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Han atropellao al arquitecto.

Sara Onarola

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—¡Han atropellao al arquitecto!— pude escuchar aquella tarde, cuando el sol se ponía y la
habitación se encontraba prácticamente en tinieblas. Emití un gemido, y la imagen del
arquitecto empapado en sangre, exhalando un suspiro de agonía o profiriendo los últimos
estertores, me puso todavía más cachonda. Un autobús le había aserrao un brazo que salía
volando e iba a dar contra las revistas y periódicos del quiosco de la plaza; la cabeza, como
una cucaracha pisoteada con saña, yacía separada del tronco a muchos metros; y los
zapatos, qué decir de los zapatos, estaban llenos del dulce licor sanguíneo. No hablaba;
claro que no hablaba; cómo iba a hablar; hacía tiempo que había entregado su alma al dios
del santo Averno. Ya no podía hacer nada; no podía defenderse; estaba tendido y los
pájaros acudían a perforar sus ojos, unos pájaros negros que manchaban sus patitas de
sangre al posarse sobre su boca de difunto. Iba a correrme. Dos palomas acudían ávidas a
su vientre y le picaban con saña hasta que de su interior salía un líquido espeso y negruzco.
Ya estaba. El arquitecto yacía inerte en la acera y yo me levantaba de la cama hacia el
cuarto de baño. Encendí la luz. Caray con el hijo puta el arquitecto. Ahora resultaba que me
lo habían atropellao. Mi gozo en un pozo. Igual le habían aserrao el pito y no me lo podía
tirar; igual se había muerto; igual ahora se había vuelto tetrapléjico y por fin dejaba de
hacerse el estrecho conmigo y follábamos todo el rato; igual; igual sí o igual no; quién sabe;
deshojemos la margarita. Salí a la puerta la escalera y grité ¡Trini!, ¿qué es eso de que han
atropellao al arquitecto? ¿L’han matao? La Trini tardó en salir y cuando lo hizo llevaba un
pañuelo que le tapaba todo el pelo. ¡Hija mía de mi alma y de mi corazón!, no me ha dao
tiempo a lavarme la cabeza, pero voy a salir ya a enterarme de todo. ¿Qué pasa, bonita,
todavía le quieres? ¿Tú qué sabes, qué ha pasao?, contesté como los gallegos. Iba a
cambiarme la gasita del muñón cuando me has llamao, dio como respuesta. ¡Ay, hija mía
de mi alma!, no sabes qué latazo me está dando la cura de la heridita del muñón este. Me
viene un picorcito, así desde el codo, y va corriendo corriendo hasta que se clava por toda
la cicatriz tal cual si fueran pinchazos de agujas. Todavía siento la mano. A veces me
parece que la tengo, voy a coger un vaso y lo tiro, claro. Ya, asentí. ¡Hija mía!, ¡Hija mía de
mi alma! continuó la Trini, saber lo que se dice saber sé lo mismo que tú, es decir, que han
atropellao al arquitecto. Por eso me voy a la calle. Hace un momento he subido donde la
Puri, pero no estaba en casa. Claro, habrá salido a enterarse, como yo. ¿Cómo te has
enterao? Alguien lo ha gritao en la escalera, repuse. Ya, pues igual que yo, siguió hablando
la Trini. Igual es un bulo y no ha pasao nada y el arquitecto sigue tan empingorotao y
estirao como de costumbre. Como él es como es, ya sabes, no le vendría mal un
escarmiento y quedar afectao y lisiao, así aprendería. Mientras sólo se quede lisiao, con tal
que no se muera, seguí yo. Ay, hija mía, no sé cómo te puede gustar ese mastuerzo que se
cree don Perignon; y total porque no le falta ninguna extremidad y tiene un trabajo digno, o
eso dice él, aunque fíjate tú qué trabajo, don señor repartidor del periódico del metro. ¿Será
majadero? ¿Cómo llevas tú las heridas? Ahora cuando entre, me tengo que hacer la cura.
Fíjate que he salido así con las vendas sucias de lo que supura el dedo gordo; o lo que
queda de él, vamos. Adiós, gatica, luego te veo. Y salió por el portal de la finca sin haberse
curado. Entré en la casa y me dirigí al cuarto de baño. Me senté en la taza y me levanté
cuidadosamente las vendas de los dedos. Primero comencé con el pie izquierdo, y luego
seguí con el derecho. Me puse Betadine en los muñones y los volví a vendar. Hacía dos
años y pico, mes arriba, mes abajo, que habíamos urdido todo. Lo habíamos urdido entre
las tres, la Trini, la Puri y yo. A las tres solitas se nos ocurrió y las tres solitas lo
realizamos. Hacía falta valor, eso se da por descontao. Pero lo decidimos y lo hicimos. Las

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tres. Ninguna se rajó. Ninguna dudó. O no lo dijimos. La verdad es que estábamos hasta el
pingorote de trabajar. Trabajar, trabajar, siempre lo mismo, un día sí y otro también,
siempre lo mismo, un día, otro día, otro día, siempre lo mismo, un día, otro día, otro día,
siempre lo mismo, siempre lo mismo, un día otro día otro día siempre lo mismo. Se vive
mejor sin trabajar, nos dijimos. El trabajo aliena, el trabajo esclaviza, nos dijimos. El
trabajo hace que el mundo parezca una basura, sostuvimos. Echaremos a perder nuestras
vidas si trabajamos, asentimos. No sé quién fue la primera en insinuarlo, ni tampoco quién
fue la primera en decirlo o proponerlo. Estábamos sentadas alrededor de la mesa camilla de
la casa la Puri, bebiéndonos el güisqui que había birlao del garito en que curraba y nos
embargó una alegría feroz y destructiva a las tres. Las risotadas se debieron oír en Ciudad
Real. Hay qué ver cómo se ríe la Puri, el escándalo que arma cada vez que le entra la risa.
Nos reíamos pero nos lo tomábamos muy en serio. Yo estaba dispuesta a hacerlo pasara lo
que pasara, a hacer no sabía bien qué, pero estaba bien dispuesta. A la Trini y a la Puri les
pasaba lo mismo. Cada una decidió qué parte de su cuerpo iba a mutilar, con serenidad, nos
tomamos nuestro tiempo. Bien es cierto que hay que decir que no meditamos el tema con
extremada dedicación, en ese caso tal vez estuviéramos todavía como nos parió nuestra
madre. Así que lo pensamos lo suficiente, ni mucho ni poco, sólo lo estrictamente necesario
como para no equivocarnos. De manera que la Trini decidió cortarse la mano derecha, que
es la que más tenía que utilizar en su oficio de fregona de unas oficinas; la Puri se echaría
encima de su cara bonita dos litros de aceite hirviendo, así quedó de desfigurada la pobre,
que ahora tiene que llevar máscara; y yo me cortaría cuidadosamente hasta la primera
falange de cada uno de los dedos de los dos pies (Nadie ha visto todavía una acomodadora
en el Real con muletas o en silla de ruedas). La ejecución de semejantes actos, suponía, no
obstante, una gran dosis de valentía y de cálculo. Y para llevar a cabo nuestro propósito, no
ejecutó cada una su propia mutilación, sino que decidimos que las dos que no fueran a ser
mutiladas ese día ayudaran a cortar o estropear —según el caso— a las otras dos. Sin
embargo, esto nos obligaba a efectuar un plan para que las mutilaciones pudieran llevarse a
cabo con éxito. Sí, no todo es tan sencillo. Por ejemplo, si hubiéramos mutilado a la Trini la
primera, que era la que se iba a cortar la mano derecha, ésta no podría haber ayudado a
mutilar a las otras dos. Por eso, se decidió que la Trini sería la última en ser mutilada.
