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Cansados de ser vidrio

Buen conocedor del pensamiento oriental, Han se sitúa en la estela de la mejor filosofía
occidental

ISIDORO REGUERA

21 MAR 2014 - 20:00 ART

https://elpais.com/cultura/2014/03/18/actualidad/1395168650_227355.html

“Un redactor del diario Neue Zürcher Zeitung pretende mantener la última palabra
en cuestiones de psicopolítica: ira e indignación no serían ya los afectos que importan, el
futuro pertenece a la depresión”. Así comienza un apunte envenenado de Peter Sloterdijk en
su diario Páginas y días del 16 de noviembre de 2010. Refiriéndose a la lección de Byung-
Chul Han al tomar, dos días antes, posesión de su profesorado en la famosa Escuela
Superior de Diseño de Karlsruhe, de la que Sloterdijk es rector desde hace más de 10 años
(lección base del texto de La sociedad del cansancio), el apunte sigue: “Con ello muestra
dicho autor que es buen lector del colega Han, cuyo reciente discurso de toma de posesión
encontró poca aceptación entre colegas y estudiantes, tanta más, en cambio, entre los
estresados colaboradores de las redacciones culturales alemanas”. Aparte de las puyas
acostumbradas entre Sloterdijk y periodistas, periodistas y Sloterdijk, no es del todo verdad
lo que se refiere a Han. No es verdad la falta de aceptación, o quizá lo era entonces y en
aquel acto, pero cuatro años después del evento Han es ya un filósofo estrella. Aunque no
concede entrevistas de radio y televisión, con ocasión de sus dos últimos libros apareció en
todos los medios escritos alemanes. En dos semanas se agotó en 2010 la primera edición
del cansancio —que ya va por la sexta— y la de la transparencia,de 2012, lleva el mismo
camino con sus tres ediciones.

Byung-Chul Han, que hoy enseña en la Universidad de las Artes de Berlín, duró dos
años, no más, en la Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe, “a la sombra del rey de los
filósofos”, como se ha dicho. No sé si en ello tuvieron algo que ver los celos de este nada
reposado margrave filosófico, o celos mutuos, ni si los hay, aunque los parece. Y sin
embargo a Han se le considera, y no resulta descaminado, el sucesor de Sloterdijk, doce años
mayor que él. O de Agamben, Barthes, y otros así. En cualquier caso, Han está en la estela
de la mejor filosofía occidental del presente: testigo de los tiempos, implicada en sus
cuestiones, que sobrevuela la academia, foco de interés y discusión, socialmente
productiva... Filosofía de fondo estético, reflexivo, siempre (porque desde siempre la
conciencia de la inconmensurabilidad de fondo de las cosas —la que Han enfrenta a esta
sociedad superficial de la transparencia por ejemplo— acompaña al ámbito de lo estético),
sin el moho dogmático de progresismos anticuados, ya solo románticos en el mejor de los
casos, cuando no cínicos (saben que todo está definitivamente desencantado en las
condiciones pasadas, pero siguen creando ilusiones desde ellas).

Y no es del todo cierto que para Han el futuro pertenezca a la depresión. Aunque es
verdad que dice que “caminamos hacia una catástrofe” en esta sociedad que “aterroriza la
intimidad” exigiendo transparencia total, más bien totalitaria. Transparencia que significa
control, violencia, terror, destape y desnudo, pornografía y obviedad más que erotismo y
misterio. Sociedad sin intimidad ni pudor, sin distancia, en cuyo tiempo, el de la
transparencia, no acontece nada, es tiempo sin narración, sin historia, que arrasa el ser, lo
vacía y desencanta. Y su víctima, el hombre de vidrio, el de la transparencia indiscriminada
de piratas y wikileaks, es un ser sin color, pura liquidez, que sin el contrapunto de una
ideología no va a nada, solo mantiene el sistema. (“Solo una máquina es transparente… la
transparencia es explotación… solo existe en dictaduras”).

Aunque es verdad también, como dice en el libro del cansancio, que esta sociedad
del rendimiento provoca, efectivamente, depresión, además por una absurda explotación
de uno mismo, por la que el individuo se exige demasiado, generando enfermedades, más
que infecciosas (producidas por otros), neuronales (creadas por uno mismo): infartos,
depresión, hiperactividad ausente, fatiga o estrés crónicos, trastornos límite de la
personalidad, etcétera. Un cambio de paradigma frente a la explotación clásica. Una
“sociedad horrible” en la que solo se puede sobrevivir a la depresión con distancia,
aburrimiento y cansancio frente a tanta insania, retornando a la “sombra”, a un yo íntimo,
reflexivo, distante, pudoroso. (Algo más insumiso y eficaz que la revolución). Todo un
panorama postinmunológico, postvírico, postinfeccioso, postsloterdijkiano, pues, el que
describe Han.

A Sloterdijk le gusta más insistir, magnífico, en virtudes fuertes como la ira (rebeldía
originaria que mueve la historia, desde aquella enfrentada a los tarquinos que originó la
gran República romana, desde la de Aquiles, la de Moisés, la de Dios mismo), el orgullo
(por la labor bien hecha, el del ciudadano que rinde ejemplarmente en la sociedad, a la que
mantiene además con sus impuestos, a ser posible voluntarios) o el egoísmo nietzscheano
(“la bella capacidad del ser humano de rebelarse contra la pasividad y el fatalismo”) como
pasos decididos hacia una nueva comunidad humana concienciada y con voluntad de
superación y altura. Han, entretanto, es delicadeza, sensibilidad oriental, inteligencia en
frases cortas kamikaze, muy precisas. Las características de su crítica, quizá por táctica,
quizá por la elegante distancia de la que habla, velan esos ideales orientales de fondo. Nunca
aparecen expresamente, pero ahí están. Hasta ahora solo occidentales “orientalistas” habían
hecho ocasionalmente crítica de la cultura de Occidente desde la perspectiva oriental.
También en esto Han cambia las cosas: aunque ya europeo, Han es oriental en la sombra del
origen, conoce bien la filosofía zen, chan, tao, de la que no habla más que en algún libro
expresamente dedicado a ella, y conoce bien a Heidegger, la cultura occidental. Sus
interlocutores contemporáneos declarados son Agamben, Virilio, Barthes, Baudrillard,
Flusser (a Sloterdijk nunca lo nombra). Y desde esta mezcla de sombra oriental y patencia
occidental se le entiende.

De todos modos, es curioso que numerosos periódicos coreanos votaran La sociedad


del cansancio, un ensayo occidental, diríamos, como el libro más importante de 2012. Por lo
que se ve, el cansancio es global. Seguramente que los coreanos entienden tan bien o mejor
que nosotros esa fatiga y ese aburrimiento infinitos por esta sociedad pornográficamente
transparente, rebanadora de intimidad, y estresantemente positiva, la del yes, we can! Y
entienden que ese cansancio que producen ella y sus rectores haya que revirarlo hacia el
interior como último recurso para no agostarse en la indignación, transfigurándolo —como
hace Han, por ejemplo, a través de Handke (Ensayo sobre el cansancio)— en un cansancio
utópico, bueno, esencial, positivo, que no aísla, más bien libera del yo y del infierno del otro,
de la presión a actuar y al destape. Un día feliz es el que se puede dedicar a hacer uso de lo
inútil, un día no dispuesto para algo sino para nada: ese día que se puede perder es el día
bienaventurado del cansancio (no, sin más, del descanso).