido tan fuertemente los sucesos que han pasado a nuestra
vista, han sacudido tan fuertemente mi alma, han desarrollado en mí tal
tropel de ideas y sentimientos, que muchas veces me es preciso
violentarme para que no lleven sobrado mi atención este linaje de estudios
y meditaciones; bastaría decirle que han puesto mi espíritu y mis ideas en
tal posición que no la acierto a explicar” (7 sept. 1838).
Veamos ahora el fondo histórico sobre el que se levantaban estas
vacilaciones y estos dolores de Balmes.
Muerto Fernando VII, en 29 de septiembre de 1833, quedó como
tutora de su hija y gobernadora del reino, María Cristina, la princesa que
había llegado a España con tacha de francmasona.
El 3 de octubre comenzó la guerra carlista, que había de durar hasta
el 31 de agosto de 1839 o más bien hasta 7 de julio de 1840, por lo que fue
llamada guerra de los Siete Años.
La reina publicó un manifiesto con el ánimo de conciliar a carlistas y
liberales bajo la soberanía de ella. Ensalzó su respeto a la religión y su
amor a la monarquía absoluta. El resultado, como era de esperar, fue que
42

no apaciguó a los primeros ni contentó a los segundos. Casi todos los
Estados europeos reconocieron a la reina; pero no lo hicieron los del Norte
ni el Papa.
“Durante la última guerra civil de España —dice un escritor de la
época— oímos contar que el Rey Fernando VII había dicho que la España
era una botella de cerveza, cuya fermentación él sujetaba con su
existencia; mas que había de oírse el estruendo y verse sus efectos en la
hora de su muerte, en que, por decirlo así, saltaría el tapón de la botella...;
a la muerte de Fernando VII cada uno de los partidos creyó llegado el caso
de poner en ejecución sus planes. Carlistas, monárquicos puros, liberales,
exaltados, todos estaban cegados por ilusiones diversas, cada partido
presagiaba a su favor las diferentes esperanzas que había concebido...
Dada la señal de guerra, se presentaron en la lid unos como paladines de la
reina Isabel, y los otros cual defensores del derecho de don Carlos; mas, en
verdad, los corifeos del movimiento en ambos partidos afectaron defender
la legitimidad de un trono y sólo tuvieron un pensamiento político y social.
”Por lo tatito, es necesario advertir que en la época en que principia
nuestra narración España estaba dividida en dos bandos: pertenecían al uno
los liberales o amantes de la Constitución de 1812, y al otro los
absolutistas o amigos de la Inquisición. Ambos partidos estaban en pugna
desde el célebre manifiesto que en 4 de mayo de 1814 firmó en Valencia el
rey Fernando al volver de su cautiverio. Los absolutistas derrocaron a los
constitucionales, pues por decreto de 21 de julio se restableció el tribunal
de la Inquisición, que las Cortes habían extinguido. Llegó el año 1820 y
triunfaron los liberales; pero en 1823 quedaron otra vez abatidos, y
muchos de ellos fueron proscritos. Los vencedores se presentaron a
Fernando VII con exigencias a que el monarca no quiso o no pudo acceder,
por cuyo motivo concibieron el plan de entronizar al infante don Carlos,
con la convicción de que éste secundaría sus intentos; y desde entonces
casi todos los que se llamaban absolutistas tomaron el nombre de carlistas.
”Más adelante esos partidos se subdividieron, pues los liberales se
repartieron en progresistas y moderados, y luego hubo ciertas graduaciones
de exaltados, maduros, tolerantes, intolerantes, etc., etc. Así los
progresistas como los moderados que formaron en primera línea, todos
eran sujetos de bien, y al principio sólo difirieron en el modo de hacer las
cosas; pero se vieron luego en segunda y tercera línea de los primeros,
hombres furibundos, inconsiderados, enemigos del orden y amigos de
revolucionar por revolucionar; al paso que en la segunda y tercera línea de
los segundos se agregaron hombres hipócritas, egoístas, enemigos de
43

cuanto se oponía a su plan e irreconciliables con quien no pensaba como
ellos.
”Se subdividieron, también, los carlistas; pero en dos fracciones
solamente, porque los unos, extraños a las exigencias del siglo y, por
consiguiente, enemigos de reformas, sólo deseaban el restablecimiento del
Santo Oficio y del absolutismo puro. Mas los otros, conociendo la época
en que vivían, eran menos exigentes; eran moderados en sus deseos,
amaban la ilustración que no se oponía a las máximas del Evangelio, y
querían que a toda costa se conservase ilesa la dignidad del trono...
”Andando el tiempo, los moderados liberales y los moderados
carlistas, habiendo empezado a mirarse sin encono, acabaron por
entenderse; y unidos en ideas se llamaron el partido conservador.”
El 2 de octubre se había sublevado en Talavera de la Reina el
empleado de Correos don Manuel González; después se levantan los
carlistas en Bilbao, con el marqués de Valdespino y el brigadier Zabala; en
Vitoria, dirigidos por Verástegui y Uranga; en Santo Domingo de la
Calzada y la Rioja, en Aragón, Valencia, Castilla, Cataluña... En 17 de
octubre se mandó embargar y adjudicar al Tesoro todo el patrimonio del
infante don Carlos; fueron desarmados los realistas y ejecutados los jefes
de la sublevación.
El 24 de octubre fue proclamada reina Isabel II, y se concedió una
amnistía para treinta y un diputados de las antiguas Cortes.
Francia e Inglaterra reconocieron a Isabel II, pero no el Papa, Austria,
Prusia ni Rusia, y Cerdeña y las Dos Sicilias se pronunciaron por Don
Carlos. Fácilmente fueron vencidos los carlistas en Vitoria y Bilbao; pero
no aquéllos que se corrieron hacia Navarra, acaudillados por
Zumalacárregui, antiguo coronel ex defensor de Zaragoza, quien detuvo el
empuje de los isabelinos.
Varios generales exigieron, en forma más o menos violenta, la
convocatoria de Cortes, y a consecuencia de ello, en enero de 1834, cae el
gobierno de Zea y lo forman Burgos y Zarco del Valle, con Martínez de la
Rosa en el Ministerio de Estado (aun corriendo riesgo de pesadez, hemos
de ser ahora un poco más extensos, porque no se trata ya solamente de
presentar el fondo de confusión política en que se debate España, sino
también de explicar los hechos que precedieron inmediatamente a la entrada de Balmes en la vida política). De hecho, quedó Martínez de la Rosa
encargado de la Presidencia del Consejo. Éste era cada vez más moderado;
pero comenzó por ampliar la amnistía y secuestrar los bienes de los
44

eclesiásticos que abandonaban sus puestos para unirse a la facción y
suprimir los conventos en que la sexta parte de la comunidad se hubiese
afiliado al partido carlista.
El 10 de abril de 1834, se promulgó el Estatuto Real, que en
sustancia establecía el régimen de Cortes, con representantes por derecho
propio y por elección, dejando al monarca como regulador supremo. El
Estatuto disgustó hondamente a los liberales.
Por aquel tiempo empezó la epidemia del cólera en Andalucía y a
poco alcanzó a Madrid: “Fue lanzada la especie de que su existencia y
rápido incremento se debía a haber sido envenenadas las fuentes públicas
por los religiosos de las órdenes monásticas”, y ocurrieron los horribles
sucesos ya explicados. La pasividad de las autoridades ante la barbarie de
las turbas fue objeto del más indignado comentario de las personas honradas, que unánimemente hicieron recaer la máxima responsabilidad de lo
ocurrido sobre el capitán general de Castilla la Nueva, superintendente
general de policía, Martínez de San Martín, cuya conducta fue por algunos
estimada como efecto de su inteligencia con los corifeos de la revolución.”
Rasgo muy característico de aquella época en que andaban mezclados
el crimen, el romanticismo y la travesura ingeniosa, es la conspiración de
Aviraneta. Trataba de restablecer la constitución de 1812; fue descubierto,
y fueron sometidos a proceso todos los conspiradores. Se les acusaba de
conspiración; pero el jefe, Eugenio Aviraneta, logró que uno por uno, todos
los reos, menos él, fuesen declarados inocentes, y cuando quedó él como
único acusado, formuló la tesis (que prosperó, por lo que fue absuelto) de
que una conspiración reducida a un solo individuo no puede ser
conspiración. Este espíritu abogadesco, en el centro de la trágica empresa
en que se jugaba con la muerte; este drama romántico y picaresco, es la
substancia espiritual de aquella época de la historia de España.
Comenzaron las Cortes. A poco, el elemento progresista predominaba
y obtenía reformas como la libertad de imprenta, la igualdad de todos los
ciudadanos ante la ley, la inviolabilidad del derecho de propiedad, la
admisibilidad de todos los españoles a los empleos públicos, la
responsabilidad ministerial y otras.
En Portugal había planteada una cuestión análoga a la española,
porque el infante Don Miguel se creía con derecho al trono que ocupaba
Doña María de la Gloria. Por acuerdo internacional, se ejerció sobre aquél,
lo mismo que sobre Don Carlos, coacción bastante para que Don Miguel
renunciase a sus derechos a cambio de una renta anual de treinta mil libras
esterlinas; pero insuficiente para conseguir lo mismo del pretendiente
45

español, que se negó a transigir y marchó a Inglaterra, de donde se fugó el
1.º de julio para venir a España (Estamos en 1834).
En los campos de la guerra civil española, el general cristino
Sarsfield es sustituido por Valdés, a quien sucede Quesada. Triunfos y
derrotas. La terminación de la guerra se veía muy lejana y difícil.
“Percatado Quesada —dice Zabala— de tan desconsoladora realidad,
quiso obtener por el rigor en los castigos lo que no le era dable alcanzar en
las operaciones, y como a tal conducta correspondiera el general carlista
con el uso de las represalias, comenzó la guerra a revestir caracteres de
inaudita ferocidad, propia tan sólo de pueblos salvajes.”
Tras de Quesada fue nombrado Rodil. Don Carlos había llegado ya a
España, con lo que sus partidarios adquirieron nuevos alientos, aunque el
Gobierno se limitó a reconocer que en el campo faccioso había un faccioso
más. Tampoco pudo Quesada dominar a los rebeldes, y fue destituido. Se
nombró a Osma para las Vascongadas y a Espoz y Mina para Navarra. En
abril de 1835, el Ministro de la Guerra, general Valdés, se puso al frente de
las tropas. Ya entonces era Cabrera jefe de las fuerzas carlistas de la parte
oriental.
En junio los carlistas ponen sitio a Bilbao y muere Zumalacárregui.
El jefe supremo carlista, González Moreno, es sustituido por el conde de
Casa Eguía. Siguen los triunfos y las derrotas de los dos bandos.
Formó Gobierno en junio de 1835 el conde de Toreno, que para
calmar a los más avanzados decretó la extinción de la Compañía de Jesús
en España y suprimió todos los monasterios y conventos que no tuviesen
cierto número de individuos; pero siguieron los atentados del pueblo
contra los religiosos. Uno de los lugares en que más se señaló este espíritu
fue Barcelona. Don Pedro Nolasco Bassa (general encargado de
restablecer el orden) fue muerto y arrastrado por las calles. Se nombró una
Junta que pidió a la Reina la convocación de Cortes Constituyentes.
En septiembre se encarga del gobierno Mendizábal, que se propuso
calmar a los revolucionarios con medidas que poco a poco fueron haciendo
que las Juntas revolucionarias se sometiesen. Disolvió las Cortes en enero
del 36, y, libre ya, comenzó la desarticulación eclesiástica. Fueron
suprimidos los monasterios y conventos de varones y los de monjas que
tuviesen menos de veinte religiosas. Se prohibió la admisión de novicias y
que en una misma población hubiese dos conventos de la misma Orden.
En mayo de 1836, gobierno de Istúriz; disolución de Cortes. Multitud
de motines y vuelta de las Juntas revolucionarias. Motín de sargentos el 12
46

de agosto en La Granja; la Reina gobernadora decreta el restablecimiento
de la Constitución de Cádiz. Asesinato del general Quesada.
Nuevas Cortes en 24 de octubre, para rectificar la Constitución del 12
o hacer una nueva. Narváez es puesto al frente de las divisiones de Alaix y
Rivero para perseguir a los carlistas de Castilla, Andalucía y Extremadura;
obtiene un triunfo en Majaceite; pero la división de Alaix se le subleva en
Cabra. Es que dentro del ejército cristino había (¿cómo no?) dos grupos:
los partidarios de Narváez y los de Espartero.
Se promulgó la Constitución de 1837, que era como una transacción,
es decir, otra transacción, que también fue inútil.
A la caída del Ministerio Caravaca (17 agosto) le fue ofrecida la
Presidencia al general Espartero, conde de Luchana, el hombre más
censurado por Balmes de todos los políticos de su tiempo. Éste no aceptó,
y formó gobierno Bardaxí.
Sigue la guerra en grandes concentraciones y en pequeñas partidas.
Después de un período de humanización de la lucha, se vuelve a la
violencia. “So pretexto —continúa Zabala— de que el alcalde de
Valdealgorfa había detenido una comunicación dirigida al cabecilla Anón
por Cabrera, éste hizo fusilar a aquella autoridad, y como sufriera igual
triste suerte el alcalde de Torrecilla y corrieran rumores de estarse
fraguando un complot absolutista para entregar el fuerte de Tortosa a los
rebeldes, el brigadier Nogueras se dirigió a Mina para poner en su conocimiento aquellas novedades y para rogarle que, por vía de ejemplo,
mandase fusilar a la madre de Cabrera y prender a los hermanos y
hermanas de éste a fin de que sufrieran igual pena si persistía el aludido
cabecilla en asesinar inocentes. Mina dio entonces al gobernador de
Tortosa instrucciones “para que —según textualmente decía— llenara y
cumpliera tan justos deseos” y, en su consecuencia, María Griñó, madre de
Cabrera, fue bárbaramente fusilada (16 de febrero de 1836). Loco de furor
el jefe realista, hizo pasar por las armas a la esposa del coronel Pontiveros
y a tres señoras más, y a su vez. Nogueras prometió sacrificar a las
hermanas de Cabrera y a las mujeres, padres, madres y hermanos que tenía
presos de otros cabecillas. Un grito de universal reprobación suscitó
aquella serie monstruosa de represalias. Nogueras fue separado del mando
de la provincia de Teruel, y las terribles amenazas que formulara no se
cumplieron”.
Es imposible citar aquí ni siquiera los episodios más importantes. Lo
esencial es saber que, entre fecha y fecha, seguía la guerra por casi todo el
47

territorio español, y que tan pronto ganaban territorio los unos como los
otros.
Durante algún tiempo mejoró la situación del bando del Gobierno con
la actuación del general Espartero, nombrado general Jefe; pero durante el
mando de éste llegó el pretendiente casi a las puertas de Madrid. Se dice
que ya entonces se insinuaba la idea de casar a Isabel II con el primogénito
de Don Carlos. Pero no se llegó a ningún arreglo.
Se brindó otra vez a Espartero la Presidencia, que tampoco aceptó.
En las Cortes ya se levantó el conde de Toreno a decir que las guerras
civiles nunca habían acabado por el exterminio de un bando, y que si cabía
una transacción y un perdón en la guerra española, se debían intentar para
salvar el trono de Isabel II y la causa de la libertad. El Gobierno pidió
auxilio a Francia, que le fue negado.
Narváez tenía el mando del ejército de reserva que había de ser
completado conforme al Decreto de 23 de octubre. Espartero dirigió una
exposición a la Reina en la que denunciaba la posibilidad de que Narváez
aspirase a la dictadura. Como consecuencia de ello, fue derogado el
Decreto, y contra este poder fuera de la ley ejercido por Espartero se
sublevaron los generales Córdoba y Narváez, que fueron procesados y
huyeron.
Se suspenden las sesiones de Cortes en marzo de 1839 para poder
actuar el Gobierno con más libertad en la liquidación de la guerra civil.
Tanto en un bando como en otro había los dos clásicos grupos de
avanzados y retrógrados. En Burdeos estaba refugiado don Rafael Maroto,
que fue llamado por Don Carlos y que en seguida fusiló a los jefes
intransigentes, llamados apostólicos, que tramaban una sublevación contra
él. Después de una temporada de intrigas se trató de un convenio entre
ambas fuerzas. Maroto pidió la intervención de Francia, y ésta exigió que
Don Carlos renunciara al trono, que Doña María Cristina y aquél saliesen
de España y que Doña Isabel se casase con el primogénito del
pretendiente. Inglaterra se opuso al matrimonio. Al fin, se firmó el
convenio, que por el lado liberal llevó la firma de Espartero; pero por el
carlista no fue materialmente firmado por Maroto y sí protestado por Don
Carlos y por Cabrera. Don Carlos marchó a Francia cuando se vio
abandonado, y Cabrera continuó como pudo la guerra, que oficialmente
había terminado con el célebre abrazo de Vergara, “la más provechosa de
todas las traiciones para la humanidad; pero traición al fin”, según don
Luis de Córdoba.
48

Disueltas las Cortes en noviembre, se reunieron de nuevo en febrero
de 1840. Pero antes Espartero, que no estaba conforme con la disolución,
hizo que un secretario suyo, militar también, enviase un comunicado a un
periódico en que se mostraba opuesto a la disolución. El Ministerio
dimitió, al verse frente a Espartero; pero no le fue admitida la renuncia; se
realizaron las elecciones y triunfó el partido moderado.
Espartero, nombrado jefe superior de las fuerzas de Cataluña, logró
dominar a los carlistas que no se habían conformado con el arreglo' y que
aun luchaban por los campos catalanes.
La Reina regente decidió llevar a sus hijas a Barcelona, para que se
sometiesen a una cura de aguas, contra la opinión del Gobierno, que
miraba con malos ojos aquella aproximación a Espartero. Efectivamente,
en cuanto éste habló con la reina se ofreció a formar Ministerio y poco
después se apoderaba de Berga, último punto de la resistencia carlista, tras
de lo cual, Cabrera huyó a Francia, terminándose con ello prácticamente la
guerra civil.
Espartero era opuesto a la aprobación de la ley de Ayuntamientos
votada por las Cortes, a pesar de lo cual la Reina la firmó. Los amigos de
aquél produjeron entonces un motín el 18 de julio, que produjo una crisis y
una manifestación de contraprotesta. Al fin, y después de nuevas
alteraciones del orden público y coacciones más o menos descubiertas del
duque de la Victoria, la Reina tuvo que nombrar a éste Presidente del Consejo de Ministros, el cual formó gobierno conforme a las indicaciones de
las Juntas, que nuevamente se habían constituido. Ante el programa tan
avanzado que formuló el nuevo Gobierno, la Reina decidió renunciar a la
Regencia y salir de España, como lo hizo después de haber disuelto las
Cortes y nombrar a don Manuel José Quintana ayo de la Reina y de su
hermana la infanta Luisa Fernanda.
Reunidas nuevas Cortes, con mayoría progresista, se votó la cuestión
de la Regencia, y en resolución, se acordó que fuese ésta desempeñada por
una sola persona; y los representantes del Congreso y del Senado eligieron
para el cargo, por mayoría de votos, al general Espartero, quien tomó
posesión solemnemente el 10 de mayo de 1841.

49

Capítulo VII
BARCELONA

Un hecho ocurrió que no dejó huella aparente en los escritos de
Balmes, pero que la dejó perenne en su alma. La muerte de su madre —26
de mayo de 1839—, aquella mujer silenciosa y disciplinada que de
pequeño lo llevaba a la iglesia de los PP. dominicos, y que a la hora de la
muerte le predijo que el mundo hablaría mucho de él. “Teresa Urpiá —
dice A. de Blanche-Raffin, amigo y biógrafo de Balmes— se distinguía por
su carácter enérgico, que aplicaba sin descanso a la educación de sus
hijos... Todas las mañanas, siguiendo el uso del pueblo español, oía misa
en la iglesia de Santo Domingo. Antes de dejar la iglesia se prosternaba
delante del altar de Santo Tomás de Aquino, patrono de los estudiantes, y
le suplicaba que inspirase a su hijo la ciencia y la santidad.”
Y, a pesar de su carácter rígido y seco, dejó eterna memoria en el
corazón de su hijo, que hablaba de ella con mucha frecuencia y siempre
“con respeto, ternura y entusiasmo”, según García de los Santos. Huella
escrita no dejó más que la siguiente (en una carta dirigida a don Juan Roca
en 22 de julio de 1839”: “Bien se le alcanza a usted que el infausto
acontecimiento que tan impensadamente vino a cubrir de luto nuestra
familia debió distraerme por muchos días; pero como en este linaje de
pesares no hay más que dar el debido desahogo a la naturaleza, consolarse
con los pensamientos religiosos y volver después al curso de las ordinarias
ocupaciones, ha sido preciso hacerlo así, y hasta diré que este desgraciado
suceso ha dado ocasión hasta cierto punto a la idea que usted tal vez
extrañará, y es la siguiente.” La idea a que se refería era trasladarse a
Barcelona con la familia.

50

“Durante la guerra civil —sigue la autobiografía— no me mezclé
jamás en nada que tuviese relación con la política. Mis obligaciones, la
biblioteca y mi casa; sin más distracción que un rato de paseo, que daba, o
solo, o en compañía de un amigo, que por lo común solía ser alguno de
mis discípulos. En abril de 1840 publiqué las Observaciones sociales,
políticas y económicas sobre los bienes del clero. La impresión se hizo con
tacto, y a pesar de la oscuridad del punto de publicación y del autor,
hablaron de este escrito muy favorablemente los periódicos de Madrid de
todos los colores, incluso La Gaceta. En la Revista de Madrid se publicó
también un artículo muy favorable, cuyas iniciales me dijeron que eran del
señor Pidal, actual ministro de la Gobernación. No sé si es verdad, refiero
lo que oí entonces.
”Alentado con un éxito para mí muy inesperado, continué trabajando
en El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con
la civilización europea. Escritos los primeros cuadernos, los enseñé al
mencionado canónigo magistral de Vich, quien después de haberlos leído,
me instó encarecidamente para que concluyese y publicase la obra,
anunciándome con toda seguridad un éxito de que entonces yo dudaba y
que después me ha confirmado la experiencia.
”En el momento de terminar la guerra civil me fui a Barcelona, donde
en medio de las revueltas de que era teatro aquella capital, y en los mismos
días en que era asesinado y arrastrado un joven que llevaba mi apellido (2).
”Muchos que ahora la echan de valientes no se hubieran atrevido
seguramente, y menos en Barcelona, a publicar semejante escrito, en que
condenaba terminantemente la revolución y en que manifestaba
francamente mi opinión sobre todas las materias. encerrando allí en pocas
palabras toda la substancia de lo que después he desenvuelto en El
Pensamiento de la Nación. No tenía ninguna defensa; y hasta mi estado
podía prevenir contra mi persona: publiqué, sin embargo, el escrito, no
obstante los consejos y hasta los ruegos de las personas que más me
querían. Todos sabemos lo que sucedió entonces: con algunas excepciones
honrosas, los comprometidos huyeron cada cual por su lado. Bien
atestiguado está en el manifiesto de la reina Cristina en Marsella, donde se
lamenta del abandono en que se la dejó. Yo no defendí a la reina Cristina,
porque me ocupo muy poco de las personas; pero defendí los buenos
principios religiosos y monárquicos; defendí la necesidad de que fuese
2

Era un abogado de Barcelona, que fue muerto por derechista (como decimos
hoy), y que se llamaba Balmes; pero no consta que fuese pariente de Jaime.
51

regente una persona real, no obstante de que se veían bien claras las
tendencias de la revolución y la ambición de Espartero; y hablé con toda
libertad en favor de los carlistas, haciendo justicia a sus convicciones y a
sus intenciones; y asegurando ya entonces lo que sostengo ahora, que no
era posible consolidar el sistema político hasta que se hiciese entrar a ese
gran partido como un elemento de gobierno: y los carlistas acababan de
sucumbir y la revolución estaba pujante. Quien de tal modo se conduce
¿será un hombre sin principios?
”Impreso el citado opúsculo, me volví a Vich, continuando en la
enseñanza de matemáticas hasta mediados de 1841. Entonces me fui a
Barcelona para comenzar la impresión de El Protestantismo, al mismo
tiempo que escribía en La Civilización, revista quincenal. A fines de abril
de 1842 pasé a París para revisar la traducción de la misma obra en
francés. Hice entre tanto un viaje a Londres, y regresé a España a
principios de octubre del mismo año. Llegado a Madrid me persiguió la
calumnia, indicándome como complicado en no sé qué planes
carlocristinos, a causa de ciertas relaciones que se me suponían en París
con varios personajes, especialmente con el Sr. Martínez de la Rosa, con
quien no había tenido otras que las que naturalmente tiene un viajero con
los emigrados ilustres. El gobierno de aquella época tuvo acusaciones
fuertes contra mí, pero debo decir en honor de la verdad que nadie me
atropelló, que nadie me incomodó siquiera; y que, habiéndome dirigido al
señor jefe político quejándome de alguna importunidad en un asunto del
pasaporte, y exponiéndole lo que había oído que algunos decían, me
aseguró toda su protección, me ofreció reprender al que me había importunado, lo que habría hecho si yo no me hubiera negado a indicarle quién
había sido el importuno: y me añadió que podía permanecer en Madrid
todo el tiempo que quisiese, lo que no acepté porque estaba resuelto a irme
pronto a Barcelona, adonde llegué a fines de octubre. Este caballero, a
quien no había visto nunca, ni he vuelto a ver, era, si mal no me acuerdo, el
Sr. Escalante. Tengo satisfacción particular en tributar esta justicia a un adversario político.
”A poco tiempo de haber regresado a Barcelona, se reprodujeron las
mismas acusaciones; pero el gobierno, debidamente informado, se abstuvo
también de molestarme, y cuando al plantear La Sociedad se le denunció la
fundación de esta revista como un proyecto político de intenciones
subversivas, tomados nuevos informes, me dejó tranquilo, sin
incomodarme en nada, guardándome siempre la consideración de que vio
que me hacía digno mi inocencia. Mi conducta pacífica en los sucesos de
52

1843, y el haberme ceñido a escribir, pudieron confirmar a los gobernantes
de aquella época en la convicción de que no era yo hombre que dijese una
cosa y ejecutase otra.”
El decoro de Balmes, por cierto exagerado, le impidió dar más
importancia a esta época de su vida. Quien sólo la autobiografía conociese,
no podría sospechar la intensidad y menos lo dramático de la misma.
Hablemos primero, ligeramente, de sus publicaciones correspondientes a este período.
Ya en 10 de marzo de 1838 había publicado su primera poesía,
titulada La Lira, en el periódico de Barcelona La Paz. Después publicó
otras varias, una de las cuales fue reproducida por un periódico de
América. Ya hablaremos de esto, porque la consideración de Balmes como
poeta ha de hacerse aparte.
En el periódico de Madrid El Madrileño Católico, se publicó, en
mayo de 1839, una memoria de Balmes sobre El celibato del Clero, que
había, sido premiada en un concurso organizado por aquella revista.
En abril de 1840, publica en Vich sus Observaciones1 sociales,
políticas y económicas sobre los bienes del Clero.
También en Vich y en el mismo año apareció su traducción castellana
de las Máximas de San Francisco de Sales.
En el mes de agosto de 1840, en Barcelona, Consideraciones
políticas sobre la situación de España.
Comenzó, en Barcelona, y en 1.® de agosto de 1841, la revista La
Civilización, en unión de Joaquín Roca y Cornet y José Ferrer y Subirana.
Publicó en noviembre del mismo año y en la misma capital, La
Religión demostrada al alcance de los niños.
1842: opúsculo Conversa de un pagés de la montanya sobre lo Papa
El 11 de febrero de 1842 leyó en la Academia de Buenas Letras de
Barcelona su discurso de ingreso, titulado De la Originalidad.
En 14 de abril de 1842 aparece el primer tomo de El Protestantismo
comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la civilización
Europea.
En junio y julio del mismo año contrata Balmes en París y Londres la
traducción de El Protestantismo al francés y al inglés.
El día 1.º de marzo de 1843 publica en Barcelona el primer número
del periódico La Sociedad.
53

Esta es la actividad intelectual de Balmes durante el período que
ahora narramos y que alcanza hasta el momento de su huida de Barcelona
y refugio en el Prat de Dalt. Se puede decir que esta actividad intelectual
fue casi la única suya durante este tiempo.
No vamos a hacer análisis de sus obras: 1.º, porque el que esto
escribe no tiene autoridad, ni preparación ni destreza para ello; y 2.º,
porque este libro es una biografía. Además, no querríamos exponernos a
las censuras que se dirigieron a García de los Santos, porque, en la
biografía, analizó y extractó algunas obras de Balmes.
Nosotros consideraremos sus obras y la publicación de éstas
únicamente como hechos de influencia en su vida y como signos de su
carácter.
Y como la primera poesía que publicó es muy significativa, por su
fondo, por su composición y por su estilo, la vamos a copiar entera:
LA LIRA
Encantadora lira,
don sublime que atónito el humano
en sus manos admira
cual presente del Numen soberano:
De celeste armonía
bella imagen; recuerdo de ventura,
que en almo Edén un día
disfrutara la humana criatura:
Que es más grato el acento
en tus cuerdas mecido dulcemente,
que embalsamado viento
respirado en las playas del Oriente:
Al pecho dolorido
ablandas la dureza del quebranto,
tu mágico sonido
le rocía con bálsamo de llanto:
Al tenebroso velo
de la muerte, tú encubres sus horrores,
y sus manos de hielo
tal vez ornas con cintas y con flores:
Al hombre ese consuelo
diera el Numen en hora afortunada,
que recordarle el cielo
54

pudiera en esta vida desolada.
I
Que si la lira no oyera
fuera el hombre flor en era
que el seco polvo cubrió:
fuera una planta cárdena
nacida en desierta arena
do la lluvia no cayó.
¿Le sonríe la esperanza
o hechicera bienandanza
orla de rosas su sien?
¿Disipada la tristura
sólo recuerda ventura
que disfrutara en Edén?
Ella resuena canora
como avecilla en la aurora
posada sobre una flor;
con caprichos peregrinos
exhala suaves trinos
junto al nido de su amor:
Y es más grato el son de lira
cuando de dicha suspira
que aura leve del abril;
rizando del mar la frente
reflejando blandamente
las alas en el mástil.
Más grata que los cantares
del marinero en los mares
en pos de la tempestad:
que ver la flexible palma
mecerse en plácida calma
en desierta soledad.
II
¿Baña el hombre su faz mustia
con el llanto de la angustia?
Ella llora el crudo afán.
¿Sin sentir siquiera amago
55

le cubriera golpe aciago
la cabeza de arrayán?
Ella canta el dolor, y es en su pena
más suave que cándida azucena
sobre el tallo inclinada con dulzor;
su acento pesaroso, su ay sentido
semeja melancólico plañido
de una virgen llorosa de dolor.
En la tumba con lágrimas regada
que vertiera la esposa desolada
sin alivio a sus cuitas encontrar,
ella gime con mágicos lamentos
repitiendo en sus lúgubres acentos
los ayes congojosos del penar.
Ella inspira al amigo generoso
que medita anublado y silencioso
de sepulcros en yerta soledad;
ella enjuga sus lágrimas de duelo
derramando balsámico consuelo
con sombríos recuerdos de amistad.
Y ceñida del poeta la cabeza
con ramas de cipreses y arrayanes
en plácida tristeza
sólo canta del hombre los afanes:
¡Ah! las penas del alma
más compasiva calma
blanda melancolía
que falaz alegría:
que es más grata y más bella
una pálida estrella
en la noche sombría,
que la ardiente centella
que rápida surcando
la bóveda de inmenso firmamento,
mil chispas en su huella
va por doquier lanzando:
y pasado el instante en que fulgura
aún deja la noche más oscura.
56