Haciendo las cosas con cabeza, todo sería mucho más sencillo si la Puri era la primera en
caer. Hay que tener en cuenta que era la única que no iba a ser técnicamente mutilada y por
lo tanto nos sería de gran ayuda para llevar a buen puerto las así llamadas mutilaciones
verdaderas según definición de diccionario. Así que empezamos por llenar de aceite dos
ollas con mango de plástico, y cuando las ollas hervían con bien de borbotones y la música
resonaba a un volumen realmente ensordecedor, la Trini, que todavía tenía mano derecha,
y yo, que todavía tenía dedos en los pies, echamos a la cara de la Puri todo el hirviente
contenido. Nadie oyó nuestros gritos ni nuestras risas. A continuación llamamos a una
ambulancia y la Trini y yo salimos escopeteadas de allí dejando la puerta del piso abierta.
No fuimos, ¡qué pena!, a verla al hospital. Y no porque no quisiéramos: teníamos que obrar
con prudencia, no debíamos de llamar la atención de las autoridades, de los médicos, de
nadie —excepto de los vecinos, imposible que estos no sospecharan nada raro cuando el
tiempo pasara y cada cual atara cabos y descubriera el pastel—. Así que para la siguiente
actuación dejamos pasar 6 meses. Esta vez me tocaba el turno a mí. Pero ahora no voy a
contar nada de lo que sucedió aquella tarde en que yo iba derechita, digámoslo así, al
matadero. Siguiendo un orden lineal y quizás lógico —lógico en la medida en que es lógico
el hecho de contar una cosa que ha sucedido con anterioridad a otra antes que la que le

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sigue inmediatamente en el tiempo— debería narrar los hechos que aquella tarde tuvieron
lugar en el cuarto de estar de mi casa. No obstante, y aunque me pena sobremanera dejar de
lado la lógica y el respeto al desarrollo lineal de los acontecimientos, esta vez voy a hacer
una excepción, y voy a hacer una excepción porque tengo mis motivos para hacerla, y no
me refiero a que la cortesía o deferencia me obligue a contar lo a mí sucedido en último
lugar, no, nada más lejos de la realidad; justamente si voy a contar lo que sucedió aquella
tarde en último lugar es por falta de cortesía o deferencia para con mi prójimo, en este caso
mis amigas del alma la Puri y la Trini, aunque en este caso el hecho sólo afecte a la Trini.
Me explicaré: si mi historia va a ir en último lugar cuando cronológicamente le hubiera
correspondido un puesto medio y equilibrado, el fiel de la balanza —como detesto las
balanzas y sus fieles— es por puro egotismo y porque me da la gana de despacharme a
gusto y contar todo lo que se me ocurra sobre lo ocurrido. Uno comienza, es lo normal—no
sabría decir si también es lo lógico (nos encontramos ante un caso de incompatibilidad de
lógicas)—, cuenta una historia rapidillo; a continuación cuenta la siguiente con más garbo;
y, en la última, por ser la última, se detiene a placer. ¿Qué historia sería ésa que consta de
tres historias en la que el narrador se detiene en la primera y pasa como quien no quiere la
cosa por las siguientes? ¿O qué historia sería ésa en la que el narrador pasa de puntillas por
la primera, se detiene moroso en la segunda, y se precipita en la última para terminar cuanto
antes? Sí ¿qué historia sería ésa? Pues nada más y nada menos que ésta, repito, nada más y
nada menos que ésta, que esta historia. ¿Qué os habíais creído? La lógica es la lógica y el
desarrollo lineal de los acontecimientos puede más que mi egotismo. Me resisto a
abandonar el orden en que todo sucedió. Soy una amante del orden, ya lo saben. Es una
manía como otra cualquiera, qué le voy a hacer, sí, pero no puedo vivir —o al menos vivir
en paz, en armonía, con la conciencia tranquila— si no reina el orden más estricto en mi
vida y en mis habitaciones: todo en su sitio, cada cosa a su tiempo, no hacer algo antes si se
puede hacer después, no hacerlo después si ha podido hacerse antes —como puede
apreciarse, en mí la lógica, el orden y el wu wei van unidos, cogiditos de la mano, forman
una trinidad en la que no hay un antes y un después, o mejor, un primero, segundo o
tercero, para adecuarnos al orden trino, una tesis, antítesis o síntesis, una introducción, nudo
o desenlace—. Así que ahora me tocaba el turno a mí. La vida es bella. Para enfrentarme
al suplicio, me bebí dos botellas enteras de Cuty Sark. Yo solita, sin las dos amigas del
alma que me ayudaran a soplar, me despedía de los miembrecillos con los cuales había
convivido tanto tiempo aunque jamás hasta el momento les hubiera hecho el menor caso.
¿Eran tan importantes los dedos del pie para vivir? Síííííííííííí ¿Mi vida iba a cambiar
drásticamente cuando ya no estuvieran conmigo? Sííííííííííí ¿Me querría el arquitecto ahora?
Sííííííííííí. Me eché al goleto dos buenos tragos. Qué carajo, sería divertido, pim pam pum
dos dedos menos, tracataclá será coser y cantar. Otros dos tragos , otros dos tragos, y otros
y otros y otros. Fui a por la cámara de fotos. Quería un recuerdo. A fin de cuentas, ¿ por
qué no podía ser yo también sentimental como todo el mundo? Apoyé los codos al tronco y
disparé. Sería bonito recordar mis pies virginales antes de ser cercenados por el cuchillo, el
cuchillo, el bonito el cuchillo. Si algo me ha apasionado desde siempre eso han sido los
cuchillos. Guardaba en mi casa un auténtico arsenal de cuchillos de cocina de todos los
tamaños: grandes, pequeños, medianos, muy grandes, muy pequeños, muy medianos y de
todos los filos posibles: desde el extremadamente cortante hasta el más romo. Pasaba las
horas muertas contemplándolos en mi casa, en las tiendas, soñaba con ellos dormida,
soñaba con ellos despierta. Elegir el tajador o jifero adecuado no tenía, por tanto, que
resultar difícil. No obstante, pasó bastante tiempo hasta que pude decidir cuáles de entre

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todos iban a ser los elegidos. Por si las moscas, tomé la precaución de ir al afilador con los
dos afortunados para que les dejaran la hoja tan extremadamente afilada que no hubiera
más qué pedir. Perfecto, todo era perfecto, los cuchillos en su sitio con el filo a punto de
caramelo, mis amigas deseando ver correr la sangre por el suelo y yo riendo y cantando qué
será será, lo que haya de ser será... ¿Algo podía salir mal? La operación se efectuó por la
tarde. A eso de las cuatro, cuando la luz del sol entraba bien por la ventana de mi comedor,
sonó el timbre de la puerta. Eran la Puri y la Trini que venían a lo que venían. Pasad,
amigas, les dije con mi mejor prosodia y el boato que la ocasión requería. ¿Cuánto has
bebido?, preguntó la Trini haciéndose la alarmada.¡Habrás dejado algo para nosotras!,
exclamó la Puri con una de sus risotadas. Mientras tanto, la Trini entró en la cocina y dejó
sobre la encimera una bolsa de plástico con algo dentro. ¿Me aguardaría alguna sorpresa?