III
¿Veis esas praderas rojas
que, si leve viento agita
la copa mustia y marchita,
con facilidad sus hojas
a grandes copos le quita?
¿Y el río, pausado y lento
que fluye por valle oscuro,
ora negro y ceniciento,
ora azul y amarillento
cual pared de viejo muro?
Esa soledad tan fría,
que el mundo llamara hielo,
es al poeta una armonía:
belleza que se cubría
con un misterioso velo:
Su pecho se saborea
y en tristura se derrama:
como un arbusto que ondea
en soledad que no crea
ni hierba, ni flor, ni grama.
Que si natura avarienta
de jazmín y de alhelí
sus bellezas no presenta,
entonces el poeta ostenta
las que él mismo lleva en sí.
IV
Negras las sombras ya crecen,
el sol deja el horizonte,
negros los bosques parecen
y con murmullo se mecen
en las vertientes del monte:
En la iglesia solitaria
suena lúgubre campana,
que en memoria funeraria
ya convida a la plegaria para el día de mañana.
57

Abismado en profundo pensamiento,
vaga, incierto y tardío,
por la orilla del murmullante río;
y en hora silenciosa
se place en el lamento
del pavoroso viento
que el árbol mece de la selva umbrosa:
meditando en sombrío cementerio
articula palabras de misterio:
besa la cruz musgosa,
y le reza plegaria fervorosa;
al rayo de la luna
que refleja en la lúgubre laguna.
Entre sombras fantásticas nocturnas
que en hilera desfila solo vaga,
oyendo voz fatídica y aciaga
que murmuran los muertos en sus urnas:
y su lira es el eco de un lamento,
es un son melancólico que zumba,
cual misterioso y ahogado aliento
que se escapa del hueco de una tumba.
Cubierto con un manto tenebroso,
se aparece a los míseros mortales,
y el florido vergel, el prado hermoso
se cubren con cipreses funerales:
Su cantar melancólico y robusto
no parece voz lúgubre de poeta
oráculo es sublime, son augusto
que despide la lira de un profeta.
¡Porvenir! ¡Porvenir! ¡Eternidad!
Cual truena subterráneo bramido,
o retumba el horrísono ruido
cuando muge lejana tempestad.
¡Veis! ¿No veis cuál escuchan aterrados
los hombres los secretos del averno,
del orbe los destinos... y humillados
se postran a las plantas del Eterno?
58

Como en hora terrible y fragorosa
en que el globo al incendio sucumba,
del ángel la trompeta terrorosa
levantando los muertos de la tumba
Y con alzada frente
se arroja de repente
a recoger el vasto firmamento:
y entre mundos sin cuento
admira la grandeza omnipotente,
y su alma sumergida
en piélagos de luz desconocida,
en forma variada y esplendente,
ve pasar por su mente
otro ser, otros mundos, otra vida.
¡Ah! ¡Si me diera el cielo
seguir en alto vuelo
ese mortal sublime y misterioso
que se eleva grandioso
sobre cuanto pisamos en el suelo!
X
¡Baldón! Baldón al poeta que en su canto
mirando con desprecio o con desvío
del hombre el alto fin, destino santo
con alevoso encanto
le guía por senderos de extravío.
Que un destello celeste no le diera
para canto culpable ni mezquino
el Eterno: ni ya antes que naciera
en su pecho escondiera
ese fuego tan puro y peregrino.
Desde su tierna infancia
sea el poeta un concierto de armonía,
delicado matiz su fantasía
y su pecho un pomito de fragancia:
tierna flor que en el tallo lindo asoma
y ya exhala perfume del aroma.
59

En edad más lozana
sea puro el cantar de sus amores,
cual trinan inocentes ruiseñores
cuando raya la luz de la mañana;
como vuela pintada mariposa,
sin ajar las florestas en que posa
y con ardiente boca
a raudales exhala viva llama,
sea fuego purísimo que inflama
sin trocar en pavesas lo que toca;
que el sol arde, ilumina, fecundiza;
mas no cubre los campos de ceniza.
El lector perdonará que hayamos copiado entera tan larga poesía. Más
adelante nos ha de hacer falta, y hemos de tenerla presente.
¡be publicaba en Madrid el periódico El Madrileño Católico —
dirigido por don Inocencio Riesco Le Grand—, el cual abrió un concurso
para premiar la mejor memoria que se presentase sobre el celibato del
Clero. Acudió Balmes, y su memoria resultó premiada. Ahora, que el
premio no era más que el honor de publicar la memoria en el mismo
periódico. El director le invito a que tomase parte en otro concurso sobre la
conveniencia de fundar una sociedad católica para la publicación de libros.
A este segundo certamen no concurrió Balmes.
Para otros fines quiso éste aprovechar aquel periódico; pero ¡ay! que
no era su vocación la poesía, y Riesco, con mucha delicadeza, se negó a
publicarle versos. Volveremos sobre este punto.
Ya hemos dicho que en abril de 1840 publicó, en Vich, unas
Observaciones sociales, políticas y económicas sobre los bienes del Clero.
“No sé si sería del gusto del público; lo que puedo decirte es que el
aspecto bajo que miro esos bienes es algo original, y que, según me parece,
en nada se asemeja a algunas otras producciones de esa clase: todo es con
respecto a la civilización.”
Transpira aquí la obsesión de Balmes por la originalidad, de la que
pronto encontraremos más huellas.
Puede decirse que este trabajo fue el primer éxito resonante de
Balmes. Sin duda, además de otros méritos, tuvo el de la oportunidad. El
tema se discutía entonces en el Parlamento, y Martínez de la Rosa dio
lectura del escrito al Duque de Gor, Conde de Toreno, Pidal y otros
diputados, elogiándolo con entusiasmo. La opinión de Martínez de la Rosa
60

fue ésta: “Magnífico, ¡me ha gustado mucho!, no puede darse cosa mejor
para el objeto; hay novedad en las ideas, y tiene cierto sabor agradable.
Pero observo algún resabio, y algunas veces una a intercalada, y alguna
otra cosilla que será efecto tal vez de ser catalán el autor. Este novel
escritor es un eclesiástico muy digno y es preciso darle a conocer.”
¡Cómo gozaría Balmes al leer —en la carta de Ristol— que, según
Martínez de la Rosa, había novedad en sus ideas!
Seguía diciendo Ristol: “Al señor ministro de Gracia y Justicia le ha
gustado también en extremo; pero encuentra igualmente algún resabio y el
uso de algunos verbos no muy propios, y sobre todo el de la a, que suena
muy mal. El mismo defecto le han notado otros señores. Como me tienes
tan encargado (y, aunque así no fuese, ya conoces mi carácter natural y
enemigo de adulaciones) que sea franco y te diga la verdad pura y neta,
porque, como dices muy bien, el engaño en estas materias es una especie
de traición, cumplo tu encargo y me parece que no te quejarás de falta de
sinceridad. Te doy el más tierno parabién y me lo doy también a mí
mismo, porque ya recordarás que te pronostiqué tiempo ha que tú debías
ser escritor público.”
Este hecho, dada la categoría que entre los hombres célebres tiene
Balmes, no se podría llamar hoy triunfo; pero entonces lo fue, y grande,
porque Balmes no era más que un curita desconocido y opositor fracasado
y metido en su pueblo, en esa época de la vida en que todavía no hemos
emprendido nuestra carrera y la neurastenia nos ronda y nos hace una
visita todas las mañanas al despertar.
Fue un acierto completo el trabajo, como se ha visto, acierto debido a
la maravillosa coincidencia que en la mente de Balmes se daba entre la
altura filosófica, la cultural y el sentido de la realidad. Su amigo y biógrafo
Antonio Soler escribe: “...tampoco perdió de vista jamás los hechos: decía
que éstos gobiernan al mundo con mucha frecuencia mientras que en él se
prescinde sobradamente de las leyes y de la justicia”.
A propósito de las Observaciones de que venimos hablando, le
escribía otro amigo: “...lo digo con la convicción más profunda y con la fe
más viva, considero a usted como un genio suscitado por la Providencia
para ser el restaurador de la gloria de las letras del país. Esto seguramente
le parecerá a usted exagerado y como un grito producido por un exceso de
benevolencia hacia usted. No, mi amigo, no, porque poco menos que esto
han dicho de este precioso tratadito unos amigos íntimos, los señores de
Bardají, Conde de Toreno, Marqués de Viluma y don Ramón La Sagra”.
61

Considerad cuánto aliento recibiría Balmes al ver el sorprendente
resultado de esta su primera salida por los campos de la política.
Las tachas que a sus escritos pusieron varias personas y que a él
llegaron por conducto de Ristol, no le produjeron ningún malestar. Ya
veremos más adelante que las únicas censuras que le molestaban eran las
hechas contra sus poesías.
También en Vich y en 1840 publicó una traducción castellana de las
Máximas de San Francisco de Sales. Sin fundamento se le atribuyó una
traducción catalana de las mismas.
Publicó el trabajo a instancia de don Jaime Soler, canónigo de Vich
en la plaza que Balmes intentó ocupar. Parece que este mismo contrincante
se encargó de la distribución de los ejemplares. Por donde se ve claramente
que era verdad lo que afirmaba Balmes en su Vindicación personal sobre
las buenas relaciones que conservó con su vencedor.
¿Recordáis aquellas conferencias del obispo Corcuera que “lo explicó
todo por San Francisco de Sales y aconsejó mucho su estudio”? Mirad
cómo Balmes recogió la semilla de admiración que había lanzado su
protector.
La mejor información que podemos dar sobre la traducción de Las
Máximas entresacadas de las obras de San Francisco de Sales es la copia
del “prólogo del traductor español”. Lo copiamos entero porque es muy
breve y porque es una buena muestra del estilo literario de la época,
contagiado, aun en Balmes, del modo de componer francés, que consiste
en dejar para el final de la gran parrafada la oración que es la clave de
todas las demás, y que debía ponerse al principio para ahorrar al lector la
molestia de tener que repasar todo el párrafo si quiere enterarse bien del
sentido de todas sus frases, una vez que va sabe a dónde se encaminan
éstas.
Dice así: “Penetrar en los más secretos escondrijos del corazón,
desenvolver sus más apañados pliegues, sacar a luz todos sus defectos,
desvanecer todas sus excusas, salirle al paso en todos sus rodeos, advertirle
todos sus deslices, no perdonarle nada, no disimularle nada, y, sin
embargo, no ofenderle, no fastidiarle, no esquivarle, son cosas, por cierto,
difíciles de ejecutar: tal hace, empero, San Francisco de Sales.
Hermanando la austeridad de la moral con la dulzura más embelesante,
cubriendo la aspereza del camino del cielo con las flores del divino amor,
arrastra dulcemente las almas por el sendero de la perfección; y hechizadas
por la palabra angelical de aquel hombre, cuyo pecho está lleno del
62

espíritu de Dios, cuyos labios destilan la unción del Hijo de María, parece
que nada encuentra áspero, nada difícil, nada que no sea muy llano y
hacedero. ¿Quién no ha saboreado algunos ratos de la lectura de sus
escritos encantadores? ¿Quién no ha buscado en ellos el consuelo en los
infortunios, la fortaleza en las tentaciones, la calma en las inquietudes, la
luz en las tinieblas?
”Pero como no todos tienen a la mano sus obras, ni siempre habrá
bastante tino para acertar en la lectura de sus trozos más jugosos, fue por
cierto muy feliz y loable pensamiento el de entresacar de ellas una porción
de máximas que, distribuidas para todos los días del año, ofrecieran en
breves sentencias los recuerdos de las verdades eternas, las lecciones de la
moral evangélica y los consejos de la más juiciosa prudencia: esta fue la
idea del sacerdote francés cuyos trabajos presentamos traducidos al idioma
español. No dudamos que aquí hallarán leche los flacos y alimento los
fuertes; y que se acomodará al gusto de toda clase de personas piadosas,
porque lo elevado de los conceptos ofrecerá a los entendimientos más
claros abundante pábulo de meditaciones, la llaneza de la expresión lo
pondrá al alcance de las almas más sencillas, y hasta en aquéllas de gusto
más fino y de corazón más tierno excitará muy vivo interés la gracia y
delicadeza de muchos pensamientos.”
Todavía en 1840 publica en Barcelona otra obrita: Consideraciones
políticas sobre la situación de España. Daremos un pequeño extracto de
ella, porque parece como que en la misma echa las bases de su futura
intervención en la política. Así, sin entrar en apreciaciones, tomaremos
como el hilo de su obra en cuanto luego pudo ser el hilo de su vida.
Para el lector que sólo conozca a Balmes por las referencias
corrientes, será una sorpresa encontrarlo tan preparado en materia política.
En un rincón cualquiera del mundo, un buen corazón, una buena
inteligencia y varias horas diarias de meditación ilustran más sobre
cuestiones políticas a un hombre que la actuación intensa en la
gobernación del Estado.
El convencimiento que entonces adquirió Balmes sobre las
necesidades políticas de España, fue el que tuvo durante toda su vida.
Puede decirse que su actuación política no fue más que un constante
insistir. Él mismo dice en otra parte que la convicción profunda suele ser
confundida con la testarudez. No era testarudez la suya. Para deshacer un
convencimiento tan sincero y tan meditado como el suyo sería preciso un
contendiente que hubiese meditado tanto como él y con su misma
limpieza.
63

Él mismo lo dice en el prólogo: “...hubiera sucumbido al desaliento a
no reflexionar que mi escrito tenía un mérito que nunca deja de producir
buen efecto, porque ejerce poderoso ascendiente sobre el entendimiento y
el corazón: este mérito consiste en ser la sencilla expresión de
convicciones profundas, el eco fiel de sentimientos generosos y puros”.
Cada adjetivo tiene su peso: sencilla expresión: convicciones
profundas; sentimientos generosos y puros. Así era este estudio, como
todo lo suyo: sencillo, profundo, generoso, puro.
“Si la sociedad española no ha de perecer, su reorganización es una
necesidad. A la vista de la espaciosa arena que van a presentar las
delicadas y trascendentales cuestiones que deben resolverse cuanto antes,
están ya en maligno acecho las pasiones criminales, y para colmo de
infortunio... cuanto abriga de más abyecto y dañino la sociedad sobrenada
ahora. — La razón, de acuerdo con la experiencia, ha puesto fuera de duda
las grandes ventajas, mejor diremos, la necesidad de la sucesión hereditaria
en las monarquías; pero este sistema tiene un achaque gravísimo, las
minorías. Para sostener la ficción legal de que el trono está ocupado
cuando en rigor podría decirse que se halla vacante, influye la calidad de
las personas de que se echa mano para ejercer la regencia y las
instituciones que rodean el trono. Es importante que sea una persona sola,
y, si es posible, de regia estirpe. Una de las causas de que el trono de Isabel
no se haya hundido es que durante la guerra no ha cambiado nunca de manos la regencia.
”La debilidad del poder es la enfermedad radical de que adolecemos
tiempo ha. Hemos sufrido juntas las tres causas que debilitan el poder:
hemos tenido que sufrir a la vez una minoridad, una guerra de sucesión y
una revolución.
”Será muy difícil que sea fuerte un gobierno que esté sujeto con
sobrada frecuencia a modificaciones y mudanzas.
”Un estado tan complicado y espinoso como el actual de España es
siempre efecto de muchas causas de distintos órdenes. En España hay
revueltas, hay guerras civiles parecidas a las que ha habido en otros países;
en España se invocan los mismos nombres que se han invocado en otras
partes; pero ¿cuál es la causa de que con tales semejanzas coincidan tan
capitales diferencias en los resultados, burlando las previsiones que se fundan en las analogías?
”La influencia de la Revolución francesa debía sentirse también en
España; pero tal era el estado de las ideas y costumbres de la nación, que
64

no sólo no se había extendido a las masas el espíritu de novedad, pero en
ninguna clase había alcanzado a formar siquiera un partido que por sí sólo
pudiera ser temible. Llegó la invasión francesa. El pueblo español, solo,
sin rey, sin gobierno, sin caudillos, se levantó y arrojó a los invasores. Pero
un suceso de tal naturaleza y tamaño nunca pasa sin graves resultados para
el país en que se verifica: lo terrible del peligro, la sorpresa, la repentina
desaparición del rey y de todo gobierno, la consiguiente relajación de los
lazos sociales, el desorden y la confusión, los medios que debían
emplearse por los agentes del invasor, procurando la disolución para
facilitar la conquista; tantas causas reunidas creaban una excelente
oportunidad para que fermentase todo linaje de ideas y campeasen a su
talante variedad de proyectos. Y todos los elementos incompatibles con los
dominantes a la sazón en el país salieron de su estado de invisibilidad e
ineficacia. Se abrió en la prensa una cátedra de la escuela apellidada del
siglo XVIII; en la tribuna resonó un mezquino eco de los oradores de la
asamblea constituyente y salieron también a campaña los discípulos de
Port-Royal. En una nación monárquica, religiosa y severa se erigió en ley
fundamental una Constitución esencialmente democrática, se ofendió a la
Religión y se sustituyó a la sesuda gravedad de los consejos castellanos la
precipitación y el más desatentado desacuerdo; y todo esto de repente. Tan
singular concurso de circunstancias no se verificó en Francia ni en las
revoluciones de otros países; y este es el origen de tantas anormalidades
como se notan en nuestras prolongadas convulsiones.
”El principio que alimentaba la guerra a favor de Don Carlos tenía
profundas raíces en el país. La Causa de Don Carlos se hallaba ligada a un
principio que ha sobrevivido a los esfuerzos que más de treinta años ha se
están haciendo para extirparle. Los consejeros de Don Carlos han guiado
muy mal a este príncipe. En una causa que por sus principios, por sus
elementos, tenía a mano el medio más poderoso de victoria cual es la
unidad, se introdujo el cisma hasta que llegadas las cosas al extremo,
concibió Maroto el plan más osado que pudo caber en cabeza humana,
abrió la escena en Estella y la cerró en Vergara. Pero, como principio
moral y social, el principio político vive aún, es imposible sofocarlo y es
necesario respetarlo, haciéndolo entrar con justas modificaciones como un
elemento de gobierno. La guerra que acaba de terminar era profundamente
social y política.
”Tiempos y circunstancias hay en que las mismas instituciones guían
a los hombres; pero también hay tiempos y circunstancias en que los
hombres han de guiar a las institución^. Esto último se verifica después de
65

una revolución, porque entonces son las instituciones demasiado débiles, y,
desgraciadamente, nosotros nos encontramos en este caso. Los hombres de
Estado de España han de armonizarlo todo sin pasar por nuevos trastornos. Los hombres de hoy son tan insuficientes como las instituciones.
Al principio de nuestra revolución, es decir, durante la guerra de la
Independencia, a primera vista sólo había realistas y liberales; pero se
divisaban ya los gérmenes de nuevas divisiones. Y todos pretenden ser
fuertes; pero todos son flacos y se estremecen a la sola vista de sus
adversarios. Porque todos entrañan mucho de falso. Empecemos por los
revolucionarios: la revolución en España no tiene en su apoyo ni ideas ni
intereses, carece de motivo, de pretexto, porque privilegios e instituciones
y todo lo antiguo se ha echado por el suelo, las formas políticas son muy
amplias y populares, no hay una idea que no tenga su expresión libre, ni un
nuevo interés que no esté representado. Los que aun quieren innovaciones
se han agrupado bajo la bandera del progreso. Pero progresar es marchar
hacia la perfección. Y la perfección es unas veces la democracia y otras no.
”El partido moderado. Pronunciando sin cesar las palabras
moderación, oportunidad, tino y lentitud en las reformas, sin descuidar el
afianzamiento de la libertad, se halla persuadido de que posee la feliz
combinación de las dotes que se necesitan para gobernar bien en la
presente época. Pero han estado por lo común en una posición muy falsa.
No pueden desconocer que mientras su sistema lleve el sello, aunque
retocado, de una escuela muy aborrecida en España, no pueden encontrar
en la generalidad de la nación ni apoyo ni simpatías.
”Los hombres que han de gobernar la nación es menester que
respeten altamente los principios que ella respeta. El principio monárquico
y aun más el católico, han tenido por largo tiempo bajo su influencia a la
nación española, son como los dos polos en torno de los cuales debe girar
la nación española. El origen de nuestros males está en el muro de división
que se ha levantado entre la religión y la política.
”Hay una inmensa masa de ciudadanos que se abstienen de tomar
parte en los negocios públicos. Para que los hombres se reúnan es
menester un punto de reunión, una enseña que los guíe, un nombre que les
sirva de seña, una cabeza inteligente que plantee y dirija la organización, y
una mano robusta capaz de empuñar la bandera, de enarbolarla y de
marchar con resolución a su destino. Todo esto lo han tenido los partidos:
pero no la nación. Si no se consigue a fuerza de cordura y sabiduría
inspirar la confianza necesaria para que desaparezca ese indiferentismo, no
hay esperanza de ventura para esta desgraciada nación.
66

”Hay entre nosotros un elemento de bien que si se aprovecha cual
merece puede producirnos inmensas ventajas: la unidad religiosa. El mal
que aqueja a las sociedades modernas es la falta de trabazón, de enlace y el
no saber siquiera de qué echar mano para remediarlo.
”Fijados ya los puntos capitales, lo primero que debe hacer el
gobierno es salir cuanto antes sea posible del terreno de la política, y pasar
a ocuparse de otras materias, donde puedan realizarse mejoras positivas,
prácticas, que desciendan hasta aquella parte del pueblo que trabaja, paga,
sufre y calla.”
Quizás sea demasiado largo para la paciencia del lector este extracto;
pero lo hemos creído indispensable, y aun hemos prescindido de ideas
profundas y frases acertadas. (“Napoleón lo hacía todo a caballo, porque
era de aquellos monarcas que no se pueden apear.”)
Bien clara aparece la tendencia de Balmes hacia la unidad, que guió
todos sus pensamientos y todos sus esfuerzos. Por la división que en
Europa introdujo el protestantismo —nos dice en otra parte— la influencia
europea en América no ha sido lo que debía ser. Por las divisiones de
España, nuestra nación se hunde. Por las divisiones del partido carlista se
impuso Maroto: “no basta con hablar de la traición de éste: algo más tuvo
que haber”.
Hacía falta el hombre que los uniese a todos con trabazón lógica y
firme. ¿No era natural que él aspirase a serlo?
En 1.º de agosto de 1841 empezó a publicar en Barcelona La
Civilización, con Roca y Cornet y con Ferrer y Subirana. Joaquín Roca y
Cornet era natural de Barcelona, de poca más edad que Balmes. Había
estudiado en Cervera la carrera de Derecho. Venía publicando en la dicha
capital una revista titulada La Religión. José Ferrer y Subirana era más
joven que Balmes. Fue catedrático de Derecho en la Universidad de
Barcelona y destituido por la revolución de 1840.
Tres temas se anuncian como propios de la nueva revista: Dios, el
hombre, la sociedad. Roca se encarga del primer punto; Ferrer del último y
Balmes dei hombre.
Los propósitos de Balmes aparecen en carta escrita a Ferrer en 9 de
mayo de 1841. Como se verá, entonces pensaba únicamente en la
colaboración de éste; pero como se inclinaba a aprovechar algún otro
periódico que se viniese ya publicando, acabó por acogerse a Roca y a La
Religión.
67

“Por lo que toca al periódico, me parece que podría muy bien
realizarse la idea, y me alegro mucho de que usted mire la cosa con otros
ojos que no lo hacía el verano pasado... Si viniera el caso de unirnos para
el planteo de un periódico, sería menester que fuese cosa de llamar la
atención, emprendida con brío, sostenida con esfuerzo, tesón y, sobre todo,
dirigida con mucha inteligencia, con tino, con previsión. Usted es ya viejo
en estas materias, yo del todo inexperto; recibiría con mucho gusto los
consejos que en su experiencia me podría proporcionar, pero como amigo
me creo con libertad de recordarle que, aunque muy tolerante, soy, por otra
parte, algo rígido en materia de principios, y que en cosas en que ande mi
nombre me gusta proceder con miramiento y delicadeza. No es esto decir,
y usted sin duda no lo entenderá así, que quisiera yo dar al periódico un
sesgo mezquino y apocado; no, no; antes tendría el noble anhelo de
abordar de frente las más altas cuestiones religiosas, sociales, políticas,
económicas y literarias; desearía que el periódico no sirviese de embarazo
en ningún gabinete de lectura, y que pudiese alternar honrosamente con los
que se han granjeado alguna reputación. Que si así no fuese, no tomaría, a
buen seguro, yo parte en la redacción, o me retiraría después de haberla
tomado. Soy enemigo de apocamientos, no me gustan mezquindades;
cuando se acomete una empresa, desempeñarla bien; cuando no, dejarlo...
¿Cómo está la redacción de El Nacional? ¿Sería posible un convenio para
que este periódico se transformase, cambiando el nombre y la esencia, en
el que nosotros proyectamos?... porque cuando se cuenta con una herencia
regular es más fácil seguir adelante. Por lo que toca a otros colaboradores,
usted los conocerá mejor que yo, pero siempre sería de parecer que vale
más poco y bueno que mucho y malo. Usted y yo deberíamos en tal caso
ser el núcleo, andar siempre acordes, proceder con unidad de plan,
aclarando y resolviendo antes en discusión secreta y amistosa lo que
después deberíamos tratar con los otros.”
Como se ve, el filósofo no había matado al hombre práctico. Hasta en
las resoluciones menudas se conoce en seguida al hombre de meditación.
En esa revista trató Balmes toda clase de cuestiones, incluso las
políticas, en defensa clara de sus claros ideales. Y así, valientemente,
navegaba entre procesamientos y Juntas revolucionarias. Ello fue causa de
que más de una vez tuviera que ocultarse.
La revista se extendió considerablemente, y llegó a tener gran
autoridad. Un biógrafo extranjero contemporáneo de Balmes afirma que
La Civilización fue sin disputa una de las revistas más interesantes, no sólo
68

de la prensa religiosa, sino de toda la prensa española, y dice que era la
consejera más eficaz de la nación engañada por errores monstruosos.
“La Religión de Roca y Cornet —dice el P. Casanovas— había
traspasado la frontera; pero lo hizo con mucha más dignidad y prestigio La
Civilización. Las principales revistas apologéticas de Francia e Italia
mantenían cambio con ella, y hasta en los Estados Unidos tenía cierta
correspondencia gracias a un joven catalán que fundó en Nueva York un
periódico con el título de Noticioso de Ambos Mundos.
En noviembre del mismo año se publicó La Religión demostrada al
alcance de los niños. En otro lugar dice el mismo Balmes que los grandes
talentos no suelen ser aptos para escribir obras elementales. O la
afirmación no es cierta, o él mismo es una de las excepciones que apunta,
porque quizás no haya habido otro escritor español con mayores facultades
para poner las ideas elementales al alcance... no ya de los niños, sino de las
muchas personas mayores que en ciertas materias conservan la razón en
estado infantil por falta de ejercicio —pecado habitual en esta España de
las grandes inteligencias holgazanas. Como muestra del máximo acierto a
que puede llegar un escritor en la simplificación y clara exposición de
ideas elementales pueden citarse esta obra y la Historia de la Filosofía
comprendida en la Filosofía elemental.
De La Religión demostrada al alcance de los niños se hicieron ) y se
siguen haciendo muchas ediciones. En 1843 escribía a Balmes el obispo
Romo, desde la culta ciudad de Carmona: “Visitando el establecimiento de
Caridad de esta ciudad tuve el gusto de oír a unas niñas responder por el
catecismo de usted, que parecían unos Santos Padres.” Esto se lo
confirmaba en otra carta el Director don Manuel Jiménez al pedirle que
designase un autor que sirviese de texto en las clases de Filosofía del colegio de humanidades que estaba a su cargo. Mucha importancia debían de
darle al caso, porque ambas cartas están escritas el 8 de septiembre, fiesta
de la Patrona del pueblo.
Aparece en 1842 un opúsculo escrito en catalán y titulado Conversa
de un pagés de la montanya sobre lo Papa. No lleva el nombre de Balmes;
pero parece demostrado que era suyo. En efecto, Balmes fue siempre gran
defensor y acatador de la autoridad del Pontífice, de cuya influencia en los
asuntos temporales esperaba grandes beneficios para la sociedad.
La Academia de Buenas Letras de Barcelona lo recibió como socio el
día 11 de febrero de 1842. El discurso de ingreso versó sobre La
Originalidad.
69

Esto de la originalidad fue una obsesión constante de Balmes, como
lo es de todo el que se siente con fuerzas para producir cosas originales. En
este discurso dice: “Lo digo sinceramente: tengo y he tenido siempre
pasión por la originalidad.”
En una carta que escribe en 1889 a don Juan Roca, abogado de
Barcelona, dice, hablando de sus poesías: “Al menos puedo asegurarle que
todo sería enteramente original, que ni siquiera se hallarían allí
imitaciones, y que versan las poesías sobre objetos mirados bajo puntos de
vista que, según mi parecer, no acostumbran hacerlo ahora los poetas que
figuran en España.” En otra carta a Ristol, hablando de un trabajo relativo
a los bienes del Clero, escribe: “No sé si será del gusto del publico; lo que
puedo decirle es que el aspecto bajo el que miro esos bienes es algo
original, y que, según me parece, en nada se semeja a algunas otras
producciones de esa clase.”
En un artículo sobre la Revolución francesa, decía: “Yo he sido uno
de los primeros en España que han ventilado las doctrinas socialistas.”
La esencia de su opinión es ésta: “Cada individuo, cada nación, cada
época tiene su carácter, tiene su modo de ver las cosas, de imaginarlas, de
sentirlas. Prestar lo del uno al otro es transformar el orden natural, y por lo
tanto, poner en tortura las facultades del alma; es atajar su expansión, es
secar las fuentes de lo bello, de lo sublime.”
La intimidad de su sentimiento es ésta: “El trabajo, es decir, aquello
en que nosotros tenemos una parte positiva, aquello en que contraemos el
verdadero mérito y que no es un don de la naturaleza, el trabajo, por útil,
por digno que sea, nunca logra de nosotros la misma admiración que la
fecundidad del talento natural, y es fácil observar este hecho aun en los
actos más comunes de la vida; en el terreno de la naturaleza; es decir, de la
verdad. “Este mozo, decimos, es muy aprovechado, tan estudioso, tan
asiduo... Aquél tiene un talento brillante, le bastara quererlo para
aventajarse a todos sus compañeros.” Lo primero es el elogio de la
aplicación, lo segundo es un tributo pagado al talento, y ¿cuál, sin
embargo, se tiene por más halagüeño? Es tan palmar la diferencia, que
aquél se recibe con frialdad si no con disgusto, cuando el otro se recoge
con avidez. El hombre se complace en sacrificar el sólido mérito de la
laboriosidad al brillante título del talento; ambición, si se quiere,
caprichosa, llena de orgullo, de vanidad; pero que muestra el grandor del
alma, sus deseos sin límites, su expansión que no cabe en el mundo, el
ansia de parecer grande, cuando no pueda serlo. Todos queremos ocultar el
sudor que nos cuestan nuestras producciones, todos abrigamos la secreta
70

ambición de acercarnos a la fuerza creadora que dijo: Hágase la luz, y la
luz fue.”
Sin querer, o, por lo menos, sin darse cuenta de que era una cosa
transitoria, pinta aquí Balmes uno de los rasgos característicos de la
España de su época y de mucho tiempo después, de aquella España —por
fortuna casi desaparecida— donde sólo había admiración y porvenir para
los listos, de aquella España, que todavía hemos alcanzado los que
tenemos cierta edad, en que se llamaba con desprecio empollones a los
muchachos que estudiaban bien, de aquella España en que no había premio
más que para la osadía y la viveza.
Asombra que en aquel ambiente hubiese algún espíritu tan
maravillosamente ordenado y trabajador como el de Balmes.
Y tan certero: “Con el entronizamiento de la casa de Borbón se
procuró que nuestra monarquía tuviese con la de Francia toda la analogía
posible; y el reinado de Carlos III ofreció más de un punto de semejanza
con el de Luis XIV. Como en países donde el monarca reina absoluto tiene
el gobierno de éste mucha influencia en señalar el giro hasta a la literatura,
nos hicimos franceses, no sólo en cuanto a la política, sino también a las
letras... Ha resultado de aquí un mal harto grave, y es que no sólo hemos
imitado en el fondo, sino hasta en la expresión, en la lengua. Y no es poco
lo que ha sufrido el habla de Garcilaso, de Fray Luis de León y de
Cervantes.”
Por fortuna, también parece que, en época mucho más reciente, se ha
despertado un deseo general de limpiar a nuestro idioma de la peste gálica.
La substancia de este discurso puede darse en estas palabras:
¿Quieres ser buen escritor? Sé original. ¿Quieres ser original? Sé natural.
Y tan sincero. Sobre el mismo tema, en otro tiempo y en otro trabajo,
dice: “Como en tiempos de Horacio las ideas y las costumbres habían ya
sufrido una revolución muy grande, cuando el autor del Arte Poética leía
los poemas de Homero, ya sentía de vez en cuando que se le caían de las
manos: Quandoque bonus dormitat Homerus, decía en tono festivo y
altamente enfático. Y desengañémonos: para nosotros dormita mucho más;
y el entusiasmo que excita las más veces es un entusiasmo ficticio, hijo de
la idea de que uno lee lo mejor que existe; y es claro que uno se
avergonzaría de no sentir tanta belleza y sublimidad; es claro que uno se
esforzará en estudiarse a sí mismo para no formar bajo concepto de su
gusto; y que, si es necesario, aun cuando el corazón esté frío como un hielo
y la mente fastidiada y empalagada de tantos dioses extravagantes como
71

hormiguean en sus páginas, procurará una admiración asombrosa y un
insaciable anhelo de leer para evitar con tamañas arterías la nota de ignorante, grosero y menguado. ¡Ah! ¡Cuánta verdad hay en estas
manifestaciones 1 Pongámonos la mano sobre el pecho.”
El día 14 de abril de 1842 apareció el primer tomo de la primera obra
grande de Balmes: El Protestantismo comparado con el Catolicismo en
sus relaciones con la civilización europea.
El autor de esta biografía no se cree autorizado, por su poca
preparación sobre materias apologéticas, filosóficas e históricas, ni
siquiera para dar cuenta de este libro de Balmes con algún detalle. Prefiere
traducir al tan citado P. Casanovas, que tanta autoridad tiene en aquellas
tres ramas del saber.
“Deslumbrados por la primera palabra del título que Balmes puso a
su obra, muchos piensan que ésta tiene principalmente un fin negativo de
impugnación del protestantismo. No es así. Ciertamente que Balmes quiere
refutar el libro de Guizot y la maléfica influencia de la Reforma en el curso
de la civilización europea; pero sabía bien que la manera más sólida de
destruir un edificio es construir otro en su lugar, y por eso toda su atención
va a demostrar positivamente la eficacia civilizadora del principio
católico... Con aquella mirada sintética que nos sorprende con gran
frecuencia en sus escritos, Balmes veía en sublime contraste dos
panoramas casi infinitos: el florecimiento integral de todas las humanas
facultades que nos daría la historia de la civilización; y el caso monstruoso
de todas las humanas aberraciones, que es la historia de la barbarie. ¿Cuál
es la fuerza, la luz, la vida y la armonía que separa estos dos mundos
contrapuestos y mezclados en la historia de la humanidad? Es el
catolicismo, espíritu vital del linaje, centro regulador de todos los
movimientos sociales. Por eso encuentra que la más alta y la más verdadera filosofía de la historia es la Religión. Ésta es, pues, la idea madre de
toda la obra que examinamos, fuente de toda eficacia religiosa, humana,
política y cultural, dentro de lo que, con palabra sintética, se llama
civilización. Examina el principio católico en estos cuatro aspectos que
producen las cuatro partes de su obra.
”Primera parte: eficacia religiosa. Comprende los doce primeros
capítulos, y en ellos demuestra que ninguna religión tiene la fuerza del
catolicismo para asegurar al hombre en las verdaderas relaciones con la
divinidad. La fe, fundamento de toda doctrina católica, responde a una
evidente necesidad que tiene el hombre, tanto en la vida privada como en
la vida social, de refrenar su infinita movilidad, causa de todas las
72

aberraciones que vemos en la historia. Los que nos dicen que eso puede ser
verdad del hombre y de la sociedad en su infancia, pero no en su edad
adulta, cuando la ilustración da de una manera más racional lo que antes
daba la fe, no han meditado nunca sobre la oscura vaguedad que tienen las
ciencias en sus últimos principios. Mucha más seguridad necesita el sabio
que quiere bajar a los abismos de los fundamentos de las cosas que no el
hombre sencillo que las mira por encima con la cándida mirada del sentido
común. La historia de las grandes aberraciones humanas la presenta la
historia de la filosofía.
”El protestantismo ataca este instinto natural de fe dado por el
Creador, substituyéndolo por la vana presunción del libre examen. Los
frutos han sido los dos mayores males religiosos de la humanidad: el
fanatismo y el indiferentismo. El fanatismo protestante fue la locura
humana, nunca tan frenética como en aquellas guerras de religión que
devastaron a Alemania; el indiferentismo es la muerte religiosa que reseca
a las nuevas generaciones. Si la sociedad no tuviese aquel instinto
providencial de conservación que Dios ha puesto en sus entrañas, con el
cual se aparta prácticamente de aquellas mismas doctrinas que profesa en
el orden de la teoría, ya habría muerto toda religión y toda humana
dignidad... Balmes niega al protestantismo doctrinas con patente de
invención: no tiene una verdad de la que pueda decir: “Eso es mío.” No
tiene un sistema. Ni siquiera el principio del libre examen, más negativo
que positivo, lo mira con sinceridad, sino como arma de ataque contra la
Iglesia. No tiene un ideal positivo: es una protesta, como lo dice su
nombre; cada hombre es una secta.
”La segunda parte demuestra la eficacia humana del catolicismo. Ei
mundo presenta dos civilizaciones, no sólo distintas, sino contrapuestas: la
antigua y la moderna, la pagana y la cristiana. Ningún espíritu vivo puede
negar la superioridad de la segunda. ¿Cuál es la causa? Es que el
catolicismo le ha inoculado las verdaderas doctrinas sobre el individuo,
sobre la familia y sobre la sociedad, ignoradas del paganismo.
”La libertad del hombre como tal es hija del catolicismo. El
paganismo había hecho esclava a casi toda la humanidad, para servir al
placer de unos cuantos egoístas. El conflicto era verdaderamente trágico,
porque ni se podía tolerar tanta degradación, ni se podía volver del revés
de momento una sociedad que estaba fundada sobre aquella base, sin sumir
al mundo en un caos. La Iglesia se constituyó en escuela de doctrinas y en
asociación redentora, para llegar evolutivamente, por la palabra y por la
acción, hasta abolir la esclavitud. La redención habría sido puramente
73

material si sólo hubiese roto las cadenas; agregó a ésta la redención
espiritual dando al hombre conciencia de su propia dignidad, y haciendo a
esta dignidad ley universal de civilización. Esta liberación espiritual fue
más rápida que la primera. Desde el primer momento el cristianismo dijo
al mundo que no había distinción entre señor y esclavo, entre país judío y
griego, y que no había en la tierra poder superior a la conciencia humana,
sujeta a la ley del Creador.
”La familia fue regenerada por el catolicismo elevando el matrimonio
a la dignidad de sacramento y redimiendo a la mujer de la abyección en
que la tenía el paganismo, dándole la doble aureola de la maternidad y la
virginidad cristiana. La familia pagana y la familia cristiana son dos
mundos que no se parecen en nada, ni en la autoridad del padre, ni en el
amor de la madre ni en la educación de los hijos.
”Y en la sociedad, ¿qué ha hecho el catolicismo? Ha dado a la
civilización ideas y sentimientos muy superiores al paganismo. Tenemos
ahora una conciencia pública nutrida de moralidad; una suavidad de
costumbres acomodada a la verdadera dignidad humana, un amplio
espíritu de amor y beneficencia; una gran inclinación a la mutua tolerancia.
Las ideas no tienen gran eficacia mientras no encarnan en instituciones, y
el catolicismo ha llenado el mundo de instituciones sociales que den vida a
sus ideas: las órdenes religiosas. Podría escribirse una historia de los
pueblos cristianos manifestando las necesidades que nacían en cada época
y haciendo ver cómo en seguida venía una congregación religiosa a
satisfacerlas perfectamente. Según este principio, Balmes prevé la
resurrección de las mismas, aunque entonces estuviesen casi aniquiladas
por la revolución. E! protestantismo, atacando a las órdenes religiosas, no
sólo privó a Europa de una gran fuerza civilizadora, sino que cortó las alas
de los mensajeros de esta civilización, llamados a regenerar un nuevo
mundo que surgía del fondo del mar.
”Balmes dedica un capítulo entero a la Compañía de Jesús, única
orden religiosa con la que hace esta distinción, y escribe una apología
notabilísima por la simpatía que transpira, librando un singular combate
con Guizot...
”En la tercera parte, Balmes demuestra cómo el catolicismo regeneró
la política. Enseñó el verdadero origen y naturaleza del poder civil; fundó
las leyes de la obediencia y de la resistencia a la autoridad; dio el
temperamento justo a la monarquía y a la democracia; estableció la
verdadera libertad política de los ciudadanos. Miremos los Estados
europeos que surgen de las luchas con el feudalismo; son hijos de la
74

Iglesia, en la que tienen una defensa contra la tiranía de arriba y contra el
desenfreno popular. El protestantismo ha hecho lo contrario. Adulando al
poder real ha creado el cesarismo, y fomentando las pasiones democráticas
ha encendido la revolución, de donde ha resultado que el primer elemento
de las nuevas sociedades es la fuerza. Quebrantada la autoridad de la
Iglesia y debilitada la ley del amor, volvemos al paganismo, fundado en la
concupiscencia material defendida por las armas.
”La cuarta parte examina filosófica e históricamente cómo el
principio católico ha fomentado el desarrollo del espíritu en todos los
ramos de la cultura. La inteligencia europea es hija de la Iglesia; la
amplitud y agilidad que tiene la ciencia moderna comparada con el
paganismo es hija de la dirección religiosa; los estorbos han venido
siempre de las sectas disidentes. Balmes escribe con todo aplomo esta
sentencia: “Si el entendimiento humano hubiese seguido su desarrollo por
el camino que le marcaba la Iglesia, la civilización europea se habría
adelantado por lo menos en dos siglos.” La cultura ha tenido sus períodos:
el metafísico, el de la erudición, el de la crítica, el de la filosofía, el
científico; y va manifestando cómo el catolicismo nunca ha limitado ni
entenebrecido el entendimiento humano. Quien es hijo de la luz divina,
¿cómo ha de ser amigo de las tinieblas?”
”En el último capítulo (LXXIII) Balmes hace un breve resumen de su
libro, dice el fin que lo inspiró y hace una nueva protesta de sumisión a la
Iglesia que queremos copiar aquí: “Antes de estampar la obra la he
sometido a la censura de la Autoridad eclesiástica, y sin vacilación me
habría sometido a sus más ligeras insinuaciones, enmendando, corrigiendo
o cambiando lo que me hubiesen señalado como digno de variación,
corrección o enmienda. No menos vuelvo a someterlo todo al juicio de la
Iglesia católica, apostólica, romana, y tan pronto como el Supremo
Pontífice, sucesor de San Pedro y Vicario de Jesucristo en la tierra hablase
contra alguna de mis opiniones, me apresuro a declarar que la tengo como
errada y que dejo de profesarla.”
Creemos que el lector habrá leído con placer esta traducción del P.
Casanova. Desde luego es muy superior a la explicación de la obra que
nosotros podríamos haber dado.
De El Protestantismo se hicieron inmediatamente traducciones al
francés y al inglés. Los primeros contratos relativos a la traducción en
estos idiomas se firmaron en junio y julio del mismo año de 1842, o sea, a
los dos meses de su aparición en castellano. Pero esto nos lleva a hablar de
otro asunto que requiere capítulo especial.
75

Capítulo VIII
BALMES VIAJA

En una “Miscelánea. Pensamientos sobre literatura, filosofía, política
y religión” que publicó en su periódico La Sociedad, decía Balmes: “Un
viaje bien hecho es tarea muy ardua.” Este pensamiento nos trae a la
memoria aquel otro de Chesterton: “Travel broadens the mind, but you
must have the mind”, que copiamos en inglés porque en su salsa tiene más
gracia, y que viene a significar: “Los viajes ensanchan la inteligencia...
pero hay que poner la inteligencia.”
Estos dos pensamientos deben figurar en el frontispicio de todas las
agencias de turismo. Con ello se quedarían en tierra montones de
aspirantes a viajeros al examinarse y ver que llevaban el equipaje, el
dinero y ¡hasta un libro!, pero que no llevaban la inteligencia —
entendiendo por inteligencia no sólo la facultad anímica, sino cierto
elemental grado de preparación.
El que esto escribe ha tenido mucho trato con viajeros internacionales, y ha sacado la consecuencia de que, con pocas excepciones
(honrosas, ¿cómo no?), el turista es un hombre que trastorna su vida para
una temporada, y se gasta su dinero que unas veces puede y otras veces
debe, con el solo fin de adquirir el derecho de decir que conoce París,
Londres, Berlín, Venecia y Sevilla. ¡Con qué orgullo dice: “Conozco toda
Europa”! Lo más gracioso es que lo dice sinceramente.
No habrá que decir que el viaje de Balmes a París y a Londres sería
—como lo fue— todo lo contrario de un viaje de turismo. Por lo menos, ya
llevaba un fin que no era turístico, el tratar de la traducción de El
Protestantismo al francés y al inglés. Y es muy posible que, además,
llevase otro fin trascendental.
Consta que salió de Barcelona a fines de abril de 1842; consta que
estaba en París ya el 28 de mayo. Le acompañaba José Tauló, con el que
había constituido sociedad para publicar El Protestantismo en francés.
Sus ocupaciones en París fueron: 1.º, continuar la colaboración con el
periódico de Barcelona; 2.º, traducir al francés El Protestantismo; 3.º,
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visitar a ciertos personajes españoles, y, 4.º, ocuparse en el negocio de su
hermano Miguel. Todo lo hizo con su característica naturalidad, con la
soltura del hombre que se siente superior a cuanto le rodea. Cuenta
Navarro Ledesma que cuando Ganivet viajaba en el tren tenía el aire de un
viajante de comercio, porque la naturalidad le daba la agilidad que éstos
adquieren a fuerza de viajes. Así pasó Balmes por la vida. Cuando niño,
sonreía al ver al profesor encolerizado y a los alumnos sobrecogidos, y ya
maduro escribía desde París y decía bien claramente que ni despreciaba
aquello ni se sentía abrumado ni se ensoberbecía por haberlo visto.
Hay dos maneras de hacer el Isidro en un gran centro de población:
encontrar maravilloso todo lo nuevo o despreciar todo lo que no se parece
a lo del pueblo de uno.
Pues bien, a pesar de su sensibilidad exquisita y a pesar del cambio
de ambiente (mayor entonces que hoy), Balmes, íntimamente, siguió
viviendo como antes. Continuó pendiente de su periódico, del que él era el
alma, trabajó intensamente, hizo Política y se afanó por la industria de su
hermano. ¡Vio lo bueno que París tenía y lo elogió; percibió y censuró
fuertemente lo malo que a su vista se presentaba, y realizó filigranas de
contratos de empresa con españoles y franceses.
“No creo que por haber ido a París se haya añadido una pulgada a mi
estatura”, le escribió desde París a Ferrer y Subirana; “tampoco pude
observar que los días que estuve en Londres el clima del Támesis tuviese
una influencia agrandadora”. Así se mantenía sereno el ánimo de este
hombre que llegaba por primera vez a aquellas grandes ciudades viniente
de Barcelona, que entonces sólo contaba ciento sesenta mil habitantes y a
él le parecía una Babilonia. “¡Una ciudad de 160.000 almas!”, decía,
admirado e indignado, al protestar contra el bombardeo de Espartero.
Emprendió la traducción al francés de El Protestantismo. Porque las
primeras páginas fueron traducidas por él. En España es frecuentísimo el
creer que se sabe francés porque se tienen algunas nociones de este
idioma. ¡Cuántas veces se oye decir: “Conozco algo de inglés y de
italiano... El francés, desde luego; el francés como el español”! y el que
habla es absolutamente incapaz de escribir en francés correctamente una
carta.
Pero Balmes sabía francés de verdad. Hemos leído varios escritos
franceses suyos, y no solamente tienen muy escasas incorrecciones, sino
que saben a francés. Como decimos, comenzó la traducción, pero a las
pocas páginas tuvo que dejarlo. Solamente el intentarlo en aquellas
circunstancias de perturbación y novedad fue una hazaña. Continuó la
77

traducción Alberic de Blanche-Raffin, que fue gran amigo suyo en Francia
y después en España y que es uno de sus biógrafos, aunque no
precisamente el más original, según declaran con gracia varios
admiradores de Balmes que tradujeron al castellano la biografía escrita por
aquél.
Ya hemos dicho que también hizo Política. Nada dice él de esto, y
aun después se quejaba de que se dijese que había conferenciado con unos
y con otros. Pero el hecho es que entonces había en París gran número de
importantes políticos españoles, y que él visitó a Martínez de la Rosa y al
Conde de Toreno y a otros de menos categoría. Por lo que más adelante
ocurrió, no parece muy equivocada la creencia de que estas visitas fuesen
algo más que de pura cortesía. Aparte de que es muy difícil creer que
puramente para concertar la traducción de una obra hiciese Balmes un
viaje (tan complicado entonces y tan dañoso para su pobre salud) a París y
Londres. Es indudable que entonces sentía ya Balmes fa vocación política
y ya había concebido y tenia bien arraigada la idea de la pacificación de
los espíritus y la verdadera unidad nacional, que es la unidad ideológica.
“A fines de abril de 1842 pasé a París para revisar la traducción de la
misma obra (El Protestantismo) en francés. Hice entre tanto un viaje a
Londres y regresé a España a principios de octubre del mismo año.
Llegado a Madrid me persiguió la calumnia, indicándome como
complicado en no sé qué planes carlo-cristinos a causa de ciertas
relaciones que se me suponían en París con varios personajes,
especialmente con el señor Martínez de la Rosa, con quien no había tenido
otras que las que naturalmente tiene un viajero con los emigrados ilustres...
A poco tiempo de haber regresado a Barcelona se reprodujeron las mismas
acusaciones, pero el Gobierno, debidamente informado, se abstuvo
también de molestarme.” (Vindicación personal.)
Es de creer que, en efecto, Balmes no estuviese lo que decimos
complicado en ningún plan carlo-cristino. Es más que probable que él los
inspirase. Pero para el público, aun para sus amigos, el motivo del viaje era
la edición francesa de El Protestantismo. “He empezado la traducción de
mi obra —decía en una carta—, la hago yo mismo, trabajando, empero,
junto con un joven francés muy instruido y despejado; ya ve usted que no
es leve la faena.” “Ya puedes decir también a Ristol —escribía en otra—
que lo que gastaré de más, yo creo que lo ganaré de sobras con la dirección
del negocio, y además con lo que ahorro de lo que me hubiera costado la
traducción: comparando con lo que ahora me cuesta, calculo que podré cubrir los gastos.”
78

Cuando viajamos por tierras lejanas y muy diferentes de nuestro
mundo habitual, inevitablemente se produce en las almas impresionables
como un despego de las escenas, caracteres y costumbres que antes eran
nuestro ambiente, y de vez en cuando el viajero, si tiene necesidad de
escribir a su tierra, concentra la atención en el pasado y parece como que
reviven historias y tipos. En estas cartas es donde mejor se conoce a los
hombres. Porque hay una regla infalible: el hombre superior nunca pierde
la naturalidad, nunca escribe para producir efecto.
Ved cómo escribía Balmes, a un amigo suyo que, sin duda, no pudo
viajar con él, a pesar de sus deseos, y le hablaba, con clara envidia, de las
altas regiones en que se iba engolfando y se quejaba de que Balmes no le
participaba las Satisfacciones que le cabían.
“He recibido hoy mismo los pliegos que se han impreso —escribió a
Ferrer y Subirana, refiriéndose a nuevos cuadernos de El Protestantismo
que se imprimían en Barcelona— siendo los correctores V, Roca y Puig, y
le aseguro que me han dado un mal rato al leerlos; ¡qué disparates! Dirá
usted que el original estaba malo; de muchos errores sé de cierto que no
estaban en el original, y son de aquellos que ustedes podían corregir muy
fácilmente si hubiesen puesto en ello un poco de atención. ¿Cómo en la
página 140 me hacen ustedes decir pules en vez de pieles, y luego me
entro por el texto latino de manera que presenta el conjunto más
extravagante? Esto sí que prueba bien claro lo poco que piensan en mí,
tanto usted como Roca como Puig. Y esto ya se lo puede usted decir de mi
parte, leyéndole, si gusta, la carta. Si al menos se limitara a errores
pequeños, pero cuando hay algunos que expresan una idea muy diferente,
cuente usted que lo he sentido en el alma. Me parece que estoy viendo lo
que sucede: lleva el muchacho las pruebas, y Ferrer las lee a toda prisa,
enviando al de París algún saludo más o menos agradable, porque he
venido a interrumpir la ocupación, o el sueño a la pereza, o una tavola con
sendas carcajadas. Si van a manos de Roca, se cala los anteojos, y con las
pruebas sobre la mesa de La Civilización, o de los libros de Pons, recorre
volando las malditas páginas, que en mal hora han venido a distraerle. Pero
llego a Puig, el más culpable de todos, el más inexcusable, porque tiene un
natural reposado y que hace atención a todo, porque tiene larga práctica de
estas cosas, porque, finalmente, aun estando yo en ésa, me había ofrecido
corregirlas, y, por consiguiente, me había dado derecho a esperar mejor
cuidado de su parte. No más leyendo aprisa, y no soy yo quien más las
observo, he hecho una larga lista que me precisará a poner fe de erratas,
¡triste remedio!
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“Ahora me atrevo a pedirles a todos un favor, cual es que, si hay
algunos pliegos que no estén tirados todavía, tengan la bondad de
repasarlos, y que en los siguientes se tomen la pena de hacerlo con algún
cuidado, como y también no metiéndome una ortografía extraña,
escribiendo ecsistencias, en vez de existencias, bien que en aquel lugar no
debía ser ni uno ni otro, sino resistencias. En la página 176 me hacen decir,
citando las palabras de la Escritura, potestamen, en vez de potestatem.
Dios nos dé paciencia.”
Si no fuese por la fecha y por la alusión a su estancia en París, la
carta podría aparecer escrita desde Vich.
Pero lo más curioso —aunque claro que lo menos importante— son
las gestiones que por el negocio de su hermano Miguel hacía. Cuando se
leen las cartas que a Miguel dirige, parece que hemos pasado a otro
mundo. Considerad a un sacerdote español, joven, cultísimo y de talento
excepcional, que dirige la traducción y la publicación de una obra suya
histórico-apologético-filosófico-social, que se encuentra en París atrafagado con su labor intelectual. Imaginad que acaba de corregir unas pruebas
de imprenta con texto francés salpicado de latín, y dejándolas corregidas,
toma papel y pluma, y escribe:
“El otro día tuve el gusto de trabar relaciones con el primer
almacenista de pelos de París, y él mismo me acompañó a enseñarme en la
fábrica las máquinas de cortar el pelo... Este señor me vende una de sus
máquinas y me la daría por 200 6 240 duros; ya ves que es más cara de lo
que tú pensabas... Calculo que trabajando en la máquina dos hombres, te
cortarían unos 600 conejos cada día... Me quedé en mi poder un puñado de
retazos de los que da la piel cuando se corta el pelo, pues la piel no queda
entera como nosotros pensábamos, sino que el cuero queda desmenuzado,
dando un retazo tan fino, que es lo mismo mismísimo que cuerdas
delgadísimas de guitarra “ Con la carta iba una nota en la que explicaba
varios tecnicismos franceses de curtiduría, y en el baúl se traía Balmes,
cuando volvió a España, “un papelito que contenía muestras de hules y
charoles de todas clases, con los precios al dorso”.
Bien claro se ve en tales escritos que Balmes no era un puro
intelectual que ejecutaba a desgana un encargo por amor de su hermano,
sino que estaba enterado de todo y que todo le interesaba. No eran
encargos, no: “la piel no queda entera como nosotros pensábamos”.
De París pasó a Londres. Y aquí quisiéramos copiar totalmente un
autógrafo suyo en que se consignaban unas notas rápidas, nerviosas,
contraídas, sobre su viaje a Londres, escritas seguramente sobre el terreno
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para concretar una idea o una emoción o para evitar su olvido. En algunos
trozos parece evidente el propósito de escribir largo algún día sobre el
asunto. Comprende 18 días, y no podemos resistir a la tentación de copiar
las notas relativas a algunos de ellos. Para nosotros, este modo de dar
pinceladas es más interesante que los libros y las cartas, quizá porque es
más misterioso.
“Día 2 de julio, sábado: Desprats, Wiseman. El Relojero, Gallangos.
Conde. Libros del Escorial. Biblias. Vida de Carranza. Delmar. El Jesuíta.
El palmoteo. Los juglares. El canto. Hyde-park. La casa de Wellington. La
estatua levantada por las mujeres. Los caballeros del parque Mora.
Hammersmiths. 40.000 católicos. Convento de monjas du bon Pasteur.
Mujeres arrepentidas protestantes. ídem. Colegio de enseñanza. Preguntas
en el Parlamento a los ministros de Q’Connell. Progresos del Catolicismo.
Chile. Pera. Valparaíso. Buenos Aires. Estado floreciente. Carácter de las
revoluciones del país. El comercio no sufre lo que parece. Méjico
diferente. Interior de América desconocido. Riqueza extraordinaria. Falta
de comunicación. Ríos navegables. Qué hará el vapor. Suavidad del clima.
Causas de las disenterías: excesos en las comidas de las frutas. Novelistas
ingleses. La abadesa. La monja. Moralidad: comparación de los franceses
a los ingleses. Sumisión a la ley. Sacerdotes católicos: pobres, ómnibus.
Tiendas colosales. Cristales. El cielo raso. El pobre tocando la flauta con
dos niñas de muy corta edad. El pobre con una niña de muy corta edad
cantando.
”Día 16, sábado: Tunnel. El paso del río. Las casas de los
embajadores. La conversación. División de las clases. Castas. Cadenas de
opresión. Aislamiento. Tenderos. Política de la aristocracia. Sus
costumbres. Pueblo bajo. El paso por ciertas calles, preocupación en
contra. La libertad es para el dinero. La protección es para el desprecio.
Organización judicial. Protección al inocente. Coste excesivo de la justicia
civil; equivale a una denegación. La apelación de la Cancillería a la
Cámara de los Lores. Las dos clases de abogados: el que instruye el proceso y el orador. Complicación monstruosa de la legislación. Derecho
escrito y precedentes. La organización administrativa por parroquias. En el
Gobierno los dos ministerios que tienen que hacer son el de Hacienda y de
Negocios Extranjeros. La Iglesia Protestante. Nulidad de su fe. Su enlace
con la organización aristocrática. Qué sucedería si se aboliese el dinero y
se quitasen las inmensas rentas que tiene. Cuestión de bolsa. Buenas
costumbres del clero católico. Inglaterra. Escocia. Irland. Unitarios
81

filósofos vergonzantes. El parque de St. James. Libros del Escorial.
Asuntos de familias particulares.”
¡Oh, a quién fuese dado penetrar en el espíritu de estas notas y calar
hasta el fondo y percibir la relación que entre ellas existe! ¿Qué mejor
biografía de Balmes podría hacerse que explicar la razón de ser de estas
notas, cada una de las cuales evidentemente es un resumen y un proyecto?
Pero no nos atrevemos a seguir copiándolas, a pesar del misterioso encanto
que sobre nosotros ejercen. Tememos que el lector, espiritualmente
superior al que escribe estas líneas, no tenga sus mismas aficiones.
El 4 de octubre del mismo año emprendió Balmes el regreso de París
a España. Ya se había publicado el primer tomo de El Protestantismo en
francés, que logró un éxito excepcional.
Volvió lleno de datos y de proyectos de todas clases. Pero su espíritu
no se alteró. Siguió tan español como antes de su viaje, y ni más ni menos
amigo de lo extranjero que antes de salir de Barcelona.
Como resumen de impresiones, copiamos lo que sigue de una carta
que desde París escribió en 19 de septiembre, quince días antes de su
salida, a Roca, Riera y Camporat.
“Me pedirán ustedes qué me parece de París y Londres: bien y mal,
mal y bien; y grande y pequeño, y pequeño y grande; y hermoso y feo, y
feo y hermoso; los hombres y las cosas con sus más y sus menos, sus caras
infinitas, sus aspectos innumerables. Pero, me añadirán: ¿no se ha quedado
usted con un palmo de boca? Ya saben ustedes que soy cristiano viejo, un
si es no es testarudo, un si es no es satírico, un si es no es enemigo de
dejarse alucinar, y, sobre todo, muy amigo de aquel famoso dicho de San
Cipriano, que lo entendía, cuando, ponderando la dignidad del alma
humana, dice: “Despéñase de la cumbre de su grandeza quien pueda
admirar algo que no sea Dios.” Quiero decir que no deben ustedes esperar
encontrarme entusiasmado y fanático por la corteza de las cosas, hinchado
por haber visto París y Londres, y varias cosas que hay en Londres y en
París, ni fastidiado de nuestra España, ni echando fieras contra nuestra
rudeza y barbarie, etc. Según barrunto, me encontrarán ustedes como
cuando les dejé. Quid facias?... Ya ven ustedes que no he olvidado el latín;
pues tampoco he olvidado la afición a los libros viejos, que ya saben
ustedes que se me ha metido en la mollera que esos hombres del tiempo de
la tía Calasparras sabrían algo, por más que se diga. Todavía hoy,
revolviendo libros polvorientos por estas bibliotecas, y haciendo recorrer y
estudiar recónditos u olvidados estantes a estos Messieurs de la inmensa
Biblioteca Real. No muestren ustedes estas líneas a los hombres d la
82

dernière, porque frunciendo las cejas dirán: “Ese hombre es incorregible”;
y lo peor o lo mejor es que continuará en su tema hasta el día en que se
vaya a esperar la resurrección, que allí está la verdad como aquí se acaba el
papel.”
Sin querer recordamos la envidia con que en nuestra juventud oíamos
a un pobre cocinero que había viajado durante muchos años en un
trasatlántico y a quien pedíamos explicaciones sobre la manera de ser de
los chinos, contestar: “¡Bah! Nada de particular. Los hombres son iguales
en todas partes.” Esto es la mejor enseñanza que se saca de los viajes. Y si
como nos trasladamos sobre la superficie de la tierra pudiésemos viajar a
través del tiempo, sacaríamos la misma conclusión aplicable a todos los
hombres y a todas las épocas de la historia. Y como obtendríamos la
enseñanza de que el momento histórico que vivimos no es más que... eso,
un momento de la Historia, y no el período más importante de ella —que
es lo que nos hace creer nuestra soberbia—, quizá aprenderíamos a
despreciarnos un poco y la humanidad no se vería en lucha permanente.