Siempre había imaginado la ceremonia de mi amputación con mucho fasto, con velas y
campanillas, con alegría y jolgorio, sobre todo con jolgorio, con mucho jolgorio, gente por
aquí y por allá, yendo y viniendo, entrando y saliendo, subiendo y bajando. Esto era mucho
más modesto, la verdad, pero no por ello menos animado. La Trini, a la que le gustaba
organizar todo y que era muy limpia, sacó de la bolsa de plástico otro plástico grandísimo
que puso sobre el sofá. Pa que no se manche, dijo. Y la música casi ahogó el sonido de las
cinco campanadas de la iglesia. Yo me hallaba ya tumbada en el sofá con la razón
sumergida en los vapores del delirio alcohólico. El sonido de la risa de la Puri era metálico,
parecía un timbre, la campana del despertador. La Trini estaba callada; todo estaba, pues, a
punto de suceder. Cada una portaba un cuchillo — días atrás habíamos decidido, para
ahorrarme tiempo de tormento, que los golpes de cuchillo los darían a la vez, cada una
tajaría un pie: cinco golpes, diez dedos—. Al primer golpe dos dedos, vomité. Es el miedo,
ya se te pasará, dijo la Puri como más sabida, con esa voz metálica que resonaba en el
interior de la máscara. No dejaron que me volviera atrás. Uno, dos y trrrreees, y dos dedos
menos. Me limpié con las manos una lágrima furtiva que rodaba por mi desconsolada
mejilla. No nos saldrás llorica ahora, espetó la Trini con una risotada. Uy, que señorita,
coreó la Puri. Yo no contesté, para qué. Saltaron por los aires otros dos dedos. Esto ya es
coser y cantar, pensé —había perdido la cuenta de los que faltaban por caer—. Los
siguientes dedos los celebré con aplausos y para los últimos canté una canción melancólica
que se quejaba de los años perdidos y de la juventud desperdiciada. Y allí me quedé,
desangrándome, cantando por lo bajinis, dibujando con mi sangre garabatillos en mi bata de
estar por casa, mientras mis muy queridas amigas me abandonaban y se largaban con viento
fresco a beberse el güisqui a otra casa. Eso, sí, me hicieron el favor de llamar corriendo a
urgencias, diciendo que la del segundo se estaba desangrando como un cochino en día de
matanza. Cuando llegué al hospital, una enfermera muy bonita y un mediquillo con bata
verde me sometieron al tercer grado: que cómo me había hecho eso, que quién me lo había
hecho, que si patatín que si patatán, que si tururú que si tururero. Mientras tanto, yo
canturreaba y miraba para otro lado. Mejor no decir nada, que piensen lo que quieran, ya se
callarán algún día. Y así fue, cuando se cansaron se callaron. Ahora bien, de vez en cuando
volvían a las andadas. Al final, y cuando me curaron las heridas y cerraron bien los puntos,
una semanita, me mandaron a la planta de siquiatría. La hemos cagao, me dije. No
habíamos caído en que pudiera pasar esto. Qué decir de los días que transcurrían
monótonos entre aquellas cuatro paredes: poca cosa. El tiempo se me iba en pensar.
Aunque pensar, bien mirado, pensaba poco, o lo que pensaba me servía de poco, o no
pensaba lo adecuado, o el pensamiento se me congelaba nada más iniciarlo, o yo qué sé; el
caso es que ni saqué sustancia ni la dejé de sacar a mis pensamientos que fluctuaban entre

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un odio incondicional a mis amiguitas, a la vida en general y a mi vida en particular y una
indiferencia rayana en la ataraxia por mis amiguitas, por la vida en general y por mi vida en
particular. En el manico, así llamaba yo a la nueva planta, había un enfermero gordo que se
la pelaba las noches de guardia. Se escuchaban los resuellos y los jadeos desde las
habitaciones de los enfermos cerradas a cal y canto. ¡Qué asco! Mientras tanto, y para pasar
el rato o para distraerme de mis pensamientos inadecuados, soñaba con el arquitecto, que
también era gordo aunque no tanto, y me refrotaba el yoni hasta que me corría. El
arquitecto, todo hay que decirlo, era más bien seboso y calvo. Eso sí, era muy elegante y
distinguido y se planchaba los pantalones del chándal y las camisetas. Era apañao apañao.
Eso era lo que más me gustaba del arquitecto, la finura. Cada vez que me lo machacaba, lo
veía quitándose la ropa, doblándola cuidadosamente para que no se arrugara y colocándola
con sumo cuidado en un galán de noche que se caía de viejo. Ese era el preliminar. Luego
le veía el torso lleno de pelos y las bolas de grasa de las tetas y las lorzas nada
despreciables que se le formaban a ambos lados de su barrigota gorda. Pero lo que más me
gustaba era verlo bailar desnudo, moviéndose así y asao, dando vueltecitas gráciles con sus
enormes pies. El arquitecto, no lo voy a ocultar, además de seboso y calvo, era también feo.
Bastante feo, añadiré. La primera vez que le vi subiendo la escalera del patio casi me
asusté. Qué boca, madre mía, esa boca que tenía lo hacía parecer tan bruto, tan bruto, Dios.
Subió sin decir nada, sin mirarme, como si le fuera la vida en la observación de sus
zapatones. A mí me pareció tímido. Luego me enteré que se estaba tirando a todas las
putillas del barrio; bueno, a todas a todas no, sólo a las cojitas. Pues tiene esta perversión,
qué le vamos a hacer, me dije. Y tomé nota, vaya si la tomé. Así que esa fue la causa,
confesada por lo menos, que me decidió a mutilarme el pie y no otra parte de mi cuerpo.
Todo tiene una explicación. A mí me daba lo mismo a quién se tirara con tal de que
también se acostara conmigo. Pero el arquitecto tenía sus manías y no le servía cualquiera.
Tenían que ser cojas, putillas o no pero cojas, esto último era lo fundamental, o eso me
dijeron por lo menos. Algunas veces, no obstante, hacía excepciones. Sí, habitualmente
hacía excepciones. A veces se las tiraba también tuertas, o ciegas, o mancas, o jorobadas o
incluso sin defecto físico o moral alguno. Tengo que reconocer que en muchas ocasiones se
tiraba no sólo a adefesios sino que también se tiraba a señoritas inmaculadas de muy buena
presencia. Es decir, y para resumir, se las tiraba a todas sin excepción, excepto una, una
sola, una única excepción, la que confirma la regla, yo. ¡Cualquiera sabrá por qué!
¡Caprichos! Sí, la primera vez subió mirando sus zapatones. Yo le miré y le saludé, pero no
recibí respuesta. En cuanto tuve ocasión, llamé donde la Trini para ver si sabía algo del
desconocido. La Trini me miró con cara de haba. ¿Qué ha subido uno gordo y grande? ¿Y a
mí qué? ¿Dónde va? Quiero saber dónde va, repuse. ¿En qué casa se ha metido? ¿A quién
conoce de la escalera? Eso es lo que yo quiero saber. Ya me enteraré, respondió lacónica la
Trini. Hija, pero qué reseca que estás hoy. ¿Qué te ha pasao? Pues que va a ser, que me he
levantao con el pie izquierdo. Lo de levantarse con el pie izquierdo, en la Trini, surtía un
efecto literal. Mira que la Trini era toda dulzura y miel, pero si se levantaba con el pie
izquierdo, ya lo tenías, el día torcido, sin esperanza. Sólo me quedaba resignarme o esperar
al día siguiente. Rara vez la Trini se levantaba dos días con el mismo pie. En eso era
meticulosa, cada día se levantaba con uno, así se desgastaban por igual. No sabía qué hacer.
Me aposté en la mirilla para salirle al encuentro cuando volviera a bajar. Pero la noche, los
calambres en los ojos, la visión borrosa y que tenía que salir zumbando hacia el Real a
trabajar , me hicieron desistir de mi decisión. Al día siguiente, la Trini, que como era
previsible se había levantado con el pie derecho, me trajo noticias frescas. Ya había

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revuelto el primero con el segundo, el segundo con el tercero, la lechera con el panadero y
el frutero con el pescadero. Aquel tipo gordo y grande no era una visita de nadie que había
llegado por la tarde y que se iba a las dos horas: teníamos nuevo vecino. El cómo se las
había ingeniado para subir los muebles y todos los enseres a su casa sin ser visto ni
advertido era algo que desconocíamos. Y, la verdad, nos tenía bastante perplejas. Yo las
tardes noches, por mi trabajo, no paraba en casa, pero durante el resto del día estaba allí,
quieta clavada. Además, la Trini en esas horitas que yo faltaba por mi trabajo no se movía
de su puesto. Y una mudanza es una mudanza, uno no se cambia de casa sin hacer ruido y
sin dejar rastro, aunque sea de polvo. ¿Cómo lo hizo? Se las querría dar de misterioso, así
era más interesante, o eso se creía él. Llegaba como quien se va enseguida, sin nada, y se
quedaba, se instalaba; escupía con desprecio y se quedaba, se instalaba, y no sólo en lo que
llamábamos su casa, no sólo en lo que llamábamos su casa, ah. La Trini no supo decirme
nada más. De momento, me dijo. Yo ya me enteraré. Tú descuida, que de ése vamos a saber
hasta lo que piensa para sí. Así que yo me descuidé pensando en que llegarían tiempos en
los que, gracias a la Trini, brillaría la luz que desvelaría los aspectos más oscuros y
secretos de mi arquitecto. Un día me llamó a su despacho el Jefe del Manicomio del
Hospital. Yo llegué allí con mi camisón de lunarcitos blancos y una bata que me había
agenciao para la ocasión. Me había peinao mis abundantes bucles dorados y me había
pintado un poquitín los labios y dado polvos de talco en las mejillas para acentuar mi ya de
por sí rostro pálido. Cuando entré por la puerta, el siquiatra me miró con atención. Tenía
toda la pinta de una loca. Pero él era un doctor que no se dejaba engañar por las apariencias.
Así que hizo que me sentara, muy amablemente me ordenó que me sentara, y comenzó a
decirme que durante todo ese tiempo que había estado allí, en esa planta tan inusual, en la
que todo era lo que parecía, había estado en período de observación. Meticulosamente me
habían observado todos los que habían convivido conmigo, todos por igual, locos y
enfermeros, locas y enfermeras, doctores y doctoras, aunque no todos y todas lo hubieran
hecho con el mismo propósito. En realidad, las únicas observaciones que contaban para él,
el siquiatra jefe, el que decidía sobre el porvenir de todos los allí encerrados, eran los de los
enfermeros, enfermeras, doctores y doctoras; las otras opiniones eran completamente
desestimadas, como yo podría comprender a poca cordura que me quedara, y sonrió
mientras dijo lo de la poca cordura, ufanándose de su sentido del humor y adelantando un
bonito desenlace para el asunto que llevábamos entre manos. Y oh, feliz coincidencia, todos
y todas, enfermeros y enfermeras, doctores y doctoras, en fin, todos los que tenían vela en
este entierro, opinaban y daban muestras de que era una mujer perfectamente cuerda, o
dicho de otro modo, que estaba en mis cabales, ya que desde el primer momento y pese a la
impresión que mis compañeros me debían haber causado, no dejé de integrarme con ellos,
me porté como uno más de ellos, escuché con atención todas sus opiniones y di al tiempo
debido las mías —pudieron comprobar una y otra vez como me adaptaba al ritmo de
intervención que marcaba cada grupo en que una y otra vez participaba. Los locos me
tomaron por uno de ellos, las locas por otra de ellas, las anoréxicas por una de las suyas y
las enfermeras por una colega que no se las da de sabidilla. Ante los doctores y demás
miembros del estaf, me porté con la debida consideración y acaté todas las normas de
funcionamiento del centro. ¡Qué más se podía pedir! Desafortunadamente para él y para la
gran familia que era la planta, pero afortunadamente para mí y para mis familiares, tenía
que decirme que mis días allí habían terminado. Me dio la enhorabuena, que lo pase usted
bien, sea usted feliz, y váyase con dios, me dijo, y se levantó para acompañarme hacia la
puerta mientras me daba cientos de palmaditas en la espalda y apostaba y se aventuraba a

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hacer predicciones sobre mi felicidad presente y futura. Cuando salí del hospital me
manejaba con las muletas como una especialista. Si hubiera tenido en mente trabajar, me
hubieran contratado en un circo. Según ordenaba el primer método que utilicé para
desplazarme, encogía las rodillas dos palmos para no tocar con los pies en el suelo,
acercaba las piernas lo más que podía a cada una de las muletas y me sostenía en pie
milagrosamente con su sola ayuda. Pero si este hecho ya demostraba un dominio
privilegiado del sentido del equilibrio, cuando comenzaba a caminar sin apoyar ninguno de
los dos pies la admiración de los locos y anoréxicas del hospital no tenía límites (siempre
que lo consiguiera, lo cual hay que admitir, en honor a la verdad, que sucedía pocas veces).