83

Capítulo IX
UN DRAMA DE LA AMISTAD

El día 1.º de marzo de 1843 salía a la luz pública el primer número de
La Sociedad, nuevo periódico de Balmes en Barcelona. Lo escribía él solo.
La inesperada aparición de este periódico produjo un choque que
podríamos llamar dramático, de altísimo interés porque fue el choque de
dos altas inteligencias y dos corazones apasionados, y por las discusiones
de que fue causa después de la muerte de Balmes.
Se recordará que éste, con Roca, y Ferrer y Subirana, venía
publicando en Barcelona un periódico titulado La Civilización. Resulta
patente que el 15 de febrero de 1843 lanzó Balmes el prospecto de un
nuevo periódico que se titularía La Sociedad. Para lanzarlo habló sólo con
Roca, cuyo asentimiento suponía la concurrencia de dos votos de la
antigua sociedad. Sorprendido Ferrer y Subirana, se llama a engaño y
protesta fuertemente.
Como es un asunto éste muy delicado, porque a primera vista puede
parecer deshonroso para Balmes, vamos a ir copiando o extractando
prueba documental que hallamos en la magnífica colección publicada por
el P. Ignacio Casanova.
Escribe Ferrer y Subirana a Balmes (20 feb. 43):
“Tiempo hace que nada me prometía usted ni por los recuerdos de
amigo, ni por las consideraciones de compañero, ni por los sentimientos de
delicadeza; mas sí que esperaba algo de defender, no le permitían hacer
una publicación distinta de La Sociedad me ha llenado de indignación y de
sorpresa.
”El público decoro y el celo por los principios que dice usted
defender, no le permitían hacer una publicación distinta de La Civilización
y del mismo objeto y carácter, para que nunca se dijese que pasiones ruines
y mezquinos intereses separaban a personas que sostenían una causa
común. La gratitud le mandaba abstenerse de dañar de ningún modo a
compañeros que durante su larga ausencia llevaron casi todo el peso de la
Redacción, y cargaron solos con obligaciones comunes, sin que por ello le
84

exigiesen retribución, ni pidiesen la misma de su salario. La delicadeza le
prohibía publicar su revista nueva en la misma Casa donde se había
publicado la antigua, para que jamás se pensase que usted había querido
apoderarse y atraerse mejor a los suscriptores, fundando su propiedad
sobre el mayor o menor menoscabo que esta última pudiese sufrir.
”La probidad y conciencia, sobre todo, le vedaban que usted
anunciase la cesación de una propiedad que es mía, ínterin no la haya
renunciado, y tan mía y tan sagrada, y tan respetable como fue la de usted
algún tiempo, como lo es la de sus obras. A usted le constaba que no había
abandonado mis derechos, porque se lo dije claramente, y porque antes de
dar un paso tan atrevido, le era fácil, muy fácil cerciorarse de si continuaba
en mi propósito. ¡Si usted codiciaba las subscripciones de La Civilización,
podía usted pedirme o comprarme la propiedad, y sólo cuando se la
hubiese traspasado estaba autorizado para decir lo que en su propósito
estampó!”
La pasión de Ferrer se refería a una advertencia del prospecto
anunciador de La Sociedad en que se decía que habiendo cesado de
publicarse el periódico La Civilización, los que tuviesen alguna cantidad
adelantada por suscripciones al mismo y quisieran aplicarla a la
subscripción de La Sociedad, “redactada únicamente por don Jaime
Balmes, colaborador de aquélla”, quedarían abonados por el tiempo
correspondiente: “pero en el caso de que no gustasen recibir en su lugar
esta Revista, podrían retirar lo que tuviesen adelantado de los mismos
puntos donde se suscribieron”. Es de advertir que en el contrato celebrado
para publicar La Civilización, firmado en 15 de enero de 1842 por Balmes,
Roca, Ferrer y Brusi, no había ningún acuerdo aplicable al caso de que uno
de los colaboradores quisiera publicar otro periódico.
Continúa Ferrer: “Usted, sin embargo, saltando por sobre todas estas
consideraciones y prevalido de mi ausencia, motivada por el recobro de mi
salud y los sinsabores sufridos, en lo que ha manifestado usted toda la
inhumanidad de que es capaz, se ha atrevido a poner en su proyecto que
La Civilización había dejado de existir, y ha enviado este anuncio con
presteza, y antes de mi llegada, a los subscriptores, y se ha ofrecido a
cubrir sus adelantos, contribuyendo de esta suerte y esforzándose de todos
modos a matar una propiedad mía, y arrebatándome los sudores de 18
meses.
“Lo repito, esta conducta fea, este negro proceder, me ha
sorprendido, digo mal, me ha asombrado; y si de nadie me era repugnante,
me era imposible creerlo, era de usted.
85

”Me iba a precipitar semejante paso a hacer una revelación pública y
estrepitosa del curso que este negocio ha tenido.
”Personas a quienes he manifestado mi resolución y que aprecian su
decoro en más de lo que usted mismo lo estima, me han rogado que
suspendiese este paso, y que le escribiese una carta para anunciarle mi
propósito antes de realizarlo. Para que no se dijese que me estimulaba una
venganza, hasta en tales casos y en obsequio de una amistad pasada, y a la
que se ha hecho usted indigno por su codicia y por sus obscuros manejos,
he cedido al fin, he querido probarle por última vez que tengo más nobleza
que usted. Mas, entiéndalo usted, he cedido con repugnancia, y después de
mucho resistir; y estoy resuelto, si usted no desiste de su propósito; tendré
al menos la satisfacción de que le conozcan muchos que no saben quién es
usted, así como por desgracia hasta ahora no había llegado a saberlo yo.
”P. D. Debo advertirle que esta será la primera y la última carta que le
escribiré, cualquiera que sea la contestación que de usted reciba.”
Adelantemos que Ferrer no dio el escándalo, que se siguió
publicando La Sociedad y que aquél escribió otra vez a Balmes.
Generalmente, cuando se escribe se tiene más tiempo para meditar las
palabras que cuando se habla, pero, en cambio, cuando se escribe no se
tiene delante al interlocutor.
Tres días después de escrita aquella carta, contestó Balmes: “Muy
señor mío (antes le llamaba “Mi estimable amigo”): Recibí su carta de
usted, que me abstengo de calificar; apelo de su contenido al juicio del
mismo que la escribió. Quisiera hacerme la ilusión de que usted estaba mal
informado de los trámites que el negocio había seguido, pero esta ilusión
me es imposible: usted había visto al señor Roca, que lo sabía todo, y la
veracidad de este señor es para mí incuestionable. La exposición de los
hechos será mi mejor defensa. Yo estaba en mi derecho cuando dije que no
quería continuar, y que por mi parte trataba de tomar otro camino. Usted
pretende que por delicadeza no debía yo publicar otra Revista; no
comprendo cómo por unirme con usted pude perder para siempre mi
libertad. Si no hubo injusticia, tampoco faltó franqueza; con anticipación
bastante se lo avisé a usted, al señor Roca y al señor Brusi. Con este último
señor no tuve los ocultos manejos que usted me achaca: mediaron de una y
otra parte explicaciones nada misteriosas; uno y otro usábamos de nuestro
derecho; ¿tengo yo la culpa si mi plan no le desagradó, si prefirió mi
publicación? ¿No es usted mismo quien me había noticiado, estando yo en
París, que se echan de menos mis artículos, y que dicho señor había hecho
sobre el particular algunas indicaciones? Ancho les quedaba a ustedes el
86

campo para negociar, lo propio que a mí; y para que usted entienda que no
medió sorpresa, sepa usted que al marcharse usted de ésta y después de
tantos días de manifestada mi resolución, todavía no teníamos acordado
nada con dicho señor.
”Ajustadas las bases de la nueva publicación, se pasó en el mismo día
un recado al señor Roca, para ver qué se había de decir al público con
respecto a la antigua. Asistió el señor Roca la misma tarde a una entrevista,
y, previas algunas explicaciones y contestaciones, convino el señor Roca
en que La Civilización cesase; de manera que allí mismo pidió al señor
Brusi si le entregaría la lista de los antiguos subscriptores de La Religión, y
éste le respondió que de muy buena gana, y que además le suministraría
todas las noticias que necesitase. Ni el señor Brusi ni yo ignorábamos, ya
entonces, que el señor Roca tenía el propósito de continuar La Religión,
como en efecto lo verifica.
”Entretanto, se imprimió el prospecto de La Sociedad, y como de los
tres redactores, los dos hablamos convenido que La Civilización cesase, y
con nosotros el editor, creímos que era asunto concluido, mayormente
quedando la libertad de publicar otras Revistas, y habiendo ofrecido al
señor Brusi que entregaría la lista nominal de los subscriptores de La
Civilización, si los interesados se lo pedían.
”Con todo, el señor Brusi, para caminar con más aplomo, antes de
hacer imprimir el anuncio que al parecer ha excitado la indignación de
usted, remitió el original a casa del señor Roca, por medio del señor don
Pablo Soler, por si había inconveniente: el señor Roca lo aprobó, y hasta,
por más señas de su consentimiento, exigió una pequeña añadidura, a la
que se condescendió.
”Ya ve usted que nada hubo de clandestino, que se procedía con la
mayor abertura; y tan lejos estuvimos de aprovecharnos de la ausencia de
usted, que La Civilización no salió hasta el 16. Usted tardó un poco más de
lo que esperábamos, usted había dicho que estaría de regreso dentro ocho
días; usted nada escribió, y, si no me engaño, habían pasado más de doce.
Usted manifestó el propósito de continuar La Civilización, en nombre y de
acuerdo con el señor Roca; este señor consentía en que cesase; este señor
plantaba o restablecía La Religión; este señor, en el artículo de La
Civilización decía abiertamente que la publicación terminaba, y se
despedía de los señores suscriptores, y les brindaba a que le favoreciesen
con la subscripción los que antes le habían dispensado este favor en La
Religión. Si en esto hubo usurpación de propiedad, fue cómplice un
hombre tan honrado como el señor Roca; fue cómplice un hombre de pro87

bidad tan conocida como el señor don Pablo Soler; fue cómplice el señor
Brusi, es decir, una de las casas más acreditadas de Barcelona y de España.
¿Cree usted de buena fe que para publicar La Sociedad con esperanzas de
buen éxito necesitábamos, ni yo ni el señor Brusi, echar mano de esa
villanía? El señor Brusi es propietario de la primera edición de La
Sociedad, como lo era en La Civilización; el modo de arreglar la dirección
de los fondos de la publicación nueva y lo conveniente a la liquidación de
lo tocante a la antigua, era asunto suyo, y, si hubiese querido, no debía dar
parte a usted, ni aún a mí, del modo con que había redactado el indicado
anuncio en que se dejaba con entera libertad a los señores subscriptores.
Usted, sin embargo, se desahoga contra mí. ¿Sabe usted lo que esto
prueba? Prueba que no es el anuncio la verdadera causa de la indignación;
que no son los trámites que el negocio ha seguido, sino mi separación; esto
es lo que resulta más claro que la luz del día, y menester es confesar que
en esto me hace usted demasiado honor. Las dos brillantes plumas de mis
antiguos compañeros no necesitaban de los borrones de la mía.
”Sepa usted que desde un principio no quise admitir ninguna base en
que se me uniese con Poca en una nueva publicación, y que la razón que
señalé, testigo el señor Gorchs, testigo el señor Brusi, testigo el mismo
señor Roca, fue que no quería dejarlo a usted en posición desventajosa;
que no quería que se pudiese decir que nos habíamos aliado los dos contra
uno, que quería que la desventaja estuviera de mi parte, siendo uno contra
dos. Usted es demasiado razonador para no deducir luego algunas
consecuencias que muy obviamente resultan de estos hechos. ”No sé el resultado que tendrá la entrevista de usted con el señor
Brusi; sepa usted que no me opongo ahora, ni me he opuesto nunca, a que
usted publicase una revista y se le entregase la lista nominal de los
subscriptores; sepa usted que nada me importa que publique usted solo o
en compañía de Roca u otros, La Civilización con el mismísimo título, y
que desde ahora abandonaría mi publicación si creyese que no medrará
con otros medios que los manejos ocultos y los procedimientos indecorosos.
”Me apresuro a decirle que la amenaza que usted me dirige no me
intimida; le aguardo sin miedo ni zozobra en el terreno de la publicidad.
Según las apariencias, usted llevaría ventaja en lo tocante a no respetar a la
persona atacada, pero dudo que salga usted ganando de las aclaraciones
que presentaré yo, y que podrán presentar otros, si lo juzgan conveniente.
¿Se imagina usted que soy tan niño, que ignore lo que vale un comunicado
en el tiempo en que vivimos?
88

......
”Hablando usted de mis principios, dice “los principios que usted
dice sostener”. Aquí, si no me engaño, hay un ataque a la sinceridad de mis
convicciones, cosa tanto más sensible cuanto creo que ya no es ésta la
primera vez. Sólo Dios penetra el corazón.”
¿Qué había de hacer el rival después de recibir esta carta? O
desmentirlo todo o callar. Como no podía hacer lo primero, optó por lo
segundo, pues al silencio equivale su carta de 24 de febrero en que se
limitaba a decir que “no se habían desvanecido los cargos”, que “en el
fondo del hecho había una negrura y una cosa muy repugnante”, que
“quería mostrarse generoso”, que Brusi le había ofrecido la continuación
de La Civilización ¡unidos otra vez los tres redactores! y que él no había
aceptado...
Y “siga usted en buena hora sus publicaciones previstas, y esté usted
seguro que no le envidiará la fortuna que en ellas haga esto que fue algún
día su más apasionado amigo”.
Creemos que en la última frase está toda la explicación: “su más
apasionado amigo”. Eso: apasionado, y celoso y absorbente... y, ¿por qué
no decirlo?, algo envidioso, no por la tristeza del bien de Balmes, sino por
conciencia de la propia inferioridad, que se encontraba muy bien a la
sombra del gigante y que ahora se ve impotente para desquitarse en una
rivalidad de publicaciones o, por lo menos, siguiendo por sí solo su carrera
de escritor. No creemos que envidiara la ganancia. Lo que sentía era el
despecho de ver que Balmes prescindía de él. Mucho tiempo antes de esta
ocurrencia, sin pensar en beneficios ni perjuicios económicos, había
escrito a Balmes cartas que se puede llamar agresivas, con otros motivos
de recelo, como cuando le echaba en cara que no le contaba sus
impresiones de París, y que se iba ensoberbeciendo al engolfarse en
aquellas altas regiones, o cuando so quejaba de que no le hubiese
anunciado la publicación de la Memoria sobre el celibato del clero. En
todo su trato con Balmes transpira la admiración que Ferrer sentía por éste,
y, naturalmente, había de ser dolorosísimo para él que aquel hombre tan
admirado pasara de colaborador a extraño. Y lo que no fue más que una
incorrección, se le presentaba como manejo traicionero. ¡Cómo había de
juzgar aquel desamparo un hombre que, según propia confesión, se hallaba
en un frenesí continuo?
Pensando con imparcialidad, parece que Balmes debía haber tratado
directamente con Ferrer sobre el asunto, y no atenerse a las puras reglas de
derecho y de moral. “Yo no me he comprometido a nada”, “de tres
89

redactores, dos hemos decidido”... En un pleito está bien; pero en las
relaciones sociales y de amistad y de la mutua estimación que entre ellos
había...
Dice Blanche-Raffin, traductor, amigo y biógrafo de Balmes: “Si la
influencia de la primera educación, un tanto agreste, se dejaba percibir
algunas veces y se vislumbraba en los modales y porte de Balmes, no
obstante, nada impedía descubrir en él un natural noble y una cierta
dignidad elegante.”
Un testigo que parece imparcial, don Antonio Brusi, escribe: “El
recibo último de los redactores de La Civilización es de 24 de febrero de
1843, y en lugar de ser colectivo, como los demás, es individual y con la
firma de cada redactor para mayor garantía mía y de cada uno de ellos,
como expresando quedar completamente liquidado el asunto. Los tres
recibos son de puño propio de los tres redactores y dicen así, sin diferencia
alguna: “He recibido de don Antonio Brusi la cantidad de ……………. por
las mensualidades de enero y febrero del presente año, últimas que dicho
señor debía satisfacerme como a redactor de La Civilización.”
”Los recibos de Balmes y de Roca son del 20 de febrero, y el de
Ferrer es del 24. Sin duda sería en este corto período, cuando el último
escribió a Balmes una carta en la que se lamentaba de su falta de
compañerismo, carta que estaba escrita en términos picantes. Balmes vino
a mi despacho y me enseñó muy conmovido la carta de Ferrer, que quedó
en mi poder, y con quien me encargué de avistarme.
”Lo hice así en seguida, y manifesté a Ferrer el derecho que tenía
Balmes para obrar como mejor creyese conveniente, y después de haberme
manifestado aquél los motivos que le habían inducido a escribir la carta, en
vista de mis contestaciones, consintió en retirarla, como en efecto lo hizo,
y la guardó en su poder después de habérsela entregado yo.”
Parece que el asunto debía haber terminado allí. Pero Balmes murió,
en 1848, y para los ojos vulgares se engrandeció su figura con la muerte, y
muchos que en vida no lo apreciaron en lo mucho que valía, comenzaron
entonces a apreciarlo, y ya cualquiera afirmación a él relativa era cosa
trascendental. Y ocurrió que Antonio Soler, en la biografía de Balmes, dijo
que éste no había tenido la razón de su parte en el asunto aquel de la
separación. Y Blanche-Raffin lo aceptó y agregó, como disculpa... “a lo
más podría censurársele de haber en esta circunstancia llevado hasta el
extremo aquella energía, aquella firmeza de voluntad de que Dios le había
dotado para hacerle capaz de grandes designios”. Y Brusi, en un discurso
que pronunció en el cementerio de Vich al ser colocado el cadáver de
90

Balmes en su primer monumento sepulcral, dijo que “no era exacto lo que
por falta de datos precisos había avanzado algún biógrafo de Balmes, y
habían copiado otros, diciendo que cuando se separó de aquel compañero
dejó de tener la razón de su parte”. Y Soler, dolido de esto, escribió a
Brusi: “Dije entonces que creía bien que Balmes no tenía la razón de su
parte: mas usted supone haberlo yo avanzado o asegurado. Pues bien, le
digo ahora a usted y le aseguro que no la tenía: estoy pronto a probarlo
hasta la evidencia, pues que esta fue mi convicción íntima en 1848, como
lo es ahora mismo... No dudo que usted se convencerá cuando yo le
explique verbalmente todo lo que pasó, pues por escrito no lo diré jamás,
porque tengo sumo respeto a las cenizas de ambos difuntos.”
Como la figura de Balmes ha seguido creciendo y es seguro que aun
ha de crecer más, ya se le considere como filósofo, ya como sacerdote o ya
como hombre, todos sus actos y todas sus cualidades tienen importancia, y
por ello la tiene grandísima este episodio de su vida, que sólo fue un efecto
de su vocación y su potencia; pero que para él fue un doloroso desatar o
cortar de una amistad sincera y fuerte.
Creemos que el asunto quedará totalmente esclarecido con los
párrafos de Brusi, el testigo privilegiado, que copiamos a continuación, y
con una carta de Soler, el acusador, que será como una recusación del
mismo.
Dice Brusi: “Estaba en su derecho, y puedo decir que en su deber, de
hacer lo que hizo.
“Estaba en su derecho por los términos del contrato que había
cumplido con sobreabundancia. Obligar a un escritor que se una a otros
para una empresa determinada, a que no pudiese separarse de ellos una vez
cumplido el compromiso contraído, sería el enajenamiento completo de su
libertad y no se uniría con otro ningún hombre que estimase su dignidad e
independencia.
”Estaba en su deber porque sucedió con La Civilización, como con
casi todas las obras humanas en que median muchas personas. No había
unidad de plan y los trabajos, en vez de repartirse, a menudo se
duplicaban. A la vista tengo los tres tomos de La Civilización y los dos de
La Sociedad.. Repáselos el que los tenga hojeados, mire tan sólo el plan de
materias que arrojan los índices, y el simple buen sentido le señalará lo que
debía hacer Balmes, le patentizará que sintiendo Balmes en su cabeza que
podía hacer lo último no podía cooperar a lo primero. Si no hubiese
seguido desde su niñez los empujes de su ingenio y se hubiese limitado a
la vida rutinaria de la generalidad de los hombres, ni Vich le acabaría de
91

levantar un monumento ni tendría que admirar la España el cúmulo de
obras que forman su orgullo.”
La carta de Antonio Soler es de enero de 1841, anterior, por
consiguiente, a la ruptura de que venimos hablando. Está dirigida a
Balmes, y dice así:
“Barcelona, 1.º de enero de 1841.
”Esta mañana, al llegar mi hermana, la he dado el recado de usted, y
me ha respondido que la daba usted un Napoleón, explicando lo sucedido
ayer de sobremesa, y añadiendo que no volverían más en casa. Esta
explicación me ha sorprendido, pero, componiéndomelo como podía, he
entendido que no volvería hasta la noche a cenar, en cual hora me ha
referido la misma su visita, a que siento no haber podido asistir. Confieso
haberme quedado helado y sin la menor gana de cenar, sólo sí lleno de
despecho sin saber atinar cuál sea la verdadera causa. Usted me conoce y
le conozco yo, todo en el mundo tiene su causa, y bien sabía yo que ni mi
casa, ni mis muebles, ni mi trato, ni mi poquedad, ni mi hermana, ni
cuanto me circunda eran digna cosa para usted; pero ¿podía yo dejar de
ofrecérselo en Vich, y realizarlo aquí, contándole, como equivocadamente
le contaba, cual mi primero y único amigo? Sí, equivocadamente, pues
usted me ha ofendido, usted me deshonra, usted me pone de mal aspecto
con cuantos saben que usted vino a mi casa, y todo esto sin causa que yo
atine ni sepa columbrar.”
Estará bien que quien se sienta ofendido y desengañado se lo
comunique al ofensor, pero no se puede tolerar que quien tiene agravios de
un hombre escriba la biografía de éste para tacharlo de codicioso (como lo
hace en otro lugar) ni se ocupe de él después de su muerte para decir que
“Raimes podía ser justo, mas generoso, no hay noticia de que lo haya sido
nunca” (Carta a Antonio Brusi, 11 de noviembre de 1853).
Soler había visto muy de cerca la vida de Balmes, y a la muerte de
éste no pudo, sin duda, resistir a la tentación de obtener alguna ganancia
con la publicación de una biografía que para él no había de significar un
esfuerzo mayor. Los hombres somos así. También Córdoba y García de los
Santos salieron corriendo a ver quién llegaba el primero a la publicación
de la biografía en cuanto tuvieron noticias de la muerte del héroe. ¿Quién
sabe si pensarían en ello durante la enfermedad?
¿No recordáis a aquel Trifón Cármenes de “La Regenta”, de Clarín?
No recordáis aquellos días amargos que pasó, cuando tenía medio
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terminada una oda a la muerte de don Pompeyo Guimarán y éste no
acababa de morirse?
“¡Duda fatal, incertidumbre impía!
Parada en el umbral, la Parca fiera
ni ceja ni adelanta en su porfía.”
¿Verdad que a veces dan ganas de morirse para dejar de ser hombre...,
pero luego entran ganas de seguir viviendo para que no se ocupen con
libertad de uno?

93

Capítulo X
OTRO POCO DE HISTORIA

Al principio de este libro dejamos a Balmes escondido en el Prat de
Dalt. Antes de empalmar la relación, daremos un pequeñísimo resumen de
la situación de España y especialmente de Barcelona en aquellos años. Con
su recordación adquirirá relieve mayor la valentía de Balmes, que entre
aquellas nubes de motines, incendios, fusilamientos y asesinatos mantenía
públicamente sus opiniones de religión y de orden, hasta que se vio
obligado a huir para conservarse en beneficio de su patria.
La reina doña María Cristina había renunciado a la Regencia; el 10 de
mayo de 1840 juró Espartero el cargo de Regente. Fue nombrado tutor don
Agustín Argüelles, lo que disgustó a María Cristina, que se creía con
derecho a la tutela, y la ex gobernadora empezó a conspirar. Lanzó el
primer grito el general O’Donnell el 27 de septiembre en Pamplona, y le
siguieron otros de las Vascongadas. El propósito era apoderarse de la
Reina y su hermana. Fracasó, y fueron fusilados el general Diego de León
y otros.
En noviembre, en ausencia del jefe militar, Van Halen, se formó una
Junta revolucionaria, que decretó un empréstito forzoso y envió unos
comisionados ante aquel general. Éstos fueron presos por los partidarios de
María Cristina, y entonces los de la Junta acordaron la prisión del Obispo y
otros personajes y el derribo de la Ciudadela. Se recordará que esta fortaleza fue construida por Felipe V para tener dominada a la ciudad que
había luchado contra él. Volvió Van Halen y sofocó la sublevación.
Nuevo movimiento en Barcelona se produjo en 1842. Las causas,
según Aulestia, fueron varias: las continuas crisis ministeriales, la
propaganda republicana que se hacia en las grandes poblaciones y
especialmente algunas cuestiones internacionales de gran trascendencia,
como la del tratado con Inglaterra, en el que se permitía la libre entrada de
todos los productos de fabricación inglesa, con inminente peligro de
destruir la naciente industria catalana.
94

La causa inmediata —sigue— fue insignificante. En la Puerta del
Ángel, unos empleados del Consumo quisieron registrar a un hombre del
pueblo, que se resistió a ello. Se produjo alarma, salieron a la calle los
republicanos, que excitaron al pueblo y a los milicianos a tomar las armas.
Llegó a sublevarse toda la ciudad, alentada por las campanas de todas las
iglesias que tocaban a somatén y por el auxilio que recibía de los pueblos
del Llano. La tropa tuvo que retirarse a los cuarteles de Estudios,
Atarazanas, Ciudadela y Montjuich. Van Halen, acampado en Sarriá y
dueño del fuerte de Montjuich, amenazó con el bombardeo de la ciudad.
La Junta, temiendo la defección de la Milicia nacional, organizó la llamada
'patulea, compuesta por tres batallones de Tiradores de la Patria, y
formada por gente del pueblo bajo. La Junta intimó al general para que
abandonase la provincia y publicaba su programa, que era la reunión de
Cortes constituyentes, formación de una Regencia trina (sin Espartero) y
casamiento de la Reina con un príncipe español.
El general exigió la disolución de la Milicia nacional, a pesar de que
ésta había abandonado a la Junta. Se nombró una nueva Junta, y comenzó
un período de anarquía. El 3 de diciembre el castillo de Montjuich rompió
el fuego, por orden del mismo Regente, que fue desde Madrid para sofocar
la rebelión. El bombardeo duró 12 horas y cayeron sobre Barcelona 1.014
proyectiles, quedando arruinados más de 400 edificios. Estos daños, las
muchas muertes producidas por la revolución, el hambre, la ruina de
muchas familias y el castigo que impuso el Regente a la población, fueron
el resultado de aquella peligrosa aventura que dejó afligida a la gente de
orden y rencorosa a la clase siempre dispuesta a alzarse contra el
Gobierno, que se veía ahora cruelmente castigada por su antiguo ídolo el
Duque de la Victoria.
Los ministerios se sucedían rápidamente, y la vida parlamentaria, con
sus escenas cada día más tumultuosas, hacía más difícil la situación del
Regente. La sesión del 20 de mayo de 1843 se hizo célebre entre ellas, y es
recordada por el famoso discurso de Olózaga que terminó con las frases:
“¡Dios salve al país! ¡Dios salve a la Reina!” A las 48 horas se sublevó
Málaga; la siguieron Granada y Almería, y el ejemplo cundió por toda
España. El día 27 se pronunció en Reus el coronel don Juan Prim contra
Espartero y a favor de la mayoridad de la Reina. El general Zurbano, muy
impopular en Barcelona, salió a combatir a Prim, que se había hecho fuerte
en Reus. Entretanto, se había constituido en Sabadell la Junta central. El
alzamiento se hizo formidable y avasallador, sobre todo cuando Narváez se
pronunció en Valencia, y Serrano y González Bravo se presentaron en
95

Barcelona, donde fueron aclamados, y de acuerdo con la Junta de Sabadell
publicaron un manifiesto en que se destituía al Regente y se nombraba un
nuevo Gobierno con el nombre de Ministerio universal. Barcelona quedó
en poder de los centralistas y expuesta a un nuevo bombardeo, con que fue
amenazada por los generales Zurbano y Seoane. Prim se había fortificado
en el paso del Bruch para cortar la comunicación de las tropas de Zurbano
con la capital. Los generales esparteristas se retiraron.
Los generales que en todas las provincias habían hecho triunfar la
causa centralista sitiaron a Madrid, que fue tomada, mientras en Torrejón
de Ardoz. las tropas de Seoane fraternizaban con las de Narváez, con lo
que el primero quedó preso. Espartero y Van Halen, que sitiaban a Sevilla,
tuvieron que levantar el cerco. Y el 30 de julio, el Regente huyó a
Inglaterra.
Se constituyó un Gobierno provisional, presidido por don Joaquín
M.ª López. El general Serrano, uno de sus componentes, había ofrecido
gobernar de acuerdo con la-Junta central, pero López no quiso gobernar
con más tutelas que las constitucionales, por lo que se hizo impopular.
Barcelona, salvaguardia de la libertad, como entonces se entendía, era
al mismo tiempo lugar de confluencia de la gente exaltada y de mala vida,
siempre a punto de promover revueltas y aprovecharse de ellas. Bastó que
el Gobierno decretase el desarme del batallón franco que se encontraba en
la Ciudadela para que la nueva Junta, formada por elementos
revolucionarios, le devolviese las armas y se apoderase de Atarazanas.
Llegó después el brigadier Prim, con título de gobernador de Barcelona, y
trató de conciliar los partidos; pero esta táctica sirvió para enardecer a los
díscolos, que lograron pronto nuevos colaboradores, siendo éstos, en
primer término, los milicianos nacionales, que representaban una gran
masa armada del pueblo bajo. Con todos ellos se formó una Junta
Suprema Provisional, que el 3 de septiembre publicó un manifiesto cuyas
líneas principales eran “Constitución, Isabel II, Independencia nacional y
Junta central”. A estos sublevados se les dio el nombre de jamancios. La
Junta empezó por condenar a muerte a los ciudadanos que maquinasen
contra ella. Desde Atarazanas abrieron fuego contra la Ciudadela. La Junta
se hizo dueña de la ciudad y destituyó a Prim.
Entre tanto la sublevación se había extendido a San Andrés de
Palomar, Masnou, Mataró, Arenys de Mar, Igualada y Figueras. El día 19
las tropas nacionales sitiaron la ciudad, apoderándose de San Andrés.
El 1.º de octubre circuló la voz de que las baterías de la Reina
bombardearían la ciudad, y el pánico se apoderó del pueblo. A mediodía y
96

durante cinco horas las baterías de Montjuich, la Ciudadela, el Fuerte Pío,
y el de Don Carlos dispararon sus cañones contra la ciudad. Aquella
madrugada Balmes había salido a pie de Barcelona. Ya otra vez había
pasado unos días en el campo, y antes, una temporada en Vich.
Con esto, enlazamos nuestro relato con el comienzo de este libro.
Balmes está escondido en Prat de Dalt, meditando. No tardará en
cristalizar sus meditaciones en la más popular de sus obras.,
Pero antes de terminar este capítulo, sinteticemos el concepto de
Balmes sobre Espartero y el estado general de España:
“La entrada de Espartero en Barcelona el día 13 de julio de 1840
reveló a todos los hombres lo que podía esperarse de su desinterés...,
recogiendo con avidez las aclamaciones de la incauta multitud... Olvidado
de su dignidad, se dejaba manosear por los mismos hombres a quienes dos
años después fusilaba bárbaramente en la explanada, después de haber
incendiado las fábricas en que se libraba la subsistencia de aquellos
desgraciados... En la severidad de muchos rostros bien debió de leer que
en presencia de una señora y de una Reina no era ésta la conducta propia
de un militar y de un caballero.
”Cuando un historiador desee caracterizar en breves palabras la
regencia única, dirá: “Nombrado regente el general Espartero, estuvo
muchos días sin saber cómo organizar un ministerio; y al fin salió con el
nombramiento de seis hombres medianos, cuyo único pensamiento de
gobierno fue presentarse humildemente a las Cortes nacidas de la
revolución implorando apoyo.”
El movimiento de Barcelona, según Balmes, no fue republicano, ni
carlista, ni cristino, sino una cosa confusa, que todos aceptaban porque
presentían que era contraria a Espartero. Tomó parte en él la inmensa
mayoría de la población, lo que debía haber hecho considerar a Espartero
“que una ciudad de ciento sesenta mil almas no es probable que se arroje
en masa a una infamia”.
Y en 18 de julio de 1843 escribía: “Le hablé mucho del despotismo,
de la tiranía de Espartero...; cuando venga la historia con su calmosa
imparcialidad..., ni hallará en la figura de Espartero aquellos rasgos
terribles, pero grandes, que suelen distinguir a los hombres de fortuna que
se apellidan déspotas y tiranos. El carácter dominante de la regencia única
no ha sido la tiranía, sino la impotencia gubernativa. Nada de osadía, nada
de arrojo: el valor que, según es fama, tenía Espartero como soldado, no lo
ha tenido como gobernante.”
97