Pero cuando así ocurría, en primer lugar, echaba la cadera derecha hacia atrás apoyándome
con firmeza en el suelo con la también muleta derecha. En el momento preciso y justo en
que no me iba a caer de culo ni de cadera ni de muslo ni de nada, levantaba la muleta
izquierda y la adelantaba rápidamente dejando caer el peso de mi cuerpo sobre ella. De
modo que quedaba, digámoslo así, espatarrada, con la muleta izquierda delante y la derecha
atrás. Era entonces cuando continuaba con el segundo paso. El método que seguía para
realizarlo era radicalmente distinto del primero en naturaleza, función, objetivos y, ni qué
decir tiene, técnica. Una vez colocada en la situación ya descrita, la situación de espatarre,
tenía que vencer mi cuerpo ligeramente hacia delante y apoyarme con decisión en la muleta
izquierda al tiempo que levantaba la muleta derecha y la adelantaba unos centímetros, justo
los centímetros suficientes para que la muleta de la derecha quedara al mismo nivel de la
muleta izquierda, con el objetivo de que se situaran justo en línea recta, o aproximadamente
en línea recta. No siempre conseguía dar el segundo paso de una sola vez, no siempre, así
que cuando no lo lograba tenía que repetir esta segunda operación, pongamos, un número x
de veces. Ni qué decir tiene que este método me costó muchos disgustos, digo caídas, y con
el tiempo, los chichones y los moratones, lo fui perfeccionando. De manera que cuando salí
del hospital a las muletas les había quitado los reposa codos y apoya manos y les había
colocado unas tablillitas a unos treinta centímetros de sus bases de goma. El motivo de mi
decisión no era baladí. Las razones que me habían empujado a tomar esta decisión eran de
fundado peso. Medité bien las causas de mis caídas y sus posibles remedios. Todo esto
teniendo en cuenta mi, digámoslo así, minusvalía. No tener dedos tiene sus consecuencias.
Y nadie puede imaginar cuáles son hasta que no se ve desprovisto de ellos, nadie. Pensar en
andar como anda casi todo hijo de vecino, era pensar lo imposible. Pero todavía tenía sanos
y en buen uso los talones y las plantas de los pies; eso me permitía colocarlos en las
muletas sobre las tablillitas a modo de zancos. Después ataba por varias partes mis piernas
a cada una de las muletas con una cinta rosa pringada en miel para evitar deslizamientos
indeseados, me incorporaba y a andar que tocan. Las primeras tentativas fueron desastrosas
y provocaron la hilaridad de cuantos asistieron al espectáculo: un chino meón y
esquizofrénico, una bonita monja leprosa, la llamada malparida, una azafata de la UGT y el
enfermero gordo y seboso. Eso las primeras veces. Pero cuando se hartaron de reírse a mi
costa, el chino meón y esquizofrénico, que era meón y esquizofrénico pero no tonto, me dio
unas clasecitas magistrales y prácticas, que de todo hubo, sobre como colocar las tablitillas
en las muletas de manera que no se separaran de ellas (robó del control el loctite), la
manera de sujetar las cintas rosas a las muletas (aquí el loctite también nos ayudó lo suyo),
la manera de anudarlas a mis piernas, la manera de incorporarme del suelo con un grácil
saltito y la técnica de caminar a una altura de vértigo con unos apoyos tan, dejémoslo así,
reducidos. Hay que decir en su favor que el chino meón se lo tomó con interés. Y mientras
duró mi adiestramiento no se meó garras abajo ni una sola vez. Terapia ocupacional lo

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llaman ahora, ayudarse los unos a los otros, la fraternidad, la hermandad, el compañerismo,
la camaradería, ¿el amor? El chino meón, una vez que comprendió que mi propósito de
subirme en las muletas iba en serio y que no iba a cejar en mi empeño sucediera lo que
sucediera (bien que se lo demostré no cediendo ni ante los abundantes golpes ni ante las
risotadas ni ante las mofas y las befas ajenas), empezó a colmarme de atenciones: me
enseñaba a andar, me cedía su cuenco de arroz, robaba plastilinas de colores a otros
internos para mí, afeaba la conducta de los locos huraños que pensaban que era rara y
asocial, les decía que si se no se me trataba a coces yo era una persona dulce y tierna, me
libraba de los golpes de los locos furiosos con amenazas y con hechos... Un día, el llamado
mentecato, no sé por qué, de la ocho, un loco de encerrar y de atar con nudos de marinero,
al cual habían encerrado pero no atado, al menos con nudos marineros, salió bonitamente
de su confinamiento obligado debido a su reiterado mal comportamiento. El mentecato es
loco furioso, decía todo el mundo; de los más peligrosos del mundo, decían los que le
conocían bien; sólo le gusta ver sangre, cantaba el coro; haría añicos a un tierno niño de
pecho, continuaba la canción. El mentecato de la ocho, o el mentecato furioso, como yo le
llamaba, era toda una leyenda y debería de amenazarse a los niños malos con él, ¡que viene
el mentecato furioso!, para lograr enderezarlos. Yo no era ajena al peso de esa leyenda y
desde el principio, desde el mismo momento en que me hablaron de él, me sentí presa de
una malsana curiosidad por conocerle. Ahora bien, satisfacer mi curiosidad era punto
menos que imposible puesto que nunca salía de su celda, ni para el paseo, ni para hacer pis
o pas, ni para ninguna otra cosa; todo lo tenía que hacer allí. Para limpiar el retrete o para
entrarle la comida tenía que ir la Policía Armada armada, valga la redundancia, de
bazookas, porras y metralletas. A ésos sí que los respetaba el mentecato furioso, nunca les
dirigió ni una mala palabra. Porque ésa era otra, vaya boquita que tenía el mentecato. Pero a
lo que íbamos, mi curiosidad por ver al mentecato furioso era tanta que pasaba todo mi
tiempo libre, el tiempo que no dedicaba a mi llamada rehabilitación funcional, sentada
frente a su puerta, por si acaso podía iniciar una conversación con él a puerta cerrada, como
era de suponer. Y en una de éstas estaba, llamándole como siempre: Mente, Mente —no
sabía su nombre de pila, sólo el apodo—, háblame, háblame, Mente —decía Mente y no
mentecato por respeto, no me quería enemistar con el loco—.No obstante, y a pesar de mis
llamadas reiteradas, el mentecato furioso no decía ni mu, ni siquiera para insultar. Yo
aguzaba bien el oído, pero sólo oía ruidos, ruidos raros, ruidos como de campanillas, de
monedas rodando sin caer jamás. Embebida como estaba escuchando estos ruidos insólitos,
y cuando menos lo esperaba, la puerta que se abre, zas, y el mentecato furioso que se
abalanza sobre mí con una media de seda. Menos mal que el chino meón, que me espiaba,
quizá por curiosidad, quizá por celos, en mis visitas al mentecato, estaba allí . Y sin dudarlo
un momento sacó su tirachinas, también llamada honda, arma extremadamente prohibida en
la Institución hospitalaria, y apuntó a la cabeza del mentecato con tan buena puntería que
fue a dar en su sien izquierda. Los resultados del golpe certero no se hicieron esperar: el
mentecato se desplomó sobre el suelo y el chino meón se vino hacia mí para socorrerme
más de cerca y para cobrarse la recompensa. David y Goliat, dije yo al tiempo que le
lanzaba besitos, mi salvador. El chino, que se vio ya recompensado por mis cariñosas
palabras de admiradora, me ayudó cortésmente a levantarme del suelo y juntos, aunque no
de la mano, nos fuimos hacia el control, tras recoger la piedra lanzada y guardar bien el
tirachinas, a dar parte del luctuoso evento. Si el chino meón esperaba que sucediera algo
entre él y yo tras esta escena es algo que ignoro. Yo le seguí dando una de cal y otra de
arena mientras no se hubo consumado mi adiestramiento con las muletas, hecho que

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coincidió felizmente con mi marcha del Hospital. De manera que el último día y sin más
contemplaciones, una vez que hube hablado con el siquiatra, lo mandé a freír gárgaras:
subida a las muletas y poniendo el culo delante de sus narices, me eché un ruidoso y
oloroso pedo. Todos los locos se echaron a reír. Así acabó lo nuestro, que aprendiera para
otra vez. Debió de llorar amargamente tras el incidente, o al menos eso me dijeron cuando
andaba por el vestíbulo camino de la calle, que lloraba y lloraba y lloraba. Yo me apresuré
lo más que pude con las muletas, nunca me han gustado las manifestaciones de la emoción
y, además, tenía prisa, quería llegar cuanto antes a la boca de metro de Santo Domingo. Allí
me esperaba mi amor, mi dulce y tierno amor, más amable y servicial que el chino, más
dulce y tierno que la miel. Le dije al taxista que me dejara en Gran Vía a la altura de la
Casa del Libro y desde allí me encaminé con mi contoneo especial que tanto excitaba al
chino hasta la Plaza de Santo Domingo. El arquitecto aparecía apoyado en una de las
barandillas del acceso al metro silbando y ofreciendo de tarde en tarde alguno de los
periódicos gratuitos que repartía. De vez en cuando miraba en lontananza, hacia la calle X,
hacia la calle Y, giraba la cabeza hacia la izquierda, la meneaba hacia la derecha... y en
éstas que divisa un bultito pequeño que oscila hacia un lado y hacia el otro que se acerca,
que se llega despacito hacia donde se encuentra despreocupadamente. Al principio no me
reconoce, no puede sospechar que soy yo; sin embargo, se excita, le agrada el contoneo
desmesurado y patético de la figura que avanza, se roza la polla con el canto de la mano y
se imagina en plena faena con la lisiada. Todavía no le ve el rostro, todavía no, no le ha
mirado a la cara, le basta con el balanceo de sus caderas de aquí para allá, de allá para aquí;
entonces sale de su ensoñación, yo ya me he acercado bastante, lo suficiente como para que
pueda verme el rostro. Sonríe, por fin, después de tanto tiempo me sonríe, ha merecido la
pena el sacrificio, va a pasar lo que tenía que pasar, lo que debería haber pasado hace
tiempo. El no se ha movido de su sitio y yo me acerco, ya lo tengo al lado, lo saludo. Me
ofrece un periódico. Le digo que no voy al metro. No contesta y en brazos me lleva hasta el
banco más próximo que está vacío de viejecitos y mendigos. Ya no aguanto más. Yo
tampoco. Nos quitamos las camisas y los pantalones y la ropa interior y todo menos las
muletas que las tengo bien sujetas y aferradas a las piernas. Me besa; lo beso; mucho más
fino que cuando espatarró a la Puri, la pobre Puri, en el salón vacío de su casa. Había
llamado, inocente de ella, a la puerta del arquitecto para pedir sal. Como trabajaba de noche
en un garito, pues no tenía sal, lo natural. Entonces la Puri era todavía guapa de cara y no
llamaba la atención por la máscara que se puso meses más tarde por lo que todos sabemos
ya. El arquitecto la miró como quien no se cree lo de la sal. Sin embargo, y cosa que no
hubiera hecho conmigo, la invitó a pasar al salón ilimitadamente vacío para que esperara
mientras él encontraba la sal en la cocina. La Puri no sospechó lo que tenía que haber
sospechado, pues antes de entrar en el comedor —no sabía todavía que estaba vacío— pasó
por el pasillo y vio, porque la puerta estaba bien abierta, una cocina limpia de cualquier
utensilio, de cualquier alimento y de cualquier armario o cajón que pudiera contenerlos.
Pero así es la Puri. Ella confesó que no obstante estos peligrosos indicios, no sospechó
ninguna mala intención por parte del arquitecto y se adentró confiada al comedor expedito.
Al ver todo tan vacío, como si el piso no estuviera habitado, le preguntó al arquitecto que
por qué no había allí ningún mueble y qué pasaba con la sal. El arquitecto respondió
quitándose la camisa de un tirón y desabrochándose la bragueta. La Puri, que para trabajar
en un bar era un poquitín ingenua, le preguntó si tenía calor. Bastante, respondió el
arquitecto, y la tiró al suelo, le subió la falda, le arrancó las bragas y se la metió sin mediar
más palabras. Babeaba, qué asco, decía luego la Puri cuando contaba el incidente entre

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grandes risotadas. Y yo que lo vi un día tan serio, tan pulcro, tan decente, entrando en el
Real con su largo abrigo negro y su bufanda de seda blanca, cogiendo con indolencia el
programa como si fuera un hombre de mundo. Fue directamente al patio de butacas y allí
una compañera lo condujo hasta su asiento cercano a la orquesta. Yo lo distinguí con mi
vista de lince desde el gallinero, que es donde acomodaba una servidora a los espectadores,
y a partir de entonces con un ojo buscaba el asiento anotado en la entrada y con el otro
seguía los movimientos de mi amor, que eran, como la ocasión requería, pocos y
comedidos. Lo primero que hizo antes de sentarse fue quitarse su elegante abrigo y su
bufanda y doblarlos los dos cuidadosamente. Furtivamente miraba a su izquierda y a su
derecha y observaba con estupor cómo las elegantes damas y sus acompañantes se sentaban
felizmente en sus butacas sin el embarazo de tener que sujetar sus trajes de abrigo.