Capítulo XI
“EL CRITERIO”

Lector: en el capítulo II habíamos dejado a Balmes en el Prat de Dalt,
huido de Barcelona y meditando sobre toda su vida pasada, meditación que
era en él ya un hábito y que era más natural aún en aquel grave momento.
Cuentan los biógrafos que se pasaba el día en el escondite-biblioteca,
de donde no salía más que para decir misa, comer y dormir. Un espíritu
como el suyo es fuerte en todo lugar y no necesita compañía, o mejor
dicho, está siempre acompañado, porque no hay compañía como la
meditación. Uso poco frecuente en los hombres el de meditar, y menos aún
en esta desasosegada i raza nuestra, en que la evidente viveza del ingenio
está compensada, debilitada, por la ligereza del juicio. No solemos estar
habituados a tener la atención durante tiempo considerable puesta sobre un
mismo tema. El español, por regla general, sólo piensa] con intensidad
sobre un punto cuando está discutiendo, porque] entonces el amor propio
le hace agarrarse a las ideas, para quedar encima del adversario. Quizás
por eso somos tan aficionados a discutir y quizás por eso hemos inventado
lo de que de la discusión brota la luz, cuando lo que suele brotar es otra
cosa. El único beneficio que produce la discusión es ese: que suple, aun]
que con muchas deficiencias, a la meditación.
Allá en el perfumado silencio del monte, Balmes examinaba su alma
y su vida, y su cerebro, como todos los cerebros emisores cuando se ven
recluidos, se fue llenando de ideas y sintió la necesidad de esparcirlas por
el mundo. Y Balmes requirió la pluma, que era su antena. Así Cervantes
con el Quijote, así el Arcipreste de Hita con el Libro de Buen Amor, así
López de Ayala con el Rimado de Palacio. |
¿Qué misterioso engarce de ideas le llevó a escribir entonces sobre
las reglas del pensamiento humano? ¿Qué obscuridad o qué faltas
encontraría en su alma que le llevaron a ver de remediarlas en los otros?
Un día, Balmes se sienta ante la mesa del escondite, y sobre una hoja
de papel trazó una sinopsis de lo que, sin duda, estimaba él y de lo que, sin
98

duda, fue para él, si no el tema fundamental, sí la causa más poderosa de
las que le hicieron escribir el libro.
“La humildad es la verdad. El orgullo hace aborrecible; la vanidad,
despreciable. La vanidad es la pasión más general. El orgullo va
acompañado de una erección de ánimo; lleva brío; supone fuerza, física o
moral, o seductora; es agresor. La vanidad es la complacencia en la
alabanza; se aviene con la debilidad; los niños, los viejos chochos, los
miserables.
”La vanidad, como toda pasión, sacrifica lo futuro a lo presente, lo
sólido a lo brillante, la utilidad al placer. Por lo mismo, no es madre de
grandes cosas. El amor de la gloria; quien tiene bastante fuerza de ánimo
para esperarla póstuma o muy lejana, con más trabajo y otros auxilios,
sabría despreciarla. El móvil de los que han hecho lo primero no era
solamente la vanidad.
”El orgullo supone erección, engreimiento. Tomándose a veces en
buen sentido, se dice noble orgullo, mas no noble soberbia, noble
vanidad; soberbio edificio, soberbio discurso, etc., mas no orgulloso
edificio, vano edificio. Orgullo, substantivo o aplicado directamente al
hombre, como orgulloso de pertenecer a la familia española, etc., se toma
en buen sentido. Soberbio, en sentido propio, se toma mal; en metafórico,
bien; vano y vanidad, siempre mal. Quizás en la etimología podría hallarse
la razón. Oculos sublimes (Prov. 6, 17). Ubi fuerit superbia, ibi erit et
contumelia (Prov. 11, 2). Inter superbos semper iurgia sunt (Prov. 13, 10).
Domum superborum demolietur Dominus (Prov. 15, 25). Abominatio
Domini est omnis arrogans (Prov. 16, 5). Antequam conteratur, exaltatur
cor hominis; et antequam glorificetur humiliatur (Prov. 18, 12). Vide alia
et alio.
”Los caracteres fuertes propenden al orgullo; los débiles, a la
vanidad. El amor de la gloria es la vanidad en mayor escala. Esta pasión es
la misma; pero se modifica por el sujeto y el objeto. El hombre se
envanece del valor; la mujer, de la hermosura; uno y otra, del saber: todo
es vanidad; el artesano, de sus humildes artefactos; el guerrero, de sus
conquistas; el sabio, de sus obras; el hombre de Estado, de su política: todo
es vanidad.
”Hay vanidad que no se muestra, tiene la hipocresía. Hay la previsión
de lo ridículo. Es propio de los avisados, lo contrario de los candorosos en
demasía. Hay hombres que tienen una vanidad que se conoce, y a veces la
injusticia de ella; entonces gana el más astuto. El avisado conserva su
reputación; el tonto se ridiculiza.
99

”Hay hombres vanos por carácter: se proponen siempre producir
efecto. Se ocupan continuamente de sí mismos. El orgullo se ofende, se
indigna. La vanidad se abate y contrista si le falta la lisonja. A falta de
otros, él propio toma buenamente el incensario, sin reparar que sea, al
mismo tiempo, ídolo y sacerdote.
”¿Cuál es la causa de que tengamos más vanidad de las cualidades
naturales que de las adquiridas? Hombre de talento: envanece. Aplicado,
no, a no ser que sea expresivo de la fuerza de carácter. Un estudiante que
se luce, procura hacer creer que lo hace sin estudio. Aquí se aplica muy
bien: Quid habes quod non aecepisti?, etc. Lo adquirido supone mérito; lo
natural, no; ¿por qué, pues, lo primero envanece más que lo segundo? Helo
aquí: el estudiante se envanece también del saber; pero la suposición de la
capacidad se extiende a lo que resta por saber; y así, ya que no se tenga el
acto, se complace en que se le reconozca la facultad. La vanidad es de
suyo una ilusión; es el placer que recibimos de lo que piensan sobre
nosotros los demás; y así, la idea de una calidad natural nos hace saborear
el pensamiento de que a nosotros nos llevan a otras esferas, si no por lo
que somos, al menos por lo que podemos ser. Esto tiene algo de vago,
indefinido, susceptible de mucho ensanche, de exageración: es una
potencia, y éstas no están sujetas a mesura tan estrictamente como los
actos. En breve: nos agrada engañarnos y engañar. Pagamos, si no con la
realidad, al menos con esperanza. En faltando la caridad natural, se supone
que no es mucho lo adquirido. N. B.
”No es cierto que nos complacemos más en lo natural que en lo
adquirido. Sería menester comparar dos cosas que fueran de igual
estimación entre los hombres. Dos aritméticos iguales, uno por natural,
otro por estudio; pero en el primero se supone la ciencia más la capacidad;
en el otro, no.
”Los hombres confiesan a veces que no saben, pero nunca que sean
tontos: en lo primero no puede haber duda en ciertas clases; en lo segundo
es más fácil. Si dicen que no tienen disposición para una cosa, indemnizan
con respecto a otra.
”El barómetro de nuestra vanidad es lo que causa más efecto; que
excitará más estimación o interés por nosotros. Entre militares, el valor, y
después vienen las otras cualidades; entre calaveras, la disipación; entre
mujeres, la hermosura; entre ancianos, el juicio; entre mozos, la gallardía;
entre sabios, la sabiduría; entre poetas, el estro; entre devotas, la devoción;
entre estudiantes, el talento, etc., etc. Todo es relativo. El estudiante, entre
sus iguales, procura abultar el talento; entre sus superiores, la aplicación.
100

”La humildad es la verdad. No nos permite exageración de lo que
somos. Nos recuerda de dónde lo recibimos. No se opone al cuidado de la
buena reputación moral. Consiente que deseemos ser reputados buenos;
pero no que seamos buenos para ser reputados. Esto es tan justo y
razonable, que nadie se atreve a decir que haga el bien para adquirir
reputación; si lo hace por esto, lo disimula.”
Se ignora si hizo más guiones: sólo constan los párrafos anteriores,
que aparecen en la edición de sus Obras completas.
Después, no se sabe qué concatenación de ideas lo llevó a establecer
un sistema para dirigir las facultades del espíritu humano... Un día,
reposado el cuerpo y fresca el alma, con la serenidad que dejan la larga
meditación, el reciente peligro evitado y la paz y, ¿por qué no decirlo?, el
oxígeno del campo, Balmes escribió al principio de una hoja de papel: “El
pensar bien consiste o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento
por el camino que conduce a ella.” Empezaba a escribir El Criterio. Sin
libros y en cosa de un raes lo escribió. Así es de sincero el libro, y así se ha
hecho popular. Es tan claro y tan preciso, que, con no ser elegante su
estilo, sabe a literatura clásica. De vez en cuando se nota que el autor ha
leído mucho a Cervantes y a Fray Luis de Granada; otras veces —cada vez
menos, en el conjunto de sus escritos— se ve que no fue el castellano su
primera lengua.
En la fachada de la casa del Prat de Dalt de San Felíu de Codinas fue
colocada en 1906 una lápida en la que consta que, retraído en aquella casa,
en 1842, “escribió el Dr. D. Jaime Balmes su famoso libro “El Criterio”.
El P. Casanova dice a este propósito: “La fecha es ciertamente
errónea. Auténticamente sabemos por el propio Balmes que en el
bombardeo de 1842 no se movió de Barcelona... El error vino de García de
los Santos, que puso también aquella fecha, aunque en seguida se corrige
diciendo que el hecho ocurrió durante la revolución centralista, que
ciertamente fue el año 1843. El error es fácil de enmendar, y esperamos
que los buenos propietarios del Prat de Dalt querrán hacerlo por el gran
respeto y reverencia con que conservan la memoria del hecho que liga
gloriosamente el nombre de Balmes con su casa solariega.”
Cuenta con orgullo García de los Santos que un día, paseando por
Madrid, hizo notar a Balmes que el libro estaba tan sistemáticamente
pensado y escrito, que leyendo seguidamente el primer punto de cada
apartado se seguía perfectamente el hilo de la obra, y que Balmes sonreía
satisfecho al comprobarlo. Este es uno de los rasgos más característicos del
espíritu y del procedimiento de Balmes: la línea recta, la luz. Como que si
101

no fuésemos enemigos de las frases de moda, nosotros habríamos titulado
esta biografía Balmes, o la claridad.
Rendida Barcelona a las fuerzas gubernamentales, Balmes volvió a la
ciudad. Consta que el día 22 de noviembre estaba ya en su casa, porque allí
lo encontró Blanche-Raffin. Por cierto que en su cuarto, calle de Aray,
número 7, había estallado una bomba bajo el sofá en que Balmes solía
echarse para escribir o dictar.
Vivía entonces en Barcelona don Juan de Zafont, popularísimo abad
de San Pablo, y se cuenta que cuando leyó El Criterio exclamó: “¡Dichoso
bombardeo, que nos ha dado una obra como esta!”

102

Capítulo XII
CÓMO ERA BALMES

Según García de los Santos, “era de alta estatura, delgado de cuerpo,
de piel blanca, y fina y delicada; su cara era ovalada; su frente, muy ancha,
aunque no muy espaciosa, saliente y cortada por las caras laterales de la
cabeza; presentaba la rara originalidad de formar un ángulo casi recto con
cada uno de los lados y no obtuso o en línea curva, como generalmente
sucede... El ángulo facial llegaba a los 90o... Sus ojos, desmesuradamente
grandes y rasgados...; durante algunos instantes de silencio tocaba
suavemente los labios con la extremidad del dedo índice”.
Roure lo describe así: “Era de estatura elevada, aunque no excesiva,
delgado de cuerpo, escaso de musculatura; ovalado el rostro, la tez pálida,
fina y delicada; los labios un poco abultados, los dientes blanquísimos, la
nariz regular, ligeramente deformada por la cicatriz de la herida que
recibió en su juventud; los ojos grandes, rasgados, negros y penetrantes,
con la expresión profunda del fuego intelectual; la frente, espaciosa, se
adelantaba bruscamente formando en cada una de las sienes un ángulo
recto; el ángulo facial llegaba a los 90º; la barba, irregular como la frente,
cuidadosamente afeitada, de puro cerrada y por ser el pelo casi negro,
como el cabello, teñía de azul el rostro hasta los pómulos, que a veces
ostentaban una ligera rubicundez. En conjunto, su fisonomía causaba, a
primera vista, más que un afecto de atracción y simpatía, un sentimiento de
reserva y de respeto; tenía cierta rudeza, consecuencia tal vez de la educación y propia de la raza; pero tenía también la misteriosa expresión de la
inteligencia y del genio. Cuando se hallaba entre personas de su intimidad
y confianza, su rostro era el claro espejo en que se reflejaba el alma; si se
trataba de asuntos familiares, descubría una mezcla de candor, de viveza,
de melancolía y de fuerza de alma; si se debatían altas cuestiones de
política y moral social, particularmente relativas a su patria, tomaba un
aspecto majestuoso e imponente, en presencia de personas desconocidas;
el mismo semblante parecía cubrirse de un velo impenetrable.”

103

Y, según Córdoba: “era D. Jaime Balmes de talla más que regular,
delgado y de musculatura poco desarrollada, los labios algo abultados y
cuando hablaba o reía asomaban unos dientes blanquísimos, los cabellos
castaño-oscuros, la cara pálida, con alguna rubicundez en los pómulos, la
frente espaciosa y lisa, los párpados muy abiertos; en sus ojos rasgados,
negros y vivos, brillaban la inteligencia y el genio; su mirada penetrante,
con una expresión indefinible; su aspecto agradable y majestuoso con
naturalidad”.
Siempre fue opuesto a dejarse retratar. Cuenta Córdoba que el doctor
Corral —que en Madrid lo curó de una enfermedad herpética— le rogó
que permitiese a Ponciano Ponzano, escultor pensionado en Roma por el
Gobierno español, hacerle un retrato. Balmes accedió después de muchos
ruegos y sólo por no desairar al médico. No se sabe qué haya sido del
retrato.
Según García de los Santos, en un viaje que hizo Balmes a Barcelona,
a fines de 1845, le suplicaron que se dejara retratar; se negó abiertamente;
pero hubo un aficionado que trazó de memoria las facciones del sabio,
perfeccionando su dibujo desde la tribuna de la iglesia donde Balmes decía
misa. En aquel retrato hay la semejanza que tienen las buenas caricaturas.
Según Vilaplana (Iconografía; publicada con la biografía de
Sadurní), en 1844, estando Balmes en Barcelona con su familia, recibió
todas las tardes la visita del señor Gallés, pintor miniaturista que después
ingresó en la Compañía de Jesús. Gallés era muy amigo de la familia de
Balmes, y manifestó repetidamente al filósofo el deseo que tenía de hacer
su retrato. Jaime se negó siempre. Con todo, el señor Gallés hizo un retrato
en miniatura en una placa de marfil; pero lo hizo de memoria, sin que
Balmes se enterase.
García de los Santos cuenta que, para publicarlo con la biografía que
tenía proyectada, pidió a Balmes que se dejase hacer un retrato por don
Federico de Madrazo, que tenía deseos de ello. “Visitó un día a este
distinguido pintor y, al ver la asombrosa facilidad y perfección con que
pintaba, consintió en retratarse. Para hacer menos molestos los breves ratos
que el señor Madrazo dedica a esta clase de trabajos, y para sacar el parecido con una expresión de naturalidad y de poesía con que embellece el
señor Madrazo sus obras, le encargaba fuese acompañado de un amigo, o
procuraba él citar alguno de los suyos (uno de éstos fue el señor
Campoamor), con el objeto de que estuviese animado por la conversación
mientras lo retrataba.”
104

En conjunto, y según el completo estudio que hace Vilaplana, los
datos biográficos que nos han de merecer más confianza son los retratos
pintados por los señores Gallés y Madrazo. Pero el del primero tiene varios
defectos (como hecho de memoria), y el segundo fue casi siempre
reconocido por la familia Balmes como el más exacto.
La biografía de García de los Santos lleva una reproducción
litográfica del retrato pintado por Madrazo. Otra reproducción apareció en
una edición alemana de las Cartas a un escéptico,. publicada en
Regensburg en 1882, y la familia Balmes publicó una reproducción en
tricromía del mismo retrato. Por último, en el tomo II de la tantas veces
citada Biografía, del P. Casanovas, aparece una reproducción en color de la
obra de Federico de Madrazo.
Según el biógrafo Roure, “en Vich y en Barcelona, salvo cuando las
circunstancias aconsejaban otra cosa, y en todas partes cuando iba a
celebrar el santo sacrificio de la misa, vestía traje talar. En Madrid, para las
visitas y el paseo, vestía de seglar y usaba traje negro de levita o gabán,
chaleco y corbata de raso, guantes y bastón; el paño era excelente y las
hechuras correctas; de un cordón de seda negro, llevaba pendiente un reloj
saboneta cilindro, de oro; en su casa usaba alzacuello, y en invierno salía
algunas veces de capa. De la limpieza, compostura y decoro de su persona,
tuvo siempre especial cuidado. Era reposado su andar, y su continente
revelaba como una majestad interior y a la vez un sentimiento de vaga e
indefinible tristeza. En la distinción y la gravedad de su porte, producto de
sus relaciones sociales, su cultura y su elevada educación intelectual, no
había nada de afectación.
El alma de Balmes. —Al llegar aquí sentimos el temor de haber
emprendido un trabajo que excede de nuestras fuerzas. Parece que el que
analiza ha de ser superior a lo analizado. Si esto fuese cierto, no nos
quedaría más que dimitir. Pero si, reconociéndonos inferiores a la mujer
amada intentamos escudriñar los rincones de su corazón, si hasta nos es
lícito, en la medida de nuestras fuerzas, estudiar a Dios, ¿por qué, con toda
modestia, no hemos de emprender el análisis de un espíritu humano,
aunque empecemos por declarar que nos consideramos muy inferiores a
él? Con esta idea nos lanzamos al estudio de Balmes, confortados, además,
con el pensamiento de que lo que intentamos nosotros no es en realidad un
análisis de aquella alma privilegiada, de que no nos proponemos verla en
conjunto, comprenderla —lo cual sí requeriría superioridad en nosotros—,
sino que lo que pensamos hacer es iluminar algunos aspectos de aquel
espíritu potente, bien como quien reconoce parcialmente una montaña para
105

tener una idea general de su constitución y de algunos accidentes, sin
intentar el escalamiento de la cumbre para observar la montaña toda desde
lo alto.
Tampoco nos agradaría caer en el defecto de la excesiva admiración.
Dice Lord Macaulay (Essays: William Pitt, Earl of Chatam), que todas las
especializaciones son viciosas, y que así como cada oficio polariza las
facultades del hombre en cierto sentido, así el que se dedica al estudio de
un gran hombre acaba por no ver en él más que méritos y queda
inhabilitado para reconocer sus faltas. Algunos de los biógrafos de Balmes
ha caído en esta polarización. Nosotros hemos procurado desde el principio huir de ella, y mirar siempre a nuestro héroe como un hombre que
camina con la frente en las nubes, pero con los pies en la tierra. Ahora,
que, con toda imparcialidad y desapego, hay que reconocer que Balmes
tenía tan poco contacto con la tierra, que de él puede decirse que “su
cuerpo era un pretexto para que su alma pudiese vivir en este mundo”. Sus
declarados enemigos, decididos a perderle —como él mismo pensaba—,
no se atrevieron a inventar más que groserías como aquella de que en su
pueblo le habían apaleado una vez con motivo de unas elecciones o que
era demasiado amigo de los carlistas..., o que era demasiado amigo de los
liberales. Con sólo estas dos acusaciones contradictorias, ya se puede saber
para siempre cuál sería su imparcialidad y su pureza. Y en cuanto a otra
materia, respecto de otras faltas que serían gravísimas en un sacerdote, ni
aun sus calumniadores osaron nunca relacionar con nuestro héroe (hasta la
negativa parece profanación) ni una sombra de mujer más que la
bienhechora de su madre.
Se puede afirmar, como síntesis suprema, que Balmes era un orgullo
refrenado por Kempis. Cuando el orgullo se funda en una verdadera
superioridad, no puede ser ridículo, y no puede ser pecado cuando no es
consentido.
No habrá que ponderar su superioridad. Basta con conocer sus obras.
Basta con saber que Balmes ha sido el único filósofo sistemático español.
Basta su voluntad prodigiosa. Basta la pureza de su vida. Basta su amor a
España. Basta el constante dominio de sus pasiones. De esta superioridad
es hijo necesariamente el orgullo. Balmes era orgulloso. ¿No recordáis
cuando, de niño, lloraba si perdía puesto en el colegio y no cesaba su pena
mientras no lo recobraba? ¿No recordáis cuando jugaba al ajedrez, en
Cervera, con su compañero de cuarto? El ajedrez tiene el inconveniente de
que quien pierde la partida no le puede echar la culpa a la suerte, puesto
que juega con elementos iguales a los del contrario, y así la pérdida parece
106

ser muestra de inferioridad intelectual... como no sea que el perdidoso
alegue que le duele la cabeza o el estómago. Pues las partidas de Balmes
con su amigo solían terminar en discusiones, al final de algunas de las
cuales salió el tablero por el balcón del cuarto. Después, hombre maduro,
sacerdote disciplinado, siempre estuvo dispuesto a someterse
intelectualmente a la autoridad de la Iglesia; pero mirad con qué esfuerzo:
“Si algo se encontrase en ella que mereciese la desaprobación de la Santa
Sede (no nombra el libro; pero se refiere a El Protestantismo), vea Y. E.
que yo pueda saberlo, que enmendaré, corregiré, retractaré lo que hubiese
que enmendar, corregir o retractar. Dios, que me da la gracia de tenerlo
firmemente resuelto, me concederá la fortaleza para ejecutarlo” (carta
escrita por Balmes al limo, señor don Fernando de Echanove, arzobispo de
Tarragona, en 4 de mayo de 1843).
García de los Santos nos dice: “No tenía afición a la lectura de
novelas ni a otro género de literatura más que a las biografías, y leía con
entusiasmo las de los grandes hombres..., participaba de una alegría
indecible cuando leía que el héroe había conseguido un triunfo sobre
aquello que discutía, meditaba o había proyectado.”
La misma carta de Antonio Soler, que ya hemos copiado aparte, nos
lo muestra indignado porque la hermana de aquél no había querido
cobrarle el hospedaje.
Y según el propio Soler, que lo trató durante mucho tiempo, Balmes
dijo “no conocer nada más grato ni sentirse un placer más vivo del que se
experimenta cuando se ejerce influjo sobre los hombres por el ascendiente
de la verdad; y del que se halla al considerar que, escrita una palabra, se
tiene una seguridad profunda de que dentro de pocas horas volará a
grandes distancias y vibrará en millares de espíritus para producir una
convicción o excitar una simpatía”.
Ya copiamos trozos de una carta que escribió desde París, en la que
claramente se veía la fuerte irritación producida en él por las erratas que
estropeaban su trabajo. Leamos ahora la contestación de Puig y Esteve a
una reprimenda.
“Ya que en la carta que ha dirigido V. a Ferrer dice V. que yo soy el
más culpable de los errores que en los pliegos tirados aparecen, voy a
contestar a V..; A nadie se le hubiera ocurrido presentar un original, escrito
con letra microscópica, en papel de cartas, transparente y en que las líneas
estuviesen metidas... Así no sería extraño que esos dos o tres errores que
tanto han amostazado a V. fuesen de pruebas que no han venido... sería yo
muy capaz de decir que me han pasado por alto esos errores, del mismo
107

modo que le pasaron a V. en el primer tome v en algunos discursos de La
Civilización..., cuando después de mentar solamente dos, y como deseando
echar en cara algo más, se ocupa V. de la substitución de la x por la c s: es
muy pobre esto... Toda la desazón de V. parece que se reduce a que tal vez
no se corrijan las pruebas con calma y buen deseo. En esto está V. muy
equivocado... si no, diría algo sobre la venganza que hemos tomado
porque no nos ha escrito V. y sobre las cartas que dice nos escribirá...
¡Ah, Doctor, Doctor, que no sabe V. tratar a les amigos!”
En abril de 1838 escribía a los redactores del periódico La Paz,
porque había leído en su sección de Variedades cierto artículo que creyó
censurable:
“...al leer el artículo de Variedades, inserto en el número del siete del
corriente Abril, me ha ocurrido la improvisación que remito a la vuelta y
por el mismo conductor, sin curarme de enmendarla. Yo me figuro que la
Redacción habrá sido sorprendida; pero por lo mismo V.V. no pueden
excusarse de insertar este nuevo escrito en contestación a aquél. Es una
reparación que debe el periódico al Catolicismo ultrajado, a la verdad histórica neciamente destrozada, y sin ella quedaría ciertamente muy mal
parada la reputación de su periódico, así en lo religioso como en lo
literario. La responsabilidad literaria va por mi cuenta, que para esto pongo
entero mi nombre y apellido: ésta es una costumbre que sigo en mis
composiciones en verso, y lo mismo haría siempre, si quisiese publicar
algo en prosa, y añadiré de paso que esta costumbre, si se generalizase,
sería un excelente coercitivo para tantos escritorzuelos, que encubiertos
ahora con el velo del anónimo o con iniciales que nadie conoce ni descifra,
acometen las más altas cuestiones religiosas, morales, sociales y políticas,
sin contar con más fuerzas que su audacia ignorante.”
Y en la improvisación que remitía, desafiaba así al articulista:
“...porque fuera largo,
y para versos no es cosa:
pero entienda, sin embargo,
que, si quiere, es a mi cargo
el decírselas en prosa.
A la palestra le invito,
y eso sirva de cartel,
sirva de cartel, repito,
que a propósito un poquito
he derramado la hiel.
108

..........
Pues, señor articulista,
no se encubra con misterio;
presentarse aquí a la vista,
y seguiremos su pista
en prosa de tono serio.
En no sabiendo escribir,
vale más dejar la pluma,
que es mejor nada decir
que no columnas henchir
con veneno y con espuma.
Aunque escriba V. en La Paz,
sea V. un poco guerrero,
que yo, a fuer de caballero,
de todo el mundo a la faz
escribo mi nombre entero.”
Parece ser que el articulista desconocido no contestó. Era natural que
se escondiese al ver aparecer a Balmes lanza en ristre.
Ya veremos en este mismo capítulo lo satisfecho que estaba de su
obra y del rendimiento económico de ésta.
En resolución, era hombre que valía mucho y que de ello estaba bien
enterado. No hemos de extrañar que se enorgulleciese, cuando vemos
constantemente a nuestro alrededor soberbios pingüinos que presumen de
literatos sin saber gramática; de oradores sin leer un libro; de hombres de
mando cuando sólo son hombres de mal genio; de virtuosos cuando sólo
son fríos o cobardes... gentes sin pasiones o entregados a éstas, corazones
que nunca han luchado consigo mismos y que no se elevan a Dios sino
cuando sienten el escalofrío de la muerte.
Por otra parte, es notorio que Balmes vivía —puede decirse— con el
Kempis en la mano. Todos sus biógrafos coinciden en decir que el libro
estaba siempre sobre su mesa. Consta que cuando Balmes Huyó de
Barcelona al campo en 1843, llevaba por toda impedimenta tres libros, uno
de los cuales era el Kempis. Y él mismo nos dice que siempre que leía un
libro prohibido (para lo cual estaba autorizado) sentía la necesidad de
darse una lectura del fraile alemán. Dada su admiración por Fray Luis de
Granada, es de suponer que sería la traducción hecha por éste la que él
usaba a diario.
109