Enrojeció un instante, pero recobró prontamente la entereza al percatarse de que era quizás
el hombre más elegante o uno de los más elegantes de la sala. Todos lo miraban. Cuando se
quitó el abrigo, las pupilas de los asistentes a la obra se impresionaron con el atuendo del
relamido arquitecto. Bajo su chaqueta negra de cola doble y solapa de raso asomaban un
impoluto chaleco blanco de piqué, una camisa alba de pechera reforzada y una nívea
corbata de lazo. Las puntas del chaleco, todo hay que decirlo, no voy a disimular el error
delator, asomaban por debajo de la chaqueta y manchaban con su cano esplendor los
pantalones negros con galones azabache en los laterales, que convenientemente hacían
juego con los calcetines de seda y los negros zapatos de charol. El arquitecto estaba
orgulloso, estaba más que elegante al lado de los señores empingorotados de las primeras
filas. Todos lo comentaban. Pero cuando sacó sus gemelos de teatro, llegaron hasta el
gallinero los cuchicheos de las señoras. El arquitecto no sabía qué pensar, así que a partir de
ese momento miró hacia el frente con su mejor cara inexpresiva a la espera de que la luz se
apagara y la atención de los espectadores se dirigiera hacia otra escena. Pero llegó el
entreacto y los señores empingorotados y las damiselas se levantaron de sus asientos y
marcharon al vestíbulo o al bar entre frescas y sonoras sonrisas. Sin embargo, el arquitecto,
tal como pude ver desde mi puesto, desde mi posición privilegiada oteadora de todo el
teatro, permanecía en su asiento, con el culo escurrido hacia su borde, tratando de pasar
desapercibido. Pobre arquitecto, y qué desplazado se sentía, con las molestias que se había
tomado para ser un igual de los grandes señores. El hábito no hace al monje, que se jodiera,
le hacía falta una buena cura de humildad, así no se haría más el esquivo conmigo, ahora
me tendría que preguntar, que suplicarme que lo ayudara, que le enseñara todo si es que
quería triunfar, o al menos no dar la nota, en ese mundo operístico. Y yo tras hacerme de
rogar bastante le enseñaría a andar por los salones del teatro con la elegancia y el decoro
debidos, le mostraría cuándo tendría que aplaudir o callar, cuándo hacer un gesto u otro, le
instruiría sobre cómo vestir, qué beber, cómo dirigirse a sus camaradas de asiento, cómo
elegir los mejores palcos. Yo se lo enseñaría todo y así sería mío, mío. Las luces se
apagaron y comenzó el cuarto acto; mi arquitecto sollozaba, como no podía ser de otra
manera, silenciosamente; yo lo veía consolándolo en el sofá de mi casa: le restañaba sus
lágrimas con mis besos, él se quejaba del trato injusto, brutal y deshumanizado que había
recibido por parte de sus semejantes operísticos; yo lo besaba y él no ofrecía resistencia, lo
tenía tumbado en el sofá y se dejaba que le quitara el chaleco, se dejaba que le quitara la
camisa, se dejaba quitar también el pantalón , se desembarazaba también de los calzoncillos
—ya se le había pasado la llantina—, me decía que menos mal que estaba yo allí con él, me
decía que era una suerte el haberme conocido, me susurraba que ya no podría vivir sin mí,
me aseguraba que no había conocido a nadie como yo, continuaba asegurándome que no

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había conocido a nadie como yo —echado en el banco de la plaza— mientras andaba de
camino hacia el metro de Santo Domingo, me decía que nunca volvería a maltratarme, que
nunca volvería a ocultarme nada, que haría siempre lo que yo le pidiera, que no sería como
en los viejos tiempos cuando no quería hablar conmigo, cuando escupía en el suelo que yo
había pisado, para reírse, para mofarse, para hacer escarnio de mí. Sí, a la Puri se la folló
sin más, sin amor, pero conmigo fue otra cosa, a mí me besó, primero me beso, sí, me besó,
me besó en el sofá, en el banco de Santo domingo, me besó, sí, y me dijo cosas bonitas.
Embebida como iba en mis pensamientos, en mis deleitosas ensoñaciones, apenas me di
cuenta de que había llegado a la plaza —la de Santo Domingo—. Levanté la cabeza para no
tropezar ni con las obras ni con los obreros que trajinaban por allí y miré hacia la boca del
metro. O el arquitecto no estaba o había ido a uno de los bares de la contornada a tomarse
un cafelito. Me acerqué hacia la entrada y cuando me disponía a darme la vuelta para ojear
con mayor detenimiento el entorno todo, caí de bruces sobre el arenado asfalto. El
arquitecto que apareció por arte de ensalmo o encantamiento, sin disimular su risa y
después de haberme dado la puñalada trapera —me había puesto la zancadilla—, se dispuso
amablemente a ayudarme. Pero cuando gracias a su auxilio ya había conseguido la
estabilidad necesaria para mantenerme en pie (es un decir), mi amado se dispuso a reiterar,
con estudiadas variaciones, su anterior gracieta: me dio un empujón que me hizo caer al
suelo de espaldas. Todavía tengo las señales de la brecha en la cabeza. Sí, señales físicas y
memoriosas de los desplantes del arquitecto tengo unas cuantas. Sin embargo, ni los feos ni
las bromas de mal gusto, humillaciones, afrentas o desprecios a que me vi sometida
hicieron mella en mí. El arquitecto podía insultarme, escupirme, pegarme. Inútil el
deshacerse de una, yo seguiría insistiendo. Al poco de tirarse a la Puri, un día, cuando
sentía que bajaba por la escalera, por celos y despecho seguramente, me asomé desnuda a la
puerta. La entreabrí despacito, con mucho cuidado, no fuera a darse cuenta de lo que
tramaba y le fuera a dar tiempo para esconderse o huir corriendo hacia su casa. Me había
acicalado para la ocasión: había bañado mi cuerpo con todas las esencias de Arabia,
Turkmenistán y la India disponibles en el mercado chino; había ungido mi rostro con los
afeites más caros y misteriosos y había cubierto mi delicado cuerpo de una gasa tan sutil,
vaporosa y etérea que mis formas y curvas, sinuosas e incitantes, se mostraban al espacio
como una aparición celestial e incierta. Esperaba conteniendo la respiración mientras
escuchaba el sonido inconfundible de sus pasos por las escaleras, y cuando, por fin, llegó al
rellano, abrí de golpe la puerta procurando colocarme en una postura artística. El arquitecto
miró hacia donde yo estaba un segundo escaso y espetó: “No tienes categoría”. Y sin hacer
ningún otro comentario ni parar la marcha, siguió su camino hacia el portal de la calle. “ No
tienes categoría. Te faltan tetas y culo pa que te folle”, gritó el arquitecto apoyado en la
barandilla de acceso al metro para que se enterara la plaza al completo. Estuve un tiempo
tumbada sin poderme mover junto a las escaleras de la boca del metro. Y cuando el dolor
dejó de atenazarme los miembros y la coronilla, me levanté sin ayuda alguna del lugar que
ocupaba. En el suelo había dejado un charco de sangre. Toqué con una mano la cabeza y
hundí dos dedos en su interior. El arquitecto continuaba apoyado en la barandilla de la
entrada al metro con sus periódicos sin repartir.. Y los obreros, que pese al ruido
ensordecedor todavía no se habían quedado sordos, es más, conocían la dirección del vuelo
de una mosca por su zumbido, levantaron a la altura de la ingle los taladros en
funcionamiento. Marché de allí con el rabo entre las piernas, es un decir, y corrí, otro decir
porque mi marcha fue lenta y pesada, en parte por el trompazo, en parte por mi
incapacidad, en parte por la vergüenza y las prisas; corrí, digo, a refugiarme en mi casa en

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compañía de mis amigas, mis mejores amigas, la Trini y la Puri. Ya sabíamos que llegabas,
dijeron en cuanto entré por la puerta (me esperaban tumbadas y bien repantingadas en el
salón de mi casa bebiéndose, como siempre, el güisqui). Natural, pensé yo aunque sin
decirles nada a ellas sobre el último acontecimiento por si las moscas (no me convenía en
absoluto entablar una discusión sobre un tema que me la traía al fresco), como que os he
llamado por teléfono desde el Hospital para avisaros de mi próxima llegada. ¿Y cómo has
tardado tanto tiempo en regresar? Y sin dejar que respondiera continuaron con un
mandamos al arquitecto al Hospital en varias ocasiones para hacer averiguaciones pero nos
respondió siempre que si habíamos pensado que tenía culo de tonto. Afortunadamente no
me preguntaron nada, pero nada en absoluto, sobre las causas y motivos por los cuales
llevaba la boca y la cabeza empapaíta en sangre. Por lo que se ve, debieron pensar que salir
de un hospital e ir chorreando sangre sin una mala venda era lo natural, ¡como la Seguridad
Social está tan mal!, debieron de pensar. Así que como no se interesaban por mi caída
desafortunada y aunque yo hubiera podido coger y responder a la pregunta que habían
hecho, decidí hacer un resumen pormenorizado de todo lo sucedido en el Hospital, eso sí,
prestando especial atención al capítulo de la conversación con el mediquillo y la enfermera
patizamba en la que se decide ingresarme en la planta de siquiatría y al capítulo del ligoteo
con el chino. ¿Y qué les importará cómo se accidenta una?, se interesó la Trini que estaba
impaciente por ser mutilada. En estos momentos, añadí yo como conocedora de causas y
consecuencias de posibles pasos en falso, debemos de ser prudentes. Más vale que dejemos
correr el tiempo, un tiempo prudente. ¿Y a qué llamas tú un tiempo prudente?, me cortó la
impaciente Trini. Un tiempo prudente es un tiempo muy largo, cuanto más largo mejor.