El Kempis... No intentamos descubrir a Kempis, aunque quizás no
estaría de sobra explicar cómo lo descubrimos nosotros y el efecto que en
nosotros produjo el descubrimiento, los muchos beneficios de todo orden
que le debemos a pesar de que no somos sacerdotes, ni místicos, ni
siquiera ascéticos, cómo, durante el tiempo en que hemos escrito este libro,
hemos pensado muchas veces que si hubiéramos contado con más caudal
espiritual y literario habríamos hecho el libro de tal modo que en el centro
no' llevaría la figura de Balmes, sino la de Kempis.
Pero no podemos menos de estampar aquí la observación de que el
Kempis es todo lo contrario de los libros estimulantes que, más o menos
directamente, nos han venido de Norteamérica. “¡Sé orgulloso!”, dicen
esos libros, “repítete constantemente que triunfarás, sé ambicioso; de los
que luchan es la vida...” y Kempis. “despréciate a ti mismo; desprecia
hasta la misma ciencia si no conduce a Dios; procura ser el último en
todo”.
Y en cuanto al aspecto terrenal de la vida, contra la teoría de
constante irritación que levantan aquellos libros, Kempis establece la suya
inconmovible: “En resistir a las pasiones se halla la verdadera paz del
corazón y no en seguirlas”, “y no hay otro camino para la vida y para la
verdad y entrañable paz, sino el camino de la santa cruz y continua
mortificación. Ve donde quieras, que no hallarás más alto camino en lo alto
ni más seguro en lo bajo”. “Dispón y ordena todas las cosas según tu
parecer y querer, que no hallarás sino que has de padecer algo por fuerza o
de grado y así siempre hallarás la cruz.” “Si desechas una cruz, sin duda
hallarás otra, y puede ser que más grave”, “porque toda esta vida mortal
está señalada de cruces”. “Si te dispones a hacer lo que debes, conviene a
saber, a sufrir y morir, a la hora te hallarás mejor, y tendrás paz.”
Cierto amigo mío tenía cuatro hijos. Muchas noches soñaba que se le
había perdido uno de ellos, y después de estas angustiosas e inacabables
peripecias del ensueño, lo encontraba, y cuando ya se veía feliz por tener a
sus cuatro hijos juntos, notaba que se le había perdido otro, y se lanzaba en
su busca, y cuando lo hallaba, ya se le había extraviado otro hijo. Y así
siempre. Pues yo creo que la sustancia de Kempis es que para conseguir la
paz del corazón es necesario convencerse de que nunca lograremos ver
juntos a nuestros cuatro hijos, sino que es esencial en el hombre el no tener
más que tres de los hijos y la angustia del otro.
En toda la vida de Balmes se ve claramente la huella de Kempis.
Hasta en su aislamiento. “No descubras tu corazón a quien quiera... Con
los mancebos y extraños conversa poco... No tengas familiaridad con
110

ninguna mujer, mas encomienda a Dios todas las buenas.” “Si te apartaras
de pláticas superfluas, y de andar en balde y de oír nuevas y
murmuraciones, hallarás tiempo suficiente y aparejado para pensar buenas
cosas... Dijo uno, cuantas veces estuve entre los hombres, volví menos
hombre.” “En el recogimiento hallarás lo que pierdes muchas veces por de
fuera: el rincón usado se hace dulce.” ¡Cuántas veces repasaría Balmes en
su privilegiada memoria estas máximas de Kempis!
“Había aprendido a dominarse mucho por no faltar a los deberes que
para Dios, para sí mismo y para con los demás hombres le imponía la
religión —dice García de los Santos—. “Sin embargo, como su
sensibilidad era tan exquisita, tan vehementes sus pasiones, y tenía en tan
alto grado la idea del honor, cristianamente considerado, las ingratitudes o
las injusticias que sufría le impresionaban fuertemente, y entonces usaba
de una frase que ya otra vez hemos citado: “El corazón chorrea sangre.”
Así era Balmes, y eso es verdaderamente ser bueno. Lleno de
pasiones fuertes, sí; pero acorraladas por la fe. Dice otro biógrafo que, sin
la Religión, Balmes habría sido un hombre terrible, y yo digo, con
Chanfort, que sólo llamo bueno al que tiene potencia para ser malo. Lo
demás es llamar virtuoso al que no bebe porque no le gusta el vino o al que
no fuma porque el tabaco le produce náuseas. “El fondo de su carácter —
dice Blanche-Raffin— lo formaba una sensibilidad velada y comprimida
que atraía y removía fuertemente las simpatías. Por efecto de la
abnegación cristiana y bajo la presión de la voluntad, esta sensibilidad se
había plegado a las reglas de la razón austera.” El mismo Balmes decía de
Pío IX: “Reúne dos cualidades: mucha sensibilidad y completo imperio
sobre sí mismo... Estas son precisamente las dos cualidades que forman los
grandes caracteres, esos caracteres tan raros en el mundo.”
Gran polvareda levantó la siguiente afirmación de Soler: “También
hay quien le ha tildado de ambición en muchos actos de su vida, no menos
que de codicioso... Mas en cuanto a lo último, sólo diré que no es extraño,
sino muy natural, que una persona que ha sufrido muchas privaciones y
que a fuerza de trabajo ímprobo adquirió independencia, nombre, honor y
riquezas, sea muy celoso de todo esto, y pase tal vez un poco los límites de
lo justo.”
Nadie negará el empeño de Balmes en reunir dinero; pero no se
comprende por qué Soler le encuentra a este afán una explicación tan
rastrera.
Es evidente que Balmes quería hacerse rico y que tenía excelentes
condiciones para lograrlo. Se le conoce en el modo de contratar, se le
111

conoce en el aprecio que hacia de sus obras en el aspecto económico. Su
talento estuvo siempre pegado a la realidad, y cuando se proponía
esclarecer un problema filosófico, pronto lo ponía al alcance de todas las
inteligencias, así como cuando se propuso hacer producir dinero a sus
libros y al mismo dinero que éstos producían, sin esfuerzo lo lograba.
Como en el biógrafo es condición indispensable la sinceridad,
copiamos estas tres cartas suyas, dirigidas al marqués de Remisa en 9 de
diciembre de 1844, 19 de febrero y 22 de abril de 1845:
“Muy señor mío y de todo mi aprecio: Aprovechándome del
ofrecimiento que V. tuvo la bondad dé hacerme, le remito a V. 10.000
reales vellón, esperando que por el tiempo que permanezcan en poder de V.
se servirá abonarme el interés que considere justo.”
“Muy señor mío y de todo mi aprecio: Adjunto le remito a V. veinte y
dos mil reales vellón, esperando que con arreglo a lo que tenemos
convenido, se servirá V. abonarme por ellos el interés del seis por ciento al
año.”
“Muy señor mío y de todo mi aprecio: Adjunto le remito a V. ocho
mil reales vellón, esperando que, con arreglo a lo que tenemos convenido,
se servirá Y. abonarme por ellos el interés del seis por ciento al año.”
Como Brusi le pidiera precio de la propiedad de las obras de Balmes
publicadas hasta entonces (octubre 1846), éste le contestaba: “...dejando
aparte las otras cuya propiedad me pertenece también, y limitándonos a los
diez tomos formados de las siguientes: El Protestantismo, Filosofía
Fundamental, El Criterio, Cartas a un Escéptico, me parece que valen a
razón de ochenta mil reales vellón cada tomo. Así, el total de los diez
tomos formaría la cantidad de cuarenta mil duros. Puede V. meditar sobre
esta indicación, y yo me reservo el derecho de pensarlo mejor.”
No era mucho pedir, dado el éxito que las obras habían alcanzado en
España y en el extranjero. Balmes, pues, podía considerarse rico, y con
muchas esperanzas de aumentar su fortuna.
Lo extraño es que una persona como Soler, que tenía motivos para
conocer bien a Balmes, diese a su afán de ganar dinero una explicación tan
desproporcionada con la estatura del filósofo político. El mismo Soler, en
otro sitio, nos dice: “atendido todo lo que hemos visto de él, era muy
posible que en adelante hubiese podido vérsele en situación de obrar más
que con sólo escritos... Considero que la vida del Dr. Balmes desde aquella
época (Barcelona) hasta al presente ha estado enlazada íntimamente con
112

cuestiones que en la actualidad no podrán ser reveladas, y que no faltarán a
su tiempo personas que escriban sobre ello cosas muy notables”.
Y ¿no se le ocurría a Soler que precisamente para estas cosas, para
obrar más que con solos1 escritos hace falta dinero?
Lo primero que necesitaba Balmes para poder realizar sus altos
designios era la independencia personal, cosa inasequible si no se tienen
riquezas. Porque se puede ser filósofo a lo Diógenes sin tener dinero; pero
quien quiera influir en el porvenir de su patria no puede vivir en un tonel.
Balmes no aspiraba a despreciar a Alejandro, sino a dirigirlo.
Además, los hombres lo han fundado todo en sociedad sobre la base
del dinero, y como consecuencia de ello, hay muchas cosas espirituales
que sólo pueden adquirirse con el oro. Y sobre todo, se necesita mucho
dinero para viajar por fuera de España y permanecer por ahí meses enteros,
y para influir en elecciones... y ¿quién sabe? ¿quién sabe?...
Relacionada con este aspecto del carácter de Balmes está su
intervención en los negocios de su hermano. Creemos que el lector ha de
encontrar interesantísimos los siguientes párrafos de cartas que nadie
supondría escritas por un filósofo y que son una prueba más de que su
espíritu estaba constantemente aferrado a la realidad. Casi podríamos decir
que, cuando se le ve tan enterado de las cosas menudas, parece que ha de
ser más sólida su filosofía.
En 2 de julio de 1841 escribió desde Barcelona a José Cerdá: “Miguel
tiene por trabajador a Jaume, fill de la Llúcia; aunque saliente de aprendiz,
sabe muy bien su obligación por lo que toca a cosas de pelfa; gana 8 reales
diarios, es cosa módica. Para la fula ha encontrado para arcar y vestir un
obrador que es lo que basta; su precio, 8 reales mensuales; es uno a quien
compra la pelfa, y le tuvo la atención de alquilárselo barato. Para enfurtir
seguirá en casa Mestre. Por lo que toca a lo que V. dice de gorras de hule,
Miguel no sabe que haya nada; sin embargo, le espera a V. con
impaciencia... Todo el mundo lleva hule o charol en las puntas de los
zapatos... En el obrador de 8 reales hay un terrado bueno para charoles, no
para hules; él piensa aprovecharlo, y quizás para hules de dos canas...
Quizás dentro de poco se harán unos morriones, a ver si se puede sacar
cucharada.”
Y en otra carta al mismo, decía:
“...Los libros viejos e inútiles pegarles fuego. La carabina darla por 6
ptas., o si no por 5, por lo que V. quiera. Los sombreros traerlos a ésta.
Sobre el enban y demás, decirlo al encargado, pues tal vez no lo necesitaré
113

y podrá quedarse así. El retai venderlo, y cuando no, traerlo... Ayer hizo
Miguel una empresa de mil morriones, mañana se firman los contratos... El
precio a que le pagará las animas de lana serán 12 reales cada diez dobles,
que hacen 20 de sencillas... Ayer hizo Miguel también otro trato de 30
sombreros de seda... Está en tratos para una partida de 30 sombreros
charolados; ahora está haciendo la prueba de charolar uno.”
Recuérdese también lo que escribía a Miguel desde París sobre la
misma industria.
Este sentido práctico le llevó a reunir lo que quizás podríamos llamar
una fortuna. ¿Quién duda que si hubiese alcanzado siquiera a los cincuenta
años de edad habría amasado un capital importante?
Y ved aquí con qué satisfacción paladeaba el resultado de varios años
de esfuerzo intelectual: al verse injuriado por el anónimo corresponsal de
El Español, contestaba así —pensando que en el fondo del ataque, además
de los motivos políticos, estaba la amarilla envidia—: “Ven acá,
desventurado anónimo, ven acá, hombre envidioso, dime: Soy yo culpable
de que el público se haya empeñado en comprar todas mis obras, agotando
así en breve tiempo las ediciones? ¿Soy yo culpable de que El
Pensamiento de la Nación, poco tiempo después de fundado, ya se
sostuviese abundantemente con las solas suscripciones, y de que, a pesar
de ser un periódico semanal que con un solo ejemplar satisface la
curiosidad de muchos lectores, tenga más suscripciones que algunos
diarios y no necesite de nadie para nada? ¿Soy yo culpable de que por
estas causas mi fortuna mejore? Para la venta de mis obras nunca me valgo
yo de la amistad que tengo con varios periodistas de Madrid, y de la que
podría proporcionarme muy fácilmente con todos ellos... Los periódicos
hablan o no hablan de mis obras según lo creen conveniente o según les
plazca; sin embargo, ello es que todo se despacha... El Protestantismo se
acabó de publicar a principios de 1844, y está ya muy adelantada la venta
de la segunda edición. En junio de 1845 se publicó El Criterio; en pocos
meses se agotó la primera edición, y se va despachando rápidamente la
segunda. De la Filosofía fundamental, cuyo tomo IV está en prensa, se
hallan ya vendidos muchos ejemplares; y al publicar la elemental, que no
tardaré mucho tiempo en tener concluida, ya verás ¡oh mi querido
anónimo! cómo se despacha también. Yo te lo aseguro desde ahora, y te lo
aviso de antemano, a fin de que aproveches el tiempo para decir al público
que yo soy un monstruo salido del averno, y que así se abstenga de leer lo
que escriba en adelante. Pero te aconsejo que no te canses; el público lo
leerá a pesar de tus impotentes esfuerzos: ya me parece que te estoy
114

oyendo que mis intereses van mejor. ¿Qué quieres q¿=e haga yo en esto,
desventurada criatura? ¿Acaso debo yo desear que volvamos a los tiempos
en que los autores se morían de hambre, siquiera se llamaran Cervantes o
Camoens? No he acudido yo jamás al Consejo de instrucción pública para
que recomendasen una obrita mía titulada La Religión demostrada al
alcance de los niños, y, sin embargo, hete aquí que ya estoy a la tercera
edición, y me inclino a creer que no está muy lejos la cuarta. Sí, no tengo
más patrimonio que mi pluma; pero mi pluma es para mí un patrimonio
honrosísimo y muy suficiente para vivir con independencia; si tú te afliges
por esto, yo no sé cómo remediarlo.”
Esta modalidad práctica de su carácter se refleja en su filosofía.
Balmes puede ser llamado el filósofo del sentido común. En substancia, no
hay ninguna afirmación filosófica que pueda ser demostrada con absoluto
rigor científico, porque para la demostración necesitamos un método, y
habría que demostrar la certeza de la bondad de este método, para lo cual
necesitaríamos otro... Tenemos que renunciar a creer las cosas por
demostración científica. Está muy bien la filosofía para hacer gimnasia
intelectual y para sacar unas ideas de otras; pero en el fondo, la base de
todas nuestras ideas, lo que produce en nosotros el convencimiento
completo de que lo que afirmamos, y sus consecuencias, es cierto; esta
base y origen de toda verdadera filosofía no es más que la fe o el sentido
común. Así dice Balmes en la I de sus Cartas a un escéptico, que dudar de
todo es arrojar la cosa más preciosa de la razón humana: el sentido común.
Y en El Criterio escribe: “El Autor de la naturaleza no ha querido que una
convicción que nos es muy importante dependiese del raciocinio y, por
consiguiente, careciesen de ella muchos hombres, así es que nos la ha dado
a todos a manera de instinto, como lo ha hecho con otras que nos son
igualmente necesarias... No hay filosofía que excuse la falta de sentido
común” (Con perdón de los filósofos, esto nos parece lo más trascendental
de la filosofía de Balmes).
El mismo biógrafo Soler nos dice que “tampoco perdió de vista jamás
los hechos: decía que éstos gobiernan al mundo con mucha frecuencia
mientras que en él se prescinde sobradamente de las leyes y de la justicia”.
Este sentido de la realidad despertaba en él una tendencia fuertemente
constructiva, de aprovechamiento de la realidad. Balmes era todo lo
contrario de un disolvente. Unidad en el mundo, unidad en Europa, unidad
en España. La división es la muerte. Por la división no progresaba España.
Por la división (Reforma), la influencia de Europa en América no había
sido lo grande que debía ser.
115

Tenía una fuerte y clara vocación sacerdotal, pocas veces tan patente.
García de los Santos nos dice que Balmes le repetía continuamente que
tantas veces cuantas se hallara en condiciones de elegir estado, siempre
hubiera preferido el sacerdotal. También tenía excelentes condiciones de
gobierno, de mando y persuasión. Estas cualidades no son incompatibles
con la vocación sacerdotal. Unidas con ésta producen el misionero. Ahora,
que Balmes —el sentido común de Balmes— prefirió ser misionero en
España, pensando quizá como el don Luis de Vargas de Pepita Jiménez...
“no quisiera incurrir en murmuración, aunque sea con todo sigilo y de mí
para usted; pero a menudo me doy a pensar que tal vez sería más difícil
empresa el moralizar y evangelizar un poco a estas gentes, y más lógica y
meritoria que el irse a la India, a la Persia o a la China dejándose atrás a
tanto compatriota, si no perdido, algo pervertido”. Cosa por el estilo
pensaba también, según Galdós, aquel P. Gracián de Un faccioso más y
algunos frailes menos.
Otro rincón importante del carácter de Balmes es el que ocupaba la
poesía. Menéndez Pelayo le niega en redondo el título de poeta, como le
negó el de historiador. Dice que no era indiferente a los goces estéticos,
especialmente a los de la música y la poesía. “Pero sus infelicísimos versos
dan testimonio de lo estéril de estas aficiones suyas, que, por otra parte, le
honran. Su entendimiento, lúcido y vigoroso, pero no exento de cierta
sequedad prosaica, era más apto para comprender la verdad que la
belleza.”
Conformes con el maestro; pero creemos que se debe agregar algo;
que no se puede acabar tan pronto. Balmes tenía una sensibilidad
exquisita, y ésta es enemiga de la poesía. Entendámonos... si acertamos a
explicar una cosa que vemos muy claramente.
El genio poético, pongamos San Juan de la Cruz, pongamos
Calderón, lo concibe todo poéticamente y así lo expresa. Pero los poetas
que no llegan a genios, todos los que no llegan a genios, tienen que excitar
su sensibilidad, tienen que observar cómo sienten mientras están sintiendo
y tomando nota de su dolor, y después tienen que moldear sus emociones
para que resulte una cosa bonita que en definitiva les reporte honores y, si
es posible, dinero. En palabras más crudas: el poeta que no es un genio no
es sincero, ni con los demás, ni, probablemente, consigo mismo. El
hombre que al dar cuenta de que ha visto un montón de cadáveres, dice
que sintió una emoción ancha y larga nos revela que, o no hubo tal
emoción o al expresarla la industrializa para decir las cosas de modo que
nunca se hayan dicho.
116

Pues bien, Balmes no era un genio poético y tenía una vivísima
sensibilidad y era absolutamente sincero. Por eso no pasó de tentativas
poéticas desgraciadas y en cuyo mérito él mismo nunca llegó a creer.
Cuando dudaban de su talento o su discurso, sonreía; pero cuando dudaban
de sus poesías —siquiera fuese consolándolo con el recuerdo de
Cervantes, eximio prosista y mal poeta— se irritaba, porque veía que
tenían razón. Digamos con Pascal: si me dicen que soy cojo, no me
ofendo, antes compadezco al que me lo dice, porque estoy seguro de que
se equivoca;, pero si me dicen que discurro mal me irrito, porque no estoy
seguro de que se equivoca el censor.
Agreguemos que, como decía Clarín en la biografía de Pérez Galdós,
en realidad ser artista es seguir jugando, es continuar siendo niño, y esto sí
que era incompatible con el carácter unilateral de Balmes, y con la misión
que él mismo se atribuía. Cierto que ha habido políticos que escribían
versos, pero había que ver los versos... y ¡había que ver la política!
Por último, tenía, para escribir versos, la enorme dificultad del
idioma. Balmes llegó a escribir bien el castellano, pero una cosa es filtrar
la idea a través de un idioma adventicio y otra sentir el sabor de la palabra
al mismo tiempo que la emoción que con ella se ha de expresar; una cosa
es traducir más o menos rápidamente, hasta magistralmente si se quiere, y
otra la presencia súbita de la palabra adecuada en el momento en que la
necesitamos para expresar un sentimiento.
Sólo el que haya intentado escribir poesías en idioma extranjero
puede darse cuenta de esta enorme diferencia. Por muy grande que sea lo
que queremos expresar, siempre parece que estamos escribiendo un tema
de la gramática respectiva.
Balmes era un español completo, y escribía siempre en español.
Balmes aspiraba a influir en todas las inteligencias y escribía en un idioma
de los dos o tres que pueden llamarse universales. Pero al llegar a la
poesía, el sistema flaquea.
Compárense las poesías suyas que hemos copiado en este libro con
los versos que copiamos ahora, y véase cómo la única vez que escribió
versos en catalán le brotaban con naturalidad, con elegancia y sin
retorcimientos:
“No’m pensaba, Valentí,
que tan dols fos lo teu cant,
tan hermós y peregrí;
compón versos, creume a mí
117

pocs serán qui pugan tant.”
Ya ha visto el lector cómo tentaba también la lira burlona, en los
versos que dirigió al anónimo de La Paz. Como curiosidad, copiamos
ahora unos epitafios de los que por entonces se usaban. Inocentes sonrisas
de sabio profesor.
“Una suegra y una nuera
enterraron aquí juntas...
“No habría tanto silencio
si no estuviesen difuntas.”
Yace un recto magistrado
en esta urna funeraria:
es rica... Diz que era dado
a la pena pecuniaria.
¿Un pobrecito ahorcado?
“¡Dicen que robó a un señor!”
¿Y ese nicho tan dorado?
“Ese robó por mayor.”
¿Este será algún grande hombre?
¡Hola! y es grande de España...
“Es que su tatarabuelo
dicen que hizo gran hazaña.”
También comenzó una novela. Claro que con tendencia filosófica.
Apenas escribió unos trozos. Tampoco era ese su camino. Candoroso
argumento el que se inicia. Por lo pronto, ya había un capitán preso y daba
la casualidad de que el soldado que hace la centinela ante el calabozo,
precisamente es uno a quien el capitán había salvado la vida.
De la memoria de Balmes se cuentan maravillas, creemos que
exageradas.
Blanche-Raffin nos dice: “A la edad de 22 años sabía de memoria el
índice de un número extraordinario de volúmenes. “Preguntadme”, dijo un
día a su condiscípulo Matías Codony. Éste cogió un volumen de la Summa
de Santo Tomás. Balmes recitó el índice sin titubear. Hizo otro tanto con el
2.º volumen de Don Quijote, lo mismo con la Filosofía de la elocuencia de
Capmany.”
Y según Brunet, “los biógrafos cuentan que a los 22 años sabía de
memoria los índices de 10.000 libros”. Aquí de la polarización de que
118

hablaba lord Macaulay. Podremos añadir que Balmes no necesitaba tal
sorprendente memoria. Se dice muy frecuentemente que la memoria es el
talento de los tontos, agregando en seguida que por excepción hay o ha
habido hombres de talento con excelente memoria. La realidad es que se
cambia el sentido de la frase. Ésta quiere decir que la memoria hace el
papel de talento en los tontos; es decir, que el tonto acude a las ideas que
tiene almacenadas y las presenta como cosas actuales, o sea que en ellos la
memoria sustituye al talento. En este sentido la frase: la memoria es el
talento de los tontos es exacta. Todos conocemos a personas tenidas por
inteligentes a quienes jamás se les ocurre nada y que jamás han digerido
por completo una idea. Todas ellas se valen de la memoria para sustituir al
talento. Es difícil conocer que es tonto un hombre que tiene la cabeza llena
de datos históricos y que se sabe de memoria las teorías filosóficas de los
grandes hombres.
Pasa en el alma lo mismo que en los sentidos: cuando falta una
facultad, otra se desarrolla desmesuradamente para suplirla, además de
realizar su propia función. El ciego desarrolla su oído y su tacto; el sordo,
la vista; el tonto, la memoria.
Balmes no necesitaba suplir con nada su poderosa inteligencia. Claro
que tendría buena memoria, pero de eso a saberse los índices de tantos
libros... Lo del Quijote, a fuerza de leerlo y con muy buena retentiva, se
comprende; pero para aprenderse los índices sin leer las obras... era
necesario que Balmes estuviese incluido en el grupo de los que necesitan
de la memoria para hacerla talento.

119

Capítulo XIII
“EL PENSAMIENTO DE LA NACIÓN”

Al entrar en esta época de la vida de Balmes hemos de formular un
ruego para los lectores: que no vean en lo que sigue ni el menor asomo de
opinión política. Creemos que ni el más suspicaz podrá encontrarlo; pero
por si alguien cree ver siquiera una sombra de intención que no sea la de
narrar escuetamente los hechos, desde ahora para entonces advertimos que
no tenemos otro propósito que el de contar lo que hizo Balmes, y a quien
lo contrario dijere, nosotros le diremos que miente si fuere caballero, y si
escudero, que remiente mil veces.
Lo primero que pasa es que no tenemos opinión política. El que esto
escribe cree que quien maneja los hilos del mundo se guía por razones
muy diferentes de las que mueven a los hombres. Ya puede Polichinela
forjar proyectos y atesorar experiencia, que el hombre que está escondido
en el foso lo llevará a que le den los palos precisamente donde menos los
espere. No es, pues, que seamos neutrales en Política, sino que creemos
firmemente que el único alivio de la Humanidad que puede obtenerse es el
que sea consecuencia de buscar la perfección interior individual. Todo lo
que sea hacer planes generales y prever acontecimientos no es más que
soberbia. El vuelo de una mosca puede modificar el porvenir de una
nación si así está dispuesto.
No se concibe un plan político más sano que el de Balmes, ni más
desinteresado, ni más fundado ni quizá más conveniente para España. Pues
pronto veremos su fracaso. ¿Origen de éste? Las mil contrapuestas y
ocultas causas y subcausas que mueven a los hombres, que no está en
nuestra mano gobernar y que Dios maneja para fines que Él solo conoce.
“¿Quién sabe si en el cielo
será ordenar desordenar el mundo?’’
La segunda causa de nuestra indiferencia es el escepticismo que
sentimos ante las narraciones políticas, escepticismo producido en los
primeros años de nuestra vida precisamente por la lectura de El Criterio.
120

Una cosa son las guerras púnicas para los romanos y otra para los
cartagineses. Una la reconquista de España para los cristianos y otra para
los árabes. Actualmente cada autor y aun cada periodista narra los mismos
hechos con colores incompatibles. Se ocurre esperar que cuando pase
algún tiempo las pasiones habrán prescrito y se sabrá la verdad. Pero el
hecho es que ha pasado un siglo de la época que venimos narrando y
todavía no se ve la imparcialidad de ningún narrador. Como en realidad y a
pesar de la evolución el hombre es siempre el mismo, el historiador
encuentra siempre analogías entre la época en que vive y la época que
narra y toma partido inconscientemente.
Haremos lo posible por extraer una síntesis de lo pasado sin relación
ninguna con lo presente, como si la historia de nuestra patria hubiese
terminado al morir Balmes.
Continuaremos, pues, nuestra narración sencilla de los sucesos
históricos de aquella época; pero la historia que contamos ahora no será ya
como el fondo del cuadro en que Balmes se mueve. Balmes va ahora a
intervenir directamente en la política y su historia engrana con la historia
de España, sobre la que ejerció notable influencia durante unos años. Es un
dolor que este influjo no fuese más intenso y más duradero.
Don Joaquín M.ª López dimitió y fue substituido en 20 de noviembre
de 1843 por don Salustiano de Olózaga. Subió éste al Poder apoyado por
los moderados, pero cuando se alzó con el mando empezó a desarrollar
una política progresista y sus antiguos amigos se pusieron frente a él. No le
quedaba otra salida que la disolución de las Cortes, y... Aquí puede el
lector conocer las opiniones políticas de cada escritor con sólo leer si éste
afirma que Olózaga arrancó a la Reina la firma de este decreto con
amenazas o si lo obtuvo por las buenas con unos bombones de regalo
además; lo cierto es que se le acusó de violencia, que cayó y que fue
substituido por González Bravo, jefe de los acusadores. Este Ministerio de
González Bravo fue quizá el primero llamado puente. Promulgó la ley de
Ayuntamientos, tan combatida; desarmó a la Milicia Nacional y trajo a
España a doña María Cristina. Lo más importante y lo más duradero fue la
creación de la Guardia Civil. Pero ya en 3 de mayo de 1844 estaba
encargado del Gobierno el general Narváez. Motines fracasados en
Cartagena, Alicante y Murcia. Nueva convocatoria (¿cómo no?) de Cortes
Constituyentes, nueva Constitución en 23 de mayo de 1845.
En enero de 1844 llegó Balmes a Madrid, ya con el propósito de
publicar un periódico. Un periódico político. La Sociedad no servía para
sus planes. En realidad, cada número era como un libro.
121

¡Buena idea tenía Balmes de la política y de la prensa! Mirad lo que
pensaba de la política de nuestro país. “En la complicación actual de
España y de Europa, la cuestión que preocupa los ánimos de nuestros
hombres es la presidencia del Congreso!”
Y ved el concepto que tiene de la prensa: “La prensa comenzó dando
a luz la Biblia y ha descendido hasta el lenguaje de las verduleras.”
Allá iba él a Madrid, a purificar la política y la prensa, con toda su
alma puesta en el intento. ¡Y eso que era lector diario del Quijote! Para que
se vea cómo, si es cierto que Cervantes se propuso acabar con los libros de
caballerías, no intentó acabar con el espíritu de la alta aventura, tan
español y tan poco práctico.
Cada hombre tiene, en realidad, un vocabulario propio, y la palabra
política en los labios de Balmes o en su pluma o en su inteligencia no
significa lo mismo que en el empleo que de ella hacen los políticos. Para
Balmes la Política era lo que debe ser: un medio. El verdadero político se
propone un fin elevado y lejano y para conseguirlo establece medios,
algunos de los cuales son políticos... El defecto de la vida política está
generalmente en que la política —se confiese o no se confiese— se considera como fin de ella misma,. La salvación política de España llegará
cuando todos los alcaldes hayan logrado el puesto no porque querían ser
alcaldes, sino porque necesitaban serlo para ejecutar un plan.
Balmes se proponía hacer una España unida y eficaz: como medio
necesitaba intervenir en la política, y como instrumento para ello
necesitaba el periódico. Así nació El Pensamiento de la Nación. Para hacer
Política con letra mayúscula... “Quien se interesa mucho por las formas
políticas —decía— mostrándose muy entusiasta de este o aquel sistema, o
es ambicioso o poco entendido”, y en otro sitio: “Lo que se llaman
pasiones políticas suelen ser pasiones comunes.” Así era; todo eran pasiones comunes: ansia de riquezas, ansia de mando, ansia de venganza.
En este campo enarbola Balmes su bandera: “No es tolerante quien
no tolera la intolerancia.” ¡Hermosa y cristiana bandera! ¡Cómo había de
prosperar en medio de la charca! Las ranas no eran más que ranas, pero,
como eran tantas, dominaron.
Había hombres buenos y cultos en el partido carlista; los había
buenos y cultos en el isabelino; había, como siempre en España, mucha
gente buena y culta metida en su casa. En busca de los tres grupos se lanzó
Balmes. Y su intención, en síntesis, era que la representación oficial de
España fuese una representación real de la nación española.
122

No se sabe bien si primero pensó él trasladarse a Madrid para la
realización de sus pensamientos o si fue llamado por quien necesitaba de
su auxilio y dirección.
Según García de los Santos, sus compañeros de pensamiento político
eran el Duque de Osuna, el Marqués de Viluma, el Duque -de Veragua, don
Santiago de Tejada y don José de Isla Fernández. Todos dejaron en manos
de Balmes la organización y después la dirección del periódico. El
propósito era que El Pensamiento llegase a ser Gobierno, como él decía
francamente en una carta que escribió a Antonio Brusi pocos días antes de
la publicación del primer número: “con la mira de que El Pensamiento se
erija en Gobierno”.
¿Tiene la nación un pensamiento propio?, se preguntaba Balmes en el
prospecto. Él creía que sí y creía que era posible formular este
pensamiento como norma de organización social y fundamento de un
Gobierno sólido. Creía que la confusión reinante no era el caos, sino niebla
y que, quitándola, se nos presentaría el encantador panorama, con toda su
fecundidad y su belleza... Ya veremos lo que hizo la niebla con él.
El 7 de febrero de 1844 salió el primer número de El Pensamiento de
la Nación. Se publicaría semanalmente y tenía 16 páginas en folio el
ejemplar. En esta primera salida, vuelve Balmes a hacer reflexiones sobre
el pensamiento político de España. Extraña que se crea que España no
puede tener un pensamiento político. ¿Cómo puede no haberlo, dice, en un
pueblo que ha luchado durante ocho siglos por su independencia, que ha
reunido en una sola dirección elementos tan diversos, que ha conquistado
un Mundo Nuevo, que ha hecho frente a toda Europa, que ha aspirado a la
monarquía universal, que, después de grandes desfallecimientos, ha
reaccionado tan virilmente contra Napoleón, asegurando su personalidad e
independencia?
Protestaba Balmes contra la calificación de anomalía aplicada a la
vida de España; y decía que, como nuestras anomalías habían tenido sus
causas, venían a ser paradójicamente unas anomalías regulares. Las causas
eran tres: minoridad de la Reina, la guerra de sucesión y la revolución. Las
tres causas habían desaparecido. Todas las anomalías habían venido de que
eran diferentes las normas que guiaban la política de las que guiaban la
sociedad. Este es el pensamiento político predominante en Balmes. Ya
dijimos al principio de este libro cómo pensaba de Barcelona precisamente
esto mismo que ahora expresa refiriéndose a toda la Nación. En
substancia, todos los problemas de España han venido de que la
representación política no correspondía a lo que realmente era la nación.
123

El periódico empezó tirando 1.000 ejemplares. Al comenzar el
segundo año, la tirada era de 2.250. Se leía en el extranjero: consta que
uno de sus lectores era el Papa Pío IX.
En otra carta que escribió a Brusi ante una protesta de éste, le decía:
“... conozco que no ha comprendido ni el carácter, ni el origen ni el objeto
de la nueva publicación... el objeto es principalmente político, práctico, de
aplicación... será como uno de los otros periódicos, salvo el carácter más
práctico que ha de tener por ser semanal... En Francia y en todos los países
del mundo un hombre está al mismo tiempo al frente de diferentes
empresas, y cuanto más se extiende su nombre, lejos de dañarse ninguna,
se las favorece”.
Representa muy bien su alteza de espíritu lo que en marzo le escribía
a su hermano Miguel al darle el pésame por la muerte de una hija. “¿Crees
por ventura que yo, en el bullicio de la capital, en una situación nada
desagradable, con esperanzas para el porvenir, en una palabra, con un
conjunto de circunstancias a propósito para alucinar, crees, repito, que me
deslumbro? No, no hago caso de nada... Distráete animando la tienda; encomiéndalo todo a Dios, y andando.”
Sin embargo, en sus cartas rebosa el optimismo del que ha acertado
con su cuerda. Es cierto que no se desvanece con las alturas, pero no
parece el mismo hombre que antes escribía a Ristol: “Observo que he
escrito mucho, casi sin advertirlo, pero no hagas caso. El hombre que vive
en la soledad y el infortunio, aprovecha a veces la primera ocasión que se
le ofrece para desahogarse, y derrama tal vez en sus escritos, aun sin
quererlo, la amargura de la hiel que inunda sus entrañas.”
Más adelante lo veremos hundirse nuevamente cuando se convence
de que ni con buenos propósitos ni con buenos amigos ni con buenos
periódicos puede acallar a las ranas. Balmes sabía mucho de alta política;
pero no sabía que en la política menuda, en todos los países se cumple la
ley de Gresham, y la moneda mala expulsa del mercado a la buena. Y este
hombre que con tanta firmeza comienza, escribirá a otro amigo: “Dudo
mucho que pueda hacer bien escribiendo de política.”
A nadie puede extrañar el poderoso influjo que en la vida pública
llegó a tener Balmes. No hay nada más fuerte que un hombre espiritual
cuando se pone a hacer obra práctica. Considerad el número, de hombres
de estudio que todos conocemos y que han enriquecido rápidamente en
cuanto se dedicaron a ganar dinero. Balmes, además, y a pesar de sus
estudios y sus meditaciones, vivía siempre mirando al exterior. Su
contemporáneo y biógrafo Antonio Soler, dice: “Esto hacía que los que
124

conversaban con él tuviesen que andar a veces con cierto temor, siendo
observador en tal grado que penetraba a los demás hasta lo más íntimo de
su alma.” “El corazón puro penetra el cielo y el infierno”, dice Kempis,
¡Buena lección para los hombres prácticos!
Y todavía durante algún tiempo continuó escribiendo y publicando en
Barcelona La Sociedad y terminando el ultimo volumen de El
Protestantismo, y hacía largos viajes.
Según García de los Santos, se levantaba al amanecer, se preparaba
durante media hora para celebrar la Misa, tomaba chocolate, rezaba, leía
los diarios y después trabajaba de cuatro a seis horas. Si tenía tiempo, salía
a la una, para hacer alguna visita, generalmente a casa del Marqués de
Viluma, y en el invierno paseaba algunos días antes de comer. A las dos y
media comía, rezaba y se dedicaba a leer hasta que iban a buscarlo para
pasear, lo que solía hacer por el Retiro, la Fuente Castellana, las Delicias,
la ronda o la plaza de Oriente y, si había llovido, por las calles. Al volver
de paseo le gustaba recordar los puntos que habían tocado en la
conversación ligando unas cuestiones con otras, que solían ser de política,
historia, recuerdos de la guerra civil, filosofía, religión, moral, costumbres,
cálculos sobre el progreso del mundo. Este punto lo trataba con mucho
entusiasmo: ¡tan grande era su fe en el progreso de la humanidad mientras
no se aparte del camino del bien!
Con la lectura de los periódicos de la tarde, la del Kempis, alguna
corrección de artículos de pruebas y con la visita de Vicuña, Tejada,
Vidaondo, Cabanillas, Suit, Martínez Lafuente o Moreno pasaba la noche
hasta las diez y media, en que cenaba, y a las once y media o las doce se
recogía. Lo visitaban frecuentemente, además, el señor Montero, obispo de
Coria, después arzobispo de Burgos, y el señor Codina, que fue después
obispo de Canarias; el señor Alcántara Navarro, el Duque de Frías, don
Cebrián Sevillano, su confesor, los PP. Pujal y Carasa, don Pablo Ruiz, don
Pedro Lahoz, don Juan Nepomuceno Lobo, don Juan Manuel de
Berriozábal, don Juan Ignacio Moreno, el Marqués del Arco, don José
Vicente Caravantes, don Anastasio Rodríguez, don Miguel Paredes, don
Juan Nepomuceno de Francisco, don Mariano Cuvells, el Duque de
Riánsares. Comía poco y no fumaba.
Solía dormir cinco o seis horas, y todas las noches, en el momento de
coger el sueño, sentía una fuerte opresión y palpitación que lo despertaba y
le hacía sentarse algunos instantes en el lecho; después se dormía
tranquilamente.
125

El 3 de mayo de 1844 constituyó Ministerio el general Narváez, pero
sin cubrir la cartera de Estado durante unos meses. El Marqués de Vil urna,
principal aliado de Balines, fue nombrado embajador en Londres. Y
entonces Narváez le ofreció el Ministerio de Estado. Como las ideas
políticas de Viluma, que eran las de Balmes, parecían exageradas a
muchos, se produjo gran ruido por el ofrecimiento de la cartera. El mismo
Balmes no sabía ciertamente si Viluma aceptaría o no.
.Recibido el ofrecimiento, volvió éste a España y fue a Barcelona,
donde estaban Narváez y las reinas. Allí comenzaron las conversaciones y
los regateos. El 6 de junio había llegado a Barcelona el nuevo ministro de
Estado; el 23 llegaron los ministros que habían quedado en Madrid, y en
seguida presentó Viluma la dimisión, que no le fue admitida hasta el día 1.º
de julio, después de haberse celebrado muchos y largos Consejos de
Ministros.
Parece que estaban todos de acuerdo en reunir nuevas Cortes, con
ciertas reformas; en arreglar las cuestiones religiosas de acuerdo con el
Papa, y en la suspensión de la venta de bienes eclesiásticos. Pero Viluma
exigía que se declarase nulo todo lo hecho después del Estatuto y que al
llegar la Reina a la mayor edad diese una nueva Constitución según los
acuerdos ya expresados. Los otros no se atrevían, y querían hacer la
modificación lentamente y por medio de las Cortes.
Al día siguiente de ser admitida la dimisión de Viluma, llegó Balmes
a Barcelona. Ya era tarde.
Padecía de humor herpético, y pasó una temporada tomando los
baños de La Garriga. El 5 de septiembre volvió a Madrid.
El 4 de julio se había publicado en Barcelona el decreto de disolución
y convocatoria para el 10 de octubre.
Todos estaban desalentados. Sólo el espíritu de Balmes seguía en pie.
Y comenzó lo que podemos llamar su predicación sobre las elecciones:
acción, unión y Gobierno verdaderamente nacional. Este era su programa.
A votar y a perdonar. No quedaba otra salvación para España.
Y empezó el ataque contra Balmes. La nación tenía un pensamiento
político, ciertamente, el que tuvo durante muchos años: no consentir que
nadie ascienda, tirar de los pies al que demuestre condiciones de
superioridad. ¿Cómo iba la España política a tolerar el encumbramiento de
un cleriguito provinciano, que ya molestaba bastante con el buen éxito de
sus obras filosóficas? Pero Balmes no tiene miedo; más bien parece crecerse ante la lucha. Se le acusa de carlista y de esparterista y de ecléctico:
126

¡cualquier cosa! La cuestión es no ayudar a nadie y no reconocer que hay
un hombre que vale más que nosotros y que tiene derecho natural de
mando. Aquí hemos nacido todos para mandar.
La Comisión Central monárquica para las elecciones publica un
manifiesto escrito o inspirado por Balmes. Narváez tiene miedo y publica
un decreto que suspende la venta de los bienes eclesiásticos hasta que las
nuevas Cortes resuelvan.
En Cataluña el mismo Balmes dirigió las elecciones, y con
maravilloso tino. En la candidatura figuraban el Marqués de Viluma y un
amigo íntimo de Balmes, Joaquín Roca y Cornet. Balmes marchó a Madrid
al tercer día de las elecciones (que entonces duraban cinco) y cuando
terminó el viaje, las elecciones habían terminado también. Pero... en
Barcelona fracasó la candidatura balmesiana. ¿Quién lo extrañará?
Mas al cabo de un poco tiempo, después de abiertas las Cortes, el
partido se componía de veinte diputados. Los más importantes eran el
Marqués de Viluma y el Duque de Veragua.
Para substituir a Viluma, fue nombrado ministro de Estado Martínez
de la Rosa.
Llegó el momento crítico para la minoría balmesiana. El ministro de
Hacienda, Mon, presentó un proyecto a las Cortes sobre Culto y Clero.
Balmes hizo un comentario tajante: si no podían hacer más eran muy
débiles; si no querían hacer más, tenían muy mala intención; si no sabían
hacer más, no eran capaces de desembrollar la situación: de cualquier
modo, no era gente a propósito para un arreglo definitivo.
El Marqués de Viluma presentó una enmienda conforme a las ideas
de Balmes. El Ministro se alzó airado y dijo que la enmienda había sido
introducida de una manera ratera. Ante la protesta de los ofendidos, dijo
que él no se refería a las personas, sino a la teoría. ¿Cabe nada más
sencillo? Yo no digo que es usted una rata, sino que se porta usted como
las ratas. El Congreso quedó satisfecho. Pero Viluma y los demás
firmantes de la enmienda, menos tres, presentaron la renuncia de sus
cargos. El Gobierno da explicaciones, ruega. Tiene miedo porque sabe que
detrás de aquellos veinte diputados renunciantes (los que firmaban la
enmienda eran veintitrés) hay un gran sector de la opinión española. Inútil.
Los renunciantes publican un manifiesto en el que explicaban que aquello
no había sido un acto aislado, sino el último de una serie en que
sistemáticamente se había negado el Gobierno a dar estado parlamentario a
la cuestión.
127

Vino la reacción: el 17 de febrero de 1845, el Gobierno presentó un
proyecto de ley para devolver al clero secular la parte de sus bienes que
aun no se había vendido. Tal fue la eficacia de la razón y del pensamiento
de nuestro héroe.
Pero el momento supremo de la política de Balmes fue el del
casamiento de la Reina. No era, sin duda, más que un elemento de su pian
general; pero, sin duda también, fue el problema que mas le apasionó y el
que mayor desengaño le produjo. Así decía después a su amigo Ristol:
“Nunca, nunca hubiera esperado un día tan amargo y tan cruel como aquel
en que me anunciaron el casamiento de la Reina. La única esperanza que
nos quedaba se desvaneció para siempre.”
La tragedia real y Real la plantea así, en cuatro líneas, Zabala y Lera:
“En virtud de tal acomodo sobre asunto que debía ser de la única
incumbencia de la nación española, quedaban como candidatos a la regia
mano Montemolín, el Conde de Trápani, hermano de doña María Cristina,
y los dos hijos del infante don Francisco de Paula, a saber: don Enrique,
duque de Sevilla, y don Francisco, duque de Cádiz. La candidatura de
Montemolín dejó de cotizarse en cuanto se supo que don Carlos se negaba
al matrimonio, caso de que su hijo no fuera admitido como verdadero
soberano; la de Trápani resultó inutilizada por la opinión de los españoles,
que tomó la persona del príncipe napolitano como blanco de sus sátiras; la
del infante don Enrique se encargó él mismo de hacerla imposible por haber manifestado sus aficiones progresistas, y la del Duque de Cádiz no le
era grata a doña Isabel.” Consecuencia de todo ello: la Reina se casó con
el Duque de Cádiz. Alguien saldría ganando con este suicidio, alguien que
no fuese España, ni la Reina, ni la justicia, ni la moral.
Había muchos partidarios de la solución más simple y que quizá
habría sido la más conveniente para todos: el casamiento de la Reina con
Montemolín, representante de la otra rama borbónica. Por consiguiente,
esta unión no fue, ni mucho menos, una ocurrencia de Balmes. Éste no
hizo en este asunto, como en otros muchos, más que escuchar la opinión
de lo más sano de España y las conveniencias de ésta, y tomárselo con
todo el calor de su alma ardorosa y rectilínea.
El casamiento de Isabel II fue un caso de lo que podríamos llamar
infección internacional. Las naciones que quieran gobernarse por sí
mismas han de ser fuertes, entendiéndose por ello, no solamente que
tengan potencia militar, sino muy principalmente que estén unidas. Los
organismos fuertes son los únicos que resisten la invasión microbiana.
España, debilitada por tanta lucha interior, no podía reaccionar contra las
128

infecciones. Ved con qué sencillez habla de la enfermedad Seignobos en su
Historia de Europa.
“Los matrimonios españoles. —Los Gobiernos de Francia y de
Inglaterra se habían puesto de acuerdo en 1845 para reglar los
matrimonios de la reina de España, Isabel, y de su hermana la infanta
Luisa. Pero los dos embajadores inglés y francés en Madrid, rivales
personales, trabajaban contra las instrucciones de su Gobierno.
Palmerston, vuelto al Ministerio de Asuntos Extranjeros en 1846, complicó
la cuestión reclamando contra el arbitrario Gobierno de la regente Cristina.
Luis Felipe consideró anulada la convención de 1845 e hizo celebrar el
matrimonio de su hijo, el duque de Montpensier, con la Infanta, al mismo
tiempo que el matrimonio de la Reina; Palmerston declaró rota la
inteligencia con Francia.”
Inglaterra y Francia habían acordado que la Reina de España se
casase con un descendiente de Felipe V, y, por consiguiente, que no podía
casarse con un Coburgo ni con un hijo del Rey de Francia. Más adelante,
Inglaterra manifestó a España que sólo admitía tres candidatos: el príncipe
Leopoldo de Sajonia-Coburgo y los dos hijos de don Francisco de Paula.
Estas modificaciones y contradicciones se notificaban a los sucesores de
los Reyes Católicos, que a ellas, por lo visto, se atenían. Poco después,
Inglaterra se puso concretamente a favor del infante don Enrique, el
progresista... Ya no quedaba más que don Francisco. Y aquella mujer de
gran corazón, que quizá habría sido una buena esposa y madre, se casó con
don Francisco.
Balmes empezó por decir que se dejaba llevar de un impulso
sentimental más bien que de una idea. Pero agregaba que la cuestión era de
vida o muerte y pedía que se diera lugar a la reflexión para que la razón
dominase a las pasiones, la verdad deshiciese el error, la política nacional
triunfase de la extranjera, el bien común dominase al particular y lo grande
y definitivo se impusiese a lo raquítico y transitorio. La Reina podía
escoger marido, pero la nación tenía el derecho de manifestar sus
sentimientos en una cuestión tan trascendental por medio de las Cortes, de
la Prensa y por todo otro medio legal. Dicen que es una cuestión europea,
enhorabuena; pero no se olvide que, ante todo, es una cuestión nacional.
Balmes citaba estas palabras de Mon: “Somos ministros de una reina de
catorce años, por la cual han de pasar todas las cosas sin que ella pueda
manifestar decididamente su voluntad, que, por fuerte que sea, no tiene
más que catorce años.”
129

“¿Quién había de ser el esposo-rey? No podían serlo determinados
príncipes europeos, que sólo tienen el nombre, aunque sean parientes de
nuestra familia real. Recordemos lo que pasó con el conde de Trápani: la
opinión pública estalló con una verdadera manifestación de impopularidad.
Alguien ha hablado del casamiento con el heredero de la corona de
Portugal. Este pensamiento, mirado en abstracto, es de gran trascendencia
política, pero prácticamente irrealizable. Inglaterra no consentiría esta
unión ibérica; el espíritu nacional de Portugal se presentaría irreductible;
España, que no tiene fuerzas para satisfacer las necesidades de las antiguas
provincias, las tendría mucho menos para alimentar a Portugal. La unión
ibérica es y será durante mucho tiempo una bella ilusión irrealizable. Las
lecciones de la historia nos enseñan que los límites de las naciones no son
siempre los naturales; una nación no puede unirse a otra sin tener vida y
orden interior y prestigio exterior: todo eso le falta a España.”
”Un príncipe alemán de poca importancia no sería más que un
marido, y si estaba muy ligado a una potencia, las otras no lo consentirían.
Francia ya había anunciado que no consentiría que la corona española
saliese de la Casa de Borbón. Además, a España no le convenían entonces
alianzas: nuestra independencia y nuestra paz estaban entonces en la
neutralidad.
”Ciertamente, el matrimonio de la Reina no debe ser una negociación
extranjera, pero tampoco hemos de querer que nos traiga un conflicto
exterior. Europa, Inglaterra sobre todo, vería con repugnancia y quizá con
protesta el casamiento de Isabel; con un hijo de Luis Felipe. Además,
pobres políticos son los que consideran como un ideal nuestra alianza con
Francia.”
Para examinar la conveniencia del matrimonio de la Reina con el hijo
de don Carlos, Balmes prescinde del aspecto jurídico de la cuestión
dinástica, para mirarla solamente como un hecho que ha costado a la
Nación siete años de guerra y torrentes de sangre. Prescinde de todo
interés o afición de personas para no mirar más que el bien de España, al
cual se ha de sacrificar hasta la familia real. Pues bien, el casamiento de la
Reina con el hijo de don Carlos acaba para siempre la cuestión dinástica.
La experiencia de todos los pueblos, nuestra experiencia y los temores de
la guerra que puede volver, prueban la trascendencia de este punto. Este
casamiento, además, asegura nuestra independencia. Mientras exista la
cuestión dinástica, España no puede romper las hostilidades con ninguna
nación europea. Cualquiera nación que esté en guerra con nosotros, sobre
todo si son Francia o Inglaterra, lo primero que haría sería encender aquí la
130

guerra civil, y ayudando ellos con un pequeño esfuerzo militar y
económico la causa carlista, tendrían la seguridad de triunfar sin peligros,
con gran daño nuestro. Si acabamos nuestras divisiones, la situación de
España respecto al exterior será muy respetable. Franceses e ingleses
tienen viva todavía la memoria de la guerra contra Napoleón, y más aún
las heroicidades de la última guerra civil.
Este casamiento, además, haría imposible en España el triunfo de la
revolución. España está dividida en tres partidos: el progresista, el
moderado y el carlista. Todos los Gobiernos desde la muerte de Fernando
VII han pertenecido a un partido, y, por tanto, han tenido en contra a la
mayoría de la nación. Ningún Gobierno así puede gobernar bien y en paz.
El partido carlista, para hacer débil e inseguro a cualquier Gobierno no
necesitaba más que encerrarse en su casa. En esta situación, los
revolucionarios tienen siempre preparada una salida. Por el contrario,
casada la Reina con el hijo de don Carlos, quedarían invariablemente
ligadas con la corona todas las fuerzas conservadoras, que forman la
inmensa mayoría española. Un movimiento militar que se pronunciase en
sentido revolucionario tendría que ir contra el trono y contra la masa de la
nación, y en tales circunstancias no es posible un éxito definitivo, a pesar
de la sorpresa del primer momento.
Tendríamos, además, un equilibrio del espíritu antiguo y del nuevo.
Hay dos hechos innegables: el arraigo de los antiguos principios de
Religión y Monarquía en la sociedad española; la entrada del nuevo
espíritu de reforma en algunos espíritus. Hermanar las personas
representativas de las dos tendencias sería combinar bellamente el
principio impulsor con el principio moderador, sin preponderancias ni
convulsiones. Entonces sería posible fundar un Gobierno verdaderamente
nacional que tuviese por suyas todas las fuerzas vivas de la sociedad.
Reconoce Balmes que hay graves dificultades y que la principal es el
peligro de una reacción carlista, tanto más peligrosa cuanto que el
pensamiento es que el hijo de don Carlos no venga como esposo
honorario, sino que es necesario que tome parte activa en el gobierno de la
nación. Si se resuelve esta dificultad, queda resuelto el problema.
La reacción iría contra las cosas o contra las personas. Reacción
contra las cosas quiere decir destruir los hechos consumados, o sea volver
los bienes a la Iglesia, dejando las cosas tal como estaban al morir el Rey.
Los temores que tienen muchos sobre este punto, prueban dos cosas: la
debilidad intrínseca de los que llaman hechos consumados, y la oposición
en que están con la mayoría de la nación. Los hechos consumados no
131

pueden admitirse en derecho hasta que hayan pasado por la única
autoridad competente, que es la Iglesia. Antes, pues, de que venga a
España el hijo de don Carlos, resuélvase definitivamente con el Papa la
situación de los bienes eclesiásticos. Hecho esto, el príncipe no podrá ser
acusado de duro para una parte, ni de blando para la otra, pero si se dejase
a él la resolución de este problema, realmente el conflicto sería inevitable.
Balmes no cree que el entusiasmo por las formas políticas sea tan
fuerte como el de los intereses creados. Las formas políticas van siempre
subordinadas a las cuestiones sociales; no son más que un instrumento que
se toma o se deja según conviene a cosas más profundas. Es evidente que
en España la realidad social va en dirección contraria a las formas
políticas, por lo cual éstas son cosa postiza e hipócrita. Los mismos liberales tienen que falsearlas, de manera que de todo hemos tenido menos un
Gobierno propiamente parlamentario. Hay que buscar en la sociedad los
verdaderos principios que la constituyen.
En cuanto al temor de una reacción contra las personas, éste viene de
confundir lo que habría pasado si don Carlos hubiese triunfado por las
armas, con lo que pasaría en el caso de la reconciliación. Ésta mataría
todas las rivalidades personales, causa de odios y de empobrecimiento del
erario; la reconciliación haría concurrir al bien público muchas
inteligencias que ahora están alejadas de él, y daría mayor rendimiento a la
actividad de los servicios, ocupados ahora en gran parte en miserables
intrigas políticas.
Continuaba estudiando en El Pensamiento de la Nación cada uno de
estos subproblemas, con la altura y la serenidad del filósofo y del
ajedrecista. Realmente, parece Balmes un ajedrecista que juega solo,
llevando piezas blancas y negras.
El 25 de abril de 1845 salió Balmes hacia París. Aseguró que su viaje
no tenía relación de ninguna clase con la política. Pero, ¿quién lo dudará?
García de los Santos afirma el carácter político del viaje, y asegura que
Balmes tuvo grande influjo en la abdicación de don Carlos y en la
orientación política que tomó el Conde de Montemolín. Asimismo dice
que dictó, en relación con este asunto, unas magníficas cartas que firmaba
un distinguido personaje que estaba en relaciones íntimas con la corte de
Bourges. ¿Quién era este personaje? “Todas nuestras sospechas —dice el
infatigable P. Casanovas— se dirigen al P. Mariano Puyal, de la Compañía
de Jesús, que, por designación del mismo don Carlos, había sido preceptor
de los hijos de éste, hasta que el cargo de provincial le obligó a retirarse,
conservando, sin embargo, una íntima amistad con la familia desterrada.
132

No vemos en Madrid otra persona que por una parte tuviese con el de
Bourges el prestigio y la intimidad que exigía una gestión como ésta, y por
otra, estuviese tan identificado con Balmes que pudiesen escribir los dos
con la misma pluma.”
La sospecha parece tornarse en seguridad con la siguiente carta del P.
Puyal que copia el P. Casanovas:
“Mi discípulo (el Conde de Montemolín), a quien ha dejado don
Celedonio (el P. Celedonio Unanue, S. J.), me escribió una carta finísima,
que siento no poder enviar a usted, a lo menos copiada, pidiéndome le
proponga algunos sujetos de cualidades, entre quienes pueda escoger uno
con quien entenderse en sus secretos. Le he contestado según mejor me ha
parecido; y la suma es que es sumamente peliaguda la comisión que me
da; que apenas conozco a nadie en el día; que yo, por lo mismo que tengo
tan explorado aquel terreno, soy mucho más difícil en contentarme de
sujetos; y que el vivo interés que me tomo por su bien es otro capítulo que
aumenta no poco mis embarazos. Luego, le designo a don Jaime Balmes
como única persona que me llena, y que creo la más idónea bajo todos
conceptos. Por último, le añado que de mi familia (la Compañía de Jesús)
no le propongo a ninguno, así porque él claramente no me lo dice, como
porque tal vez cualquiera de ella le podría hoy día ser más perjudicial que
provechoso.”
No hay que decir (estábamos en España) que inmediatamente se
formaron entre los carlistas dos partidos: uno favorable a la renuncia y otro
opuesto a ella.
Balmes no fue a ver a don Carlos ni a Montemolín; pero recibió la
visita de un general enviado de Bourges, el cual le manifestó el
agradecimiento del segundo por los servicios que prestaba a su causa.
Balmes aseguró que no hacía ningún sacrificio, porque la causa del
príncipe iba unida a los principios que él creía únicos para salvar al país.
Así lo cuenta García de los Santos.
El 18 de mayo de 1845, don Carlos envió a su hijo Carlos-Luis la
renuncia a su favor de todos los derechos a la corona de España,
quedándose con el título de conde de Molina. Carlos Luis aceptó la
transmisión y tomó el título de conde de Montemolín. En seguida dirigió a
los españoles un manifiesto, del que son estos dos párrafos (que se
suponen escritos por Balmes):
“Hay en la familia real una cuestión que, nacida a fines del reinado de
mi augusto tío el señor don Fernando VII (que santa gloria goza), provocó
133

la guerra civil. Yo no puedo olvidarme de la dignidad de mi persona y de
los intereses de mi augusta familia, pero, desde luego, os aseguro,
españoles, que no dependerá de mí si esta división que lamento no se
termina para siempre. No hay sacrificio compatible con mi decoro y mi
conciencia que no me halle dispuesto para dar fin a las discordias civiles y
acelerar la reconciliación de la real familia.
”Si el cielo me otorga la dicha de pisar de nuevo el suelo de mi patria,
no quiero más escudo que vuestra lealtad y vuestro amor; no quiero abrigar
otro pensamiento que el de consagrar toda mi vida a borrar hasta la
memoria de las discordias pasadas y a fomentar vuestra unión, prosperidad
y ventura; lo que no me será difícil si, como espero, ayudáis mis ardientes
deseos con las prendas propias de vuestro carácter nacional, con vuestro
amor y respeto a la santa religión de nuestros padres, y con aquella
magnanimidad con que fuisteis pródigos de la vida cuando no era posible
conservarla sin mancilla.”
En julio siguió Balmes el viaje a Bélgica, donde visitó Bruselas,
Gante, Anvers, Lovaina, Nivelles y Salinas. Invitado a comer por el
cardenal arzobispo de Malinas, encontró allí a todos los obispos de Bélgica
con el Nuncio y varios vicarios generales y secretarios. Otro día comió con
el Rector y los profesores del Seminario. El Nuncio, a quien conoció allí,
era nada menos que Joaquín Pecci. En octubre volvió Balmes a Madrid.
Pero el 16 de julio había salido en Madrid el primer número de El
Conciliador, simbólico nombre aplicado a un diario que Balmes había
creído necesario publicar sin que por ello dejase de aparecer El
Pensamiento de la Nación.
Fue nombrado director el notable literato mallorquín José Quadrado,
que ya en su tierra dirigía una revista titulada La Fe, y Balmes, desde
París, en medio de sus estudios y gestiones políticas, escribía a Quadrado
el programa interno del periódico, en estos términos:
“Sostener los buenos principios en toda su pureza, quitándoles la
dureza que los hombres con sus errores y pasiones hayan querido darles en
la aplicación; acomodarse al espíritu del siglo sin desviarse un ápice de los
eternos principios de la moral ni de cuanto nos enseña y prescribe la
Religión Católica; conservar en lo posible lo antiguo sin desdeñar
demasiado lo nuevo; fijar el punto en que se hayan de estrechar la mano
las instituciones de los tiempos anteriores con las del siglo diecinueve;
determinar el desarrollo que se haya de consentir al elemento popular, para
que no dañe a la unidad y fuerza de la monarquía; señalar los medios con
que se hayan de buscar en la sociedad los elementos que encierra de
134

gobierno para hacerlos subir cual fecundante savia hasta las regiones del
poder; en una palabra, formular un sistema verdaderamente nacional, que
por medio de transacciones amplias y equitativas, lo concilie todo, acabando para siempre con las reacciones y las revoluciones: he aquí una
tarea bien difícil; y éste, sin embargo, es el objeto del periódico que usted
va a dirigir... Comenzaría el prospecto haciendo notar el punto de lasitud y
postración a que han llegado todos los periódicos políticos de España; la
visible descomposición de que ofrecen síntomas todos ellos; la necesidad
de una bandera a que puedan acogerse todos los hombres de todos los
partidos, sin que se les obligue a pasar por las horcas caudinas, y de
constituir el poder público sobre una base verdaderamente nacional, en que
entren todos los españoles, apiñándose todos alrededor del trono, y se
acaben para siempre, por medio de transacciones prudentes, las divisiones
que han producido discordias y guerras, y que a la sazón producen aún
desvío y alejamiento... Me parece que aunque está usted en relación con
una empresa y con un círculo político, el periódico no debe sonar como tal
en el prospecto. El prospecto no ha de ser un manifiesto de un partido.
Además, hay cosas buenas para sabidas, mas no para dichas. Hay cosas
que son públicas y que, sin embargo, no se reconocen jamás
explícitamente. En mi concepto, con esto no ganaría autoridad el
periódico, pues lo que es sus relaciones con ciertos hombres nadie las
ignoraría, y perdería en libertad para ciertas indicaciones, para ciertas
noticias, para ciertas maniobras de estrategia periodística, en que no
conviene que se corra enteramente el velo, bastando que se levante una
punta de él... Por lo demás, aliento y brío: fuerza de convicción, lealtad de
sentimientos, sinceridad de palabras, inspirarse en las conversaciones con
toda clase de hombres, sin constituirse dependiente de ninguno; pensar por
sí, escribir por sí, no decir jamás sino lo que se piensa, jamás una palabra
contra lo que se piensa; por ningún motivo, por ninguna consideración,
bajo ningún pretexto.”
Después de larga preparación, el periódico se dedicó a defender el
proyecto de matrimonio real. Inútil. Los unos lo tachaban de liberal; los
otros de absolutista. A los cinco meses, el periódico desapareció. Y Balmes
fracasó en la conquista del partido moderado, que era el principal fin que
El Conciliador perseguía.
El último número de El Pensamiento de la Nación correspondiente al
año 1845, fue denunciado, con todo el aparato de invasión de la policía e
incautación de la tirada. Vista la causa, recayó sentencia absolutoria.
135