Más vale que dejemos correr un tiempo prudente antes de cortarte el brazo, Trini. Los del
Hospital podrían atar cabos. Un accidente no llama la atención. Uno segundo así como el
mío da que pensar. Pero uno tercero de las características que va a poseer el que está por
realizar va a poner en marcha el aparato pensador del Hospital y en cuanto alguien descubra
que vivimos en la misma escalera van a mandarnos al colegio de médicos -siquiatras de
España. Tú siempre piensas que la gente está pensando en ti, se quejó la Trini. Y has dejado
de existir para ellos, incluso para el chino, en cuanto has salido de la puerta de la planta, de
la planta digo, no del Hospital. Más vale que no demos un paso en falso, añadí con calma y
sin lanzarme a la discusión sin tregua que me proponía la Trini. ¿Tú que opinas?, me dirigí
a la Puri que no había abierto la boca en todo el tiempo y que parecía medir con su silencio
los pros y los contras de cada una de las propuestas enfrentadas. Mejor lo dejamos por el
momento, sentenció. Ya habrá tiempo de quitarte ese molesto brazo de encima. Hacerlo lo
vamos a hacer, no nos vamos a rajar ahora que casi hemos llegado hasta el final. Y tú,
Trini, si estás ansiosa por ser una de las mutiladas, tendrás que aprender a esperar. Los
grandes momentos, los decisivos, no llegan cuando nosotros queremos sino cuando a ellos
les viene bien o les da la gana. Hay que plegarse al curso de los acontecimientos, son ellos
los que mandan, no nosotras. Pídele perdón a la Juani —es decir, a mí— por todo. De
acuerdo, contestó a regañadientes la Trini, pero no lo retrasemos más de lo necesario. No te
preocupes, le dije yo, no nos retrasaremos ni un día, ni una hora más de lo necesario. Santa
Cristina, la martiresa fenicia, la que sufrió la amputación definitiva después de sufrir
terribles torturas, nos dirá cuál es ese momento. Iremos hasta la parroquia para consultarle.
Así sea, dijo la Puri. Amén Jesús, concluyó la Trini aunque para finalizar sellase la alianza
con un alarido estruendoso, manifestación de su alegría y júbilo. El volumen del chillido
fue tan descomunal que no pudimos escuchar un primer timbrazo que en otras
circunstancias nos hubiera dado un susto de muerte. Pero en cuanto la Trini se calmó y

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disminuyó por consiguiente el volumen de sus alaridos, pudimos escuhar clara y
nítidamente el sonido ininterrumpido del timbre de la puerta. Salió a abrir la Puri, que con
mucho comedimiento e incontables reverencias, hizo pasar hasta el salón al arquitecto.
Como yo no salía de mi asombro, la Trini le ofreció asiento y algo para beber. Una copita
ya me tomaré, dijo mientras se hurgaba entre los dientes con un palillo. Y se tomó de un
trago un vasito del güisqui que bebíamos nosotras. Ah, por cierto, Juani, dijo dirigiéndose a
mí por fin de manera educada, tal y como siempre soñé, te he traído esto que se te ha caído
en la boca del metro. Y sacó del bolsillo de su pantalón uno de mis incisivos que había
quedado perdido en el asfalto tras el golpe. Si veo algún otro, ya te lo devolveré. No os
molesto más. Esta vez fui yo la que hablé para darle efusivamente las gracias por la merced
que me hacía, no tenía por qué haberse molestado, al fin y al cabo no era su incisivo, ni le
iba ni le venía en el rescate del incisivo, el haber recogido el incisivo del asfalto sólo
mostraba su galantería y bonhomía, su calidad de hombre de bien, de hombre atento y
servicial, que únicamente hace favores sin pedir nada a cambio, la culpa era mía por
haberme dejado el incisivo tirado y perdido quizás para siempre, aunque eso no, ahora eso
no, ahora el incisivo quedaba rescatado y lo podría poner bajo la almohada para que el
ratoncito Pérez me dejara un centimillo y todo eso gracias a su bondad, a su hombría y
bonhomía. También me deshice en quejas y lamentos por la prisa que mostraba en
marcharse de mi hogar que ahora era también el suyo y del que podía entrar y salir, por
tanto, cuando quisiera o le viniera en gana. Pero que ahora, no obstante lo que había dicho
de su derecho a salir de allí cuando quisiera, le rogaba encarecidamente que se quedara, que
no se marchara, que compartiera con nosotras la alegría de mi regreso a casa, la alegría
desorbitada e inconmensurable del hallazgo del diente, la alegría infinita e, incluso,
absoluta de su presencia con nosotras. El arquitecto, mientras yo le obsequiaba todo lo que
podía y mejor sabía, no movió uno solo de los músculos del rostro. Tal como habían
quedado al comenzar mi perorata —la boca ligeramente abierta con el palillo entre dos
dientes, seguramente uno de ellos incisivo, las cejas enarcadas en actitud de sorpresa y la
frente colmada de arrugas y arruguillas al tener que haber fruncido el ceño obligatoriamente
para arquear las cejas—, digo que tal como habían quedado los músculos de su rostro al
comenzar mi perorata, continuaron hasta la finalización de la misma; un retrato continuado
hubiera quedado plasmado en el celuloide de haber estado allí un cameraman bien
dispuesto a filmarlo todo. No obstante, cuando mi monólogo agradecido cedió el paso a un
breve silencio cuyo único objetivo era coger más aire para poder continuar con la misma
matraca, el arquitecto aprovechó para sacarse a la velocidad del rayo el palillo de entre los
dientes y para toser. No me dijo ni sí ni no, ni hola ni adiós, no me dio las gracias pero
tampoco recriminó mi