Ya no se discutía a Balmes: se le atacaba. ¿Quién habría podido
vencer dialécticamente a aquel filósofo político?
Se publicaba en Madrid El Español; periódico que con frecuencia
hacía dura crítica de la labor de Balmes. Éste contestaba
humorísticamente: no daba importancia al enemigo. Era necesario, pues,
atacar a nuestro hombre en lo que más pudiera dolerle. Y en El Español
apareció un día de agosto de 1846 —durante una temporada que Balmes
pasaba en Vich—, una correspondencia fechada en Barcelona Mena de
injurias personales contra el Director de El Pensamiento de la Nación.
Contaba que Balmes andaba haciendo propaganda política y que en uno de
los pueblos le habían dado una paliza; que cuando era seminarista se le
había negado una beca porque era liberal; que, en sustancia, era un carlista
hipócrita. Poco después, otra correspondencia del mismo origen decía: “Ha
salido inexacta la noticia que di a ustedes de los palos a Balmes, aunque sí
es cierto que hubo pensamiento y hasta conato de dárselos, pues ya saben
ustedes que no faltan en todas nuestras poblaciones sus círculos de
alborotados que todo lo pasarían a fuego y a sangre; pero en el caso
presente desistieron de su intención por consejo de algunas buenas
personas que lo conocieron. He visto que se han escandalizado mucho los
periódicos santos de ésa por la noticia, pero que tengan paciencia; otras
cosas mejores les esperan cuando se publique la vida y milagros de su
héroe. Entretanto, es cierto, ciertísimo, que el señor Balmes ha trabajado
con gran empeño para que en algunos distritos se voten candidaturas
carlistas cuyos candidatos son de los más furibundos del partido. Tal vez a
la publicación de la noticia se deberá el que desista de su empeño.”
Fuerte reacción produjo en Balmes el grosero ataque. Contestó en El
Pensamiento publicando un largo artículo titulado Vindicación personal, al
que frecuentemente nos hemos referido en esta biografía. Bien clara cuenta
se dio de que la finalidad del ataque era contenerlo en el asunto del
casamiento de la Reina. Claro está que no fue detenido. Bien claro decía él
que, si por aquel medio pensaban acobardarlo, habían equivocado la
cuenta, y que otros motivos podían hacerlo retirarse de la política: no los
peligros, ni los insultos, ni las calumnias.
Y llegó la hora en que se produjeron los otros motivos. El periodo
crítico en el problema del matrimonio real fue la primavera y el principio
del verano de 1846. Tan adelantado estuvo el proyecto de Balmes y tan
esperanzador era el resultado de sus gestiones, que, según documento que
el P. Casanova publicó, firmado por don Alfonso de Borbón y de AustriaEste, sobri10 del Conde de Montemolín, nieto de don Carlos, “el
136

matrimonio de Carlos VI con doña Isabel era ya cosa arreglada, y don
Carlos ya estaba en vísperas de marchar para la entrevista con doña Isabel,
y ya tenía comprados los regalos para darle. La víspera de su marcha todo
fue suspendido, el proyecto fracasó, pero no por culpa de Carlos VI, sino
por intervención del partido enemigo, que no lo quiso permitir”.
Llegó la hora decisiva. Súbitamente, el 28 de agosto la Reina
anunciaba en la Gaceta que “había determinado contraer matrimonio con
su primo el infante don Francisco de Asís María, y convocaba las Cortes
para el 14 de septiembre.
El efecto que el hecho produjo en Balmes fue aplastador; ya vimos lo
que escribió a Ristol. Poco después escribía al Marqués de Viluma; “No
estoy todavía resuelto, pero es harto probable que me resolveré a no
tardar... Dudo mucho que pueda hacer bien escribiendo de política. Las
circunstancias han variado completamente; falta la base; no sé cómo se
pueda levantar el edificio. Indica usted que si ceso de escribir dirán que mi
único objeto era el matrimonio de Montemolín; el objeto era un sistema
cuya clave era el casamiento; si dicen esto, dirán la verdad... Me dice usted
que el Príncipe es buen sujeto; no lo dudo; pero ¿qué tenemos con eso?
¿Qué podrá hacer el Príncipe con la mejor voluntad del mundo? Nada,
señor Marqués, nada.” Cuando fracasa un político, comienza en seguida a
pensar en el desquite o en la evolución. Pero cuando el político tiene la
altura y la pureza de Balmes, se hunde. No es el proyecto lo que ha
fracasado: es su fe en los hombres.
No tardó en desaparecer El Pensamiento de la Nación. Ya, ¿para qué?
Además, ahora sí que conocía Balmes cuál era el pensamiento político de
España. En términos generales, se podía aplicar a la nación las mismas
ajustadas palabras que él había escrito con relación a Barcelona. Bien
podía decirse que “España contaba en su seno una porción de hombres
distinguidos por sus conocimientos, pero carecía de la habilidad necesaria
para lograr que prevalecieran en el orden político los que de cierto
dominaban en el social.”
Para él, el matrimonio real era un medio para conseguir una situación
política española, y esta situación de la cosa pública era un medio para
cosas más altas. Quería sencillamente hacer una España grande y católica,
y uno de los medios que empleaba era la política. Pero aparte ésta, tenía
grandes proyectos. Pensaba publicar una revista católica y fundar una
sociedad de cultura. Calculaba para ésta un capital de veinte millones de
reales, en veinte mil acciones, desembolsándose al principio una cantidad
corta. Al frente de esta sociedad debían ponerse doce personas de las más
137

respetables de Madrid por su ciencia, nacimiento, posición social y
riqueza; habría un director literario; habría un teólogo revisor. Los
redactores serían cuatro; además, se admitirían los escritos que, pasando
por todas las pruebas, se considerasen dignos de publicación: se formaría
un gran establecimiento tipográfico. La sociedad debía tener para sus
oficinas un gran local, en que se estableciera un Ateneo, compuesto
exclusivamente por los accionistas. Había escrito los estatutos de bases
generales —dice García de los Santos—; había formado la junta directiva,
tenía designado el teólogo revisor, los redactores fijos; había hecho una
lista de las personas instruidas de España a quienes se había de invitar a tomar parte en los trabajos.
No sólo no era un político aprovechado; no era ni siquiera un político
de los que tienen un programa que exponen al público antes de ir a las
urnas.
Recibió Balmes la noticia del casamiento cuando se encontraba en
Vich; de allí fue a Barcelona. Se había dado orden, según cree BlancheRaffin, de encerrar a Jaime Balmes en la ciudadela de Barcelona si, con la
novedad del casamiento de la Reina, aparecía en Cataluña una sola partida
carlista. No les cabía en la cabeza el grandor de alma de Balmes, en donde
cabría el orgullo y el abatimiento, pero no el despecho. Él hizo cuanto
pudo por la salvación de España: el fracaso no era para él truncamiento de
carrera, sino dolor puro.
Casi nadie lo comprendió. Baste, para medir la categoría de esta
comprensión, con decir que uno de los admiradores decía a BlancheRaffin: “¡Balmes! ¡Qué lástima que este hombre no tenga un sable a su
lado! Él nos salvaría. Es el único entendimiento que ve claro en nuestros
peligros y el único valiente que se atrevería a arrostrarlos.”
Balmes, desencantado, resolvió continuar la vida del periódico, para
cumplir con los subscriptores hasta fin del año. Y efectivamente, el 31 de
diciembre de 1846 se publicó el último número, con un larguísimo artículo
de Balmes que se titulaba: “¿Por dónde se sale?”
Y como era hombre que jamás daba un paso sin previa meditación, y,
por consiguiente, nunca tenía que arrepentirse de los suyos, en febrero de
1848 publicó un libro que comprendía sus principales escritos políticos,
con un juicio sobre la política española del año 1848,

138

Capítulo XIV
LA COMIDA DE LAS FIERAS

En febrero de 1846 se publicó el primer volumen de la Filosofía
Fundamental. Bien quisiéramos tener inteligencia y cultura filosófica
suficientes para hacer, si no una critica, a lo menos una exposición
detallada de la obra. Para el conocimiento de ésta, como para el de los
demás libros de Balmes, nos limitamos a recomendar —para el que no
tenga lugar de leerlo todo— la lectura de la obra del P. Ignacio Casanovas,
que, a nuestro entender, sólo tiene una falta, y es que, por estar escrita en
catalán, ha de ver muy limitado el círculo de su propagación. Digamos de
paso, que es lástima que no haya sido traducida al castellano. Nosotros,
por lo menos, no tenemos noticia de traducción alguna.
Hagamos notar, sí, el significativo hecho de que Balmes alternaba
constantemente sus escritos y sus gestiones políticas con sus trabajos
filosóficos. No era esto solamente porque buscase en una materia el
descanso de los trabajos realizados en la otra; la causa de esta doble y
simultánea ocupación es algo más elevada. Para Balmes, la política era
como una rama de la filosofía, y estudiaba la política española con la
misma elevación y con la misma potencia de análisis que los problemas
filosóficos.
Para uso de las escuelas, ideó la Filosofía Elemental, que apareció en
Madrid, en el mes de julio.
Después hizo otro viaje a París, y allí ya le fue pedida autorización
para traducir la obra en Francia, como lo había sido la Fundamental.
Volvió a Madrid... y siguió trabajando. Ya no le quitaba tiempo la
política, y su cerebro seguía cuajado de grandes proyectos. En enero había
escrito al editor Brusi: “Ya habrá usted visto que por fin he realizado mi
proyecto de cesar en el Pensamiento; cada día estoy más contento de haber
tomado esta determinación. Así estoy perfectamente libre, que es lo que
deseo y me conviene.”
¿Quién sabe de qué obras filosóficas nos privó la ocupación política
de Balmes? Mas no debemos lamentarlo. En el mundo espiritual tampoco
139

se pierde ninguna fuerza, y es importantísima la actuación política de
Balmes, aunque no sea más que por el altísimo ejemplo de patriotismo y
cristianismo verdadero que en el mundo podrido de la política dio.
En 26 de octubre escribía a García de los Santos: “Traduzco en latín
la Filosofía Elemental; escribo una obra de matemáticas; me dedico con
afición al hebreo, y cuando me queda algún rato libre, echo por donde
ocurre, y a veces emborrono papel sobre cualquier cosa.”
¡No le quedaba ya ni un año de vida!
Y todavía tenía en proyecto escribir una vida de San Ignacio como
centro de la vida del siglo XVI, e inspiró la publicación de la Biografía
Eclesiástica Completa, que llegó a producir treinta volúmenes.
Aun le quedaba el martirio: el abandono casi total, la injuria
colectiva. La pandilla política no pudo tolerar el encumbramiento de
Balmes. La pandilla humana quedó al acecho, porque ella tampoco podía
permitir que un español fuese tan conocido y estudiado y agasajado en
España y en el extranjero, ni que fuese tan puro, que, a la hora de atacarle,
hubiese que apelar a groseras extravagancias, como la de los palos.
Había subido al Solio Pontificio un hombre nuevo, Pío IX, Cardenal
Mastai-Ferrati. “El Papa —escribía luego Balmes—, según noticias de
personas que lo conocen bien, reúne dos cualidades: mucha sensibilidad y
completo imperio sobre sí mismo... Éstas son precisamente las dos
cualidades que forman los grandes caracteres, esos caracteres tan raros en
el mundo.” Recordaréis que estas dos cualidades son precisamente las que
como preponderantes atribuyen a Balmes todos los que lo trataron.
El primer acto político de Pío IX fue la concesión de una amnistía.
Recordaréis los planes de Balmes, en cuanto a la política española, de
reconciliación y perdón.
Sigue Pío X las reformas. “Poco después —escribe Balmes
relatándolas—, la Prensa se ensancha, y, aunque bajo la censura, obtiene
inesperada latitud... se convoca un Consejo de Estado, se establece una
municipalidad en la capital, y, para complemento, el Gobierno pone las
armas en manos del pueblo organizando rápidamente la guardia cívica.”
Recordaréis que Balmes fue siempre partidario de ir echando poco a poco
el vino nuevo en los odres viejos; que, según él, “la Iglesia ha sido
reformadora, y los concilios una serie de asambleas reformadoras, y sus
decretos, códigos de reformas”.
Se puede decir que al empezar Pío IX su actuación política, Balmes
vio en ella como el sol de su luna, pues, en substancia, era el mismo
140

espíritu político que él había intentado imponer en España. Y esto, en una
región mucho más importante: en los Estados Pontificios, que, según él,
“eran pequeños en el mapa, pero más importantes que ninguna potencia
europea, sin exceptuar las de primer orden; el profundo trastorno que resultaría de la desaparición de una de ellas no es comparable con el que
dimanaría de la ruina de la autoridad temporal del Papa.”
Con esto bastaba para despertar en un alma ardiente la simpatía, la
admiración y el entusiasmo. Mas no fue así en todo el mundo, ni siquiera
en toda la cristiandad, ni siquiera en la católica España.
En primer lugar, el Papa había resultado elegido de manera
inesperada... de una manera inesperada por los políticos europeos, que
tenían otro plan. En seguida comenzó sus reformas de liberal sentido, que
terminaron en el otorgamiento de una Constitución. Por toda Italia se
extiende entonces el entusiasmo y el deseo de libertad. Todos los pequeños
Estados italianos siguen el mismo camino menos Nápoles: después tuvo
que ceder. En el trastorno general que se produjo, Austria ocupó Ferrara,
para dominar el movimiento: el Papa protesta.
Consecuencia inmediata: los revolucionarios vitorean a Pío IX,
creyendo, o simulando creer que éste es la Revolución, y los timoratos y
los atrasados y los acomodados lo execran porque representa el peligro, el
adelanto y la inmediata incomodidad.
El 24 de febrero de 1848 se produce en Francia una revolución que
proclamó la República. La revolución se extiende por toda Europa excepto
las extremidades (Rusia, Suecia y Noruega, España), con diferentes
formas.
En la Gran Bretaña se redujo a una manifestación de obreros por el
sufragio universal, y a una agitación republicana en Irlanda. En Bélgica,
los Países Bajos y Dinamarca se limitó a una reforma pacífica del régimen
político.
En las tres grandes monarquías fue una insurrección democrática en
la capital, París, Viena y Berlín. Los Gobiernos se quedaron paralizados
por el terror de la Revolución, que les pareció una potencia superior
irresistible; se defendieron apenas, y dejaron a los revolucionarios
adueñarse del poder.
La revolución sólo fue completa en Francia. Estableció allí la
república y el sufragio universal; pero pronto el partido republicano se
debilitó, por el conflicto entre los partidarios de la “República
141

democrática” y los de la “República democrática y social”, que terminó en
la insurrección obrera de junio de 1848.
La monarquía subsistió en Austria, donde nuevos ministros
prometieron una constitución, y en Prusia, donde el rey FedericoGuillermo tomó la dirección del movimiento por la unidad de Alemania.
Al fin se aprobaron unas constituciones democráticas para Prusia, Austria
y Alemania.
Hungría se constituyó en Estado autónomo, y su Gobierno entró en
guerra contra los serbios y los croatas, que reclamaban la autonomía.
Como se ve, fue un trastorno general, de esos que, como suele
decirse, están en el aire; y no es licito achacárselo a acto alguno de
persona determinada.
En España dominaba también el miedo a la Revolución, prescindiendo de todos los respetos y de toda lógica; la opinión se lanzó contra
el Papa. La primera preocupación de todo espíritu atrasado, siempre que le
sucede algo desagradable, es echarle la culpa a alguien. No le cabe en la
cabeza que ocurran las cosas desagradables sin culpa de nadie, y menos
aún puede admitir que el culpable sea él mismo precisamente.
Tal fuerza tenía el ataque, que García de los Santos dice que “como
católico anhelaba que hubiese una persona de dotes eminentes que
contuviera por medio de la poderosa lógica y encantador estilo esas
injurias groseras que se lanzaban, hasta por eclesiásticos, en contra del
gran Pontífice”.
Este anhelo tenía que ser y fue más vivo aún en su maestro, y ya
tenemos dos causas muy claras de la intervención de Balmes: la simpatía
que podríamos llamar fundamental, y la necesidad de acabar con el
vergonzoso espectáculo que daban los católicos atacando al Papa.
La tercera causa... El P. Casanova dice que cree probabilísimo que el
auxilio de Balmes para la defensa del Papa fuera pedido, y que Balmes le
dio “pleno de amor, aunque viese que le había de costar la honra y la
vida”. Ya veremos las consecuencias que para nuestro héroe trajo la
intervención, y veremos claramente que si fue noble y grande el arrojarse a
la impopular empresa de la defensa del Papa por amor, por respeto y por
decencia, no fue ya sólo noble y grande, sino literalmente heroico el
lanzarse a la empresa obedeciendo a un ruego y guardando el absoluto
secreto que él guardó. “Razones muy poderosas que ahora no te puedo
explicar”, dijo a un amigo. Esto es el verdadero martirio, porque esta
categoría llegó a alcanzar su sufrimiento.
142

Era una campaña sorda contra el Papa. Creían unos que la actuación
de éste perjudicaba a la Religión; otros entendían que perjudicaba a la
política de los otros Estados... Pero, claro, entre ciertos elementos no se
podía declarar la guerra al Papa. Y entonces, como escudo o como torreón,
se presentó Balmes con un libro. Se titulaba éste Pío IX. Era una ardiente
defensa de lo que había hecho el Pontífice como jefe de Estado. ¿Cuál es
la empresa de Pío IX? Conceder a la época lo justo y lo conveniente,
negándole lo injusto y dañoso; mejorar la condición de los pueblos sin
precipitarlos en la anarquía; prevenir la revolución por medio de la
reforma, quitándole a la impiedad motivos, ya que no es dable impedir que
tome pretextos; privar de fuerza sus declamaciones, haciéndolas huecas
por la absoluta falta de razón; cimentar un orden político y administrativo
que se sostenga por sí propio, sin necesidad de bayonetas extranjeras;
desarrollar en los estados pontificios un espíritu público que los prepare
para atravesar sin trastornos las profundas vicisitudes que ha de sufrir la
Europa; hacer posible la duración de la soberanía temporal de la Santa
Sede no obstante la transformación de las ideas y costumbres de los
pueblos.”
¿Cómo hacía esta transformación Pío IX? “En política es peligrosa
toda concesión que viene en pos de exigencias... Mas el conceder
previniendo la exigencia, obrando con espontaneidad y con absoluta
libertad, es ejercer uno de los actos más propios en un gobierno sabio, es
satisfacer una necesidad antes que se convierta en exigencia. Por estas
razones considero como una empresa peligrosa, sí, pero noble, digna de un
alma grande, el hacer a su tiempo las debidas reformas manifestando que
no se teme el movimiento de la época, para atraer a todos los espíritus
nobles, persuadiéndoles que en la Religión no hay nada que se oponga al
buen orden de la administración, al progreso material, al desarrollo de la
inteligencia, al ejercicio de la libertad política.” “La Religión no necesita
trastornar ni oprimir: lo que ella hace es ordenar y aliviar; quiere que los
pueblos obedezcan; pero les procura un yugo suave y una carga leve.”
Este es el tono de la defensa. Parece que no podía estar más clara la
justicia de ésta ni se podía exigir menos templanza en un sacerdote que
defiende a su Pontífice.
Pero es que para Balmes había llegado la hora. Como dice
Benavente, la comida más sabrosa de las fieras es el domador. El miedo a
la revolución, por sí solo, no explica suficientemente aquel acoso que se
llevó a cabo contra Balmes. Es que aquí nunca estamos dispuestos a
aguantar a nadie, llámese jefe, llámese hombre célebre, y aunque
143

exteriormente, para el público y aun para nosotros mismos, le rindamos
homenaje, nos volvemos locos de contento en cuanto encontramos ocasión
de atacarlo sin faltar a los principios que nos hicieron respetarlo. Esto,
naturalmente, también lo sabía Balmes, y sin embargo, ved cuán valiente
fue.
Fueron los periódicos, fueron los políticos, fueron los amigos, los
discípulos, los favorecidos... Todos le huían.
Córdoba nos cuenta que se produjo un rumor profundo, que crecía a
medida que se complicaban los sucesos de Italia. De una y otra parte se
disputaba con ardor y hasta con ira. Las críticas impresas se unían a las
calumnias verbales y a las demostraciones insolentes que herían la honra
del sacerdote y afligían el corazón del sabio. Balmes llegó a ser objeto de
amargos desprecios y demostraciones irreverentes. Unos le negaban el
saludo y volvían la cabeza con desprecio cuando pasaban a su lado; otros,
al verle venir echaban por otra calle; algunos se creían con derecho a
olvidar los beneficios, y disculpaban su ingratitud con el pretexto de que
no querían relación con el autor de Pío IX. ¡Qué hermosa satisfacción para
nuestro orgullo! El hombre que nos hizo un favor y que tiene esta
superioridad sobre nosotros, que en todo momento, expresa o tácitamente,
le hemos de reconocer, de pronto se hace indigno de que lo tratemos!...
Algunos que poco antes lo proclamaban oráculo y que habrían sido felices
con servirle de amanuenses, ahora huyen de su trato y compañía. Muchos
individuos de un partido político abandonan a su oráculo; incontables
personas tienen compasión del escritor. El ejército balmista se divide; se
duda de la sabiduría del caudillo; su fama sufre una crisis; queda herida la
reputación del sabio; no hay para él consideración ni piedad. ¡Llegaron a
compararlo con Lamennais! “¿Yo Lamennais? ¡Dios mío! —decía él—
Perdonad a los que lo dicen; perdonad a los que dicen lo que no creen
como perdonasteis a los que no sabían lo que hacían.”
Decían que Balmes había publicado el libro porque aspiraba al
cardenalato. Es de advertir que ya entonces —es decir, antes del libro—
había llegado Balmes, su opinión, su fianza, a una influencia eclesiástica
pocas veces conocida. El delegado apostólico en España le llamaba el
Santo Padre de los tiempos modernos. Por sus indicaciones habían sido
hechos obispos más de media docena de sacerdotes. ¡Si él hubiese querido!
Además, no era hombre vano, pero, de haberlo sido, honores oficiales
bastantes se le hicieron en España y en el extranjero para dejarlo ahíto. Sin
saberlo siquiera, fue nombrado socio de la Academia de la Religión
Católica de Roma. Al formarse en Barcelona la Asociación Defensora del
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Trabajo Nacional y de la Clase Obrera, fue nombrado director. La
Academia Científica y Literaria de Profesores, de Madrid, lo nombró socio
de honor y de mérito. El Ateneo de Madrid le ofreció el honor de presidir
sus conferencias. Fue nombrado, por unanimidad, miembro de la Academia Española, aunque no llegó a tomar posesión...
Los amigos huían. El que menos, decía que, aunque tenía razón, no
había sido oportuna la publicación del libro.
Uno de los ataques más fuertes lo recibió en un folleto anónimo que
se publicó en Madrid. El autor llegaba hasta afirmar que en la elección de
Papa había habido manejos políticos, y que Pío IX había sido el candidato
de Luis Felipe. Hipócritamente decía después que, por lo demás,
canónicamente todo estaba muy bien, y había que respetar al Papa. En todo
el libro se ve la intención injuriosa, contra el Papa y contra Balmes. Llega
hasta el ridículo de decir que éste destroza la lengua castellana ¡porque
escribe calurosas en vez de calorosas!
Hasta algún biógrafo llega a decir que se encuentra en violenta
situación al hablar de este libro de Balmes. No se nos alcanza el motivo,
porque, se piense lo que se piense de sus razones, es necesario admirar su
franca y valiente actuación, que en las biografías es lo único importante.
Según el P. Casanovas, un mes después de salir el Pío IX escribe el P.
Puyal al P. Lerdo: “El mes pasado publicó Balmes el breve opúsculo de
que ya V. tendrá noticia. No ha resultado tan bien como sus otros escritos,
aunque tampoco han faltado grandes panegiristas. Yo no he sabido ni sé
qué decir, sino que no venía a tiempo y que habríamos podido pasarnos
bien sin esta obra. De viva voz quizás me explicaría más claro.”
Mes y medio después vuelve a escribir el mismo Padre: “He tenido
—dice— un placer verdadero al ver los sentimientos en que usted abunda
tanto respecto de don Jaime (Balmes) como de su héroe (el Papa),
solamente porque son enteramente conformes con los míos tanto en uno
como en otro extremo...; tampoco faltan muchísimos que ya le hacen la
cruz al diablo, y hasta ha habido tres o cuatro que le han dicho buenas
frescas en letras de molde. Yo no he hablado con él de este negocio y aun,
para no tener que hablar de ello, no he querido leer sino una parte de su
poema. Agregaré, para que lo sepa usted todo, que también por aquí se ha
supuesto que una mano extraña ha dado el empujón, con la sola diferencia
de que unos dicen, como usted, que ha venido de Roma, y otros, que ha
venido del país donde vive don Lorenzo (París). Quizás sea de ambas
partes, que es lo que parece más probable.”
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Cuando los amigos le instaban para que contestase a las criticas,
replicaba: “No. Es más fácil criticar y calumniar que contestar a las críticas
y calumnias. Tendría que escribir, no un folleto, sino una obra, y ahora no
tengo tiempo. Mi Pío IX no ha sido comprendido.”
El P. Casanovas termina así: “La tragedia de Balmes es quizás el
primer ejemplo heroico del martirologio escrito por las apasionadas luchas
religiosas de España de un siglo acá.”

146

Capítulo XV
DE CÓMO BALMES CAYÓ MALO, Y DEL TESTAMENTO
QUE HIZO, Y SU MUERTE

No sé qué misterioso impulso hace a los hombres volverse hacia la
vida de la infancia cuando ya se sienten decaer. El que se crió en el campo,
vuelve al campo; el que en el pueblo, al pueblo, aunque lo principal de su
vida lo haya pasado en una gran ciudad. Y no sólo esto, sino que se vuelve
a las aficiones y hasta a las creencias de la primera juventud. ¡Cuántos
conocemos que vuelven en la decadencia a la fe religiosa que en su niñez
tuvieron! Cuántos que, criados en ideas avanzadas y que después se
hicieron hombres de orden, retornar al liberalismo a última hora! Parece
como que al llegar a cierta edad desaparece la sinceridad de la juventud y
el hombre lleva durante toda su vida a otro hombre sobrepuesto, y que a
última hora se desprende de este engaño que aun para sí mismo usó, y se
sacude al otro hombre, como si dijese: “Para lo que me queda que vivir!...”
El pensamiento de la muerte es lo que más sinceros nos hace, para con
nosotros mismos y para con los demás. ¿No habéis visto cómo seleccionan
sus amistades los muchachos que tienen aspiraciones? En cambio, el
viejo, por muy aristócrata que sea o se imagine ser, de cualquiera se hace
amigo. Al emprender un largo viaje, todo el, que entra en nuestro
departamento nos parece un posible enemigo molesto; pero cuando el viaje
toca a su término, ¿qué más da?
Balmes está herido de muerte. La más traidora de las enfermedades
venía haciendo su trabajo de zapa... Quieren decir que en su temprana
muerte influyó el mal comportamiento de amigos y enemigos cuando
publicó el Pío IX. No lo creemos así. Después de publicado el libro “él
siguió en sus trece”. Esta satisfacción interior es incompatible con el
traumatismo espiritual. Era débil su cuerpo, siempre lo fue; pero su
espíritu no se resentía de heridas ni de infecciones. Para explicar pronto los
hechos se atienen los hombres demasiado al post hoc, ergo propter hoc.
Además, estas explicaciones satisfacen más a la imaginación. A la misma
imaginación que cuando murió Balmes echó a volar la especie de que
había muerto envenenado, y envenenado por un veneno lento que le habían
147

dado los protestantes cuando estaba en Francia. A la misma imaginación
que dio a algunos osadía para insinuar la sospecha de que su
comportamiento con Ferrer y Subirana había influido en la temprana
muerte de éste.
El 14 de febrero de 1848 salió Balmes de Madrid para Barcelona. Allí
fue a vivir al piso principal de la casa número 5 de la calle del Gobernador
(hoy Durán y Bas) (3). Allí todavía, según Ristol, trabajaba doce o catorce
horas diarias: estudiaba el griego y el hebreo, preparaba el discurso de
entrada en la Academia y traducía al latín su Filosofía Elemental. A
mediados de mayo sufrió un extraño ataque de frío que hasta le puso
moradas las uñas.
Y ya pensó en volverse a su tierra. Soñaba todavía de vez en cuando
con ir a Italia y volver a Inglaterra. El 27 de mayo marchó a Vich, y allí se
hospedó en la casa de la familia Bojons, que todavía se veía honrada con
recibirlo. ¡Trágica retirada hacia la madriguera! Allá quedaba el mundo;
allá quedaban aquellas Madrid y Barcelona que él en tiempo llamaba
candorosamente Babilonias; allá quedaba aquella sociedad de cobardes
enemigos y amigos traidores. Bien podían decir que lo habían vencido, en
cuanto habían hecho inútiles sus heroicos esfuerzos. Pero siempre es un
consuelo pensar que pudieron más que él por la debilidad de su cuerpo,
como era para Don Quijote un consuelo pensar que le habían vencido por
culpa de su caballo. Cara desfigurada —decía el médico—, muy caído de
fuerzas, fiebre con recargo tarde y noche, mucha tos, esputos generalmente
mucosos y a veces sanguinolentos, opresión del pecho y respiración
dificultosa, desgana, insomnio completo.
Mas todavía cuando le preguntaban cómo estaba de salud, respondía:
“Muy bien. En mí hay dos hombres, uno espiritual y otro corporal: del
corporal no me ocupo.” El 22 de junio, fiesta del Corpus, comulgó. El 26
hizo testamento. Dejaba a su hermana Magdalena trescientas libras que
habían de ser pagadas seis años después de la muerte del testador; a los
hijos de ésta, otras doscientas; disponía que el heredero diese
cumplimiento a un legado que tenía dispuesto de viva voz, y nombró
heredero a su hermano Miguel. Seguían unas cuantas fórmulas de
leguleyo, y la pobre firma de Balmes, temblona y rota, tan diferente de
aquella letra suya menuda, filiforme y clarísima de los buenos tiempos (en
una cuartilla metía Balmes el texto de una página impresa, con una letra
espiritual, en la que se leía perfectamente el texto y los frecuentes
3

Antes había vivido en la calle de Escudillers y en la de Aray.
148

entrerrenglones, y se destacaban fuertemente las poderosas mayúsculas)...
¡Pobre Jaime Balmes!
¡Domine, fiat voluntas tua!, repetía constantemente en aquel lenguaje
con el que estaba connaturalizado. ¡Qué diferencia entre los ridículos
latines que usamos a diario para simular cultura y este grandioso y
espontáneo latín que sale naturalmente de los labios de un sacerdote
moribundo que habla con Dios en el lenguaje de la Iglesia! ¡In te, Domine,
speravi!
Todavía llamó a su confesor; pero cuando llegó éste ya no se entendía
el habla del moribundo. Y a las cuatro menos cuarto de la tarde murió. Era
el 8 de julio de 1848.
La casa Bojons tenía fachada a una plaza con árboles; por detrás,
unas galerías que daban a un jardín. Y en medio de la alegría de la tarde
veraniega, allí estaba el cuerpo de Balmes, inmóvil ya para siempre. Desde
allí se esparció la tristeza por la ciudad; luego, por España. Se perdona
fácilmente a los muertos. Ya no se temía nada de él y se podía confesar en
todas partes que su muerte era una gran pérdida para España y para la
Ciencia.
Un detalle repugnante: la carrera de dos biógrafos que se disputaban
los papeles de Miguel Balmes.
Un detalle consolador: estos versos de Quadrado:
Seguirle, oh amigos, de amor es la prenda;
moved sus cenizas, movedlas... quizá
se exhale una chispa que el pecho os encienda,
y eterno el obsequio viviente será.”

149

OBRAS CONSULTADAS

Vida, de Balmes, por Benito García de los Santos.
Biografía del Dr. D. Jaime Balmes, presbítero, por Antonio Soler.
Biografía y Noticia histórica literaria de Balmes, por Buenaventura
Córdoba.
Una palabra sobre el Dr. D. Jaime Balmes, presbítero, por Joaquín Roca y
Cornet.
Vida y juicio crítico de los escritos de D. Jaime Balmes, por A. de
Blanche-Raffin.
Dos palabras sobre el centenario de Balmes, por M. Menéndez Pelayo.
Discurso leído en 27 de mayo de 1888 en los Juegos Florales de Barcelona, por M. Menéndez Pelayo.
Ensayos de Crítica Filosófica, por M. Menéndez Pelayo.
La Vida y las Obras de Balmes, por Narciso Roure.
Apuntaments biográphics, seguits d’un esbog de Iconografía y Bibliografía, por Albert Sadurní y Joaquín Vilaplana.
Biografía del Dr. Jaime Balmes y Urpiá, Pbro., por Manuel Brunet y Solá.
Balmes, la seva vida, el seu temps, les seves obres, por el P. Ignacio
Casanovas, S. J.
Guía-cicerone de Barcelona (1817), por Antonio de Bofarull.
Mamual Histórico-topográfico-estadístico y administrativo, o sea, Guia
general de Barcelona, por Manuel Saurí y José Matas.
Acontecimientos políticos e históricos de Barcelona desde 2 de septiembre
de 1818 hasta la entrada de. las tropas nacionales..., por “unos literatos
que permanecieron en ella durante aquella desgraciada temporada”. D. Y.
P. y D. M. G.
Una mirada retrospectiva (1880 a 1880), por Cayetano Cornet y Más.
Obras Completas de Balmes. —Barcelona.
Historia de España (1808-1823), por Pío Zabala.
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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, por el Conde
de Toreno.
Femando Vil, rey absoluto, por el Marqués de Villaurrutia.
Pronunciamiento de Cataluña contra Espartero y su gobierno, en junio de
18AS, por J. A. de Álvarez.
Mis memorias íntimas, por Femando Fernández de Córdova.
Le poète Manuel Breton de los Herreros et la société espagnole de 1830 à
1860, por Georges le Gentil.
Histoire d’Europe, por Seignobos.

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OBRAS DE JAIME BALMES

Filosofía, Fundamental.
Curso de filosofía elemental.
El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la
civilización europea.
Cartas a un escéptico en materia de religión.
El Criterio.
Pío IX.
La Religión demostrada al alcance de los niños.
Máximas entresacadas de las obras de San Francisco de Sales y distribuidas para todos los días del año.
Manual para la tentación, formado de trozos escogidos de los mejores
místicos españoles.
Conversa de un pagès de la montanya sobre lo Papa.
Escritos políticos.
La Civilización, revista religiosa, filosófica, política y literaria.
El Pensamiento de la Nación, periódico religioso, político y literario.
Poesías Póstumas. —1849.
Escritos Póstumos. —1850.
Reliquias literarias. —1910

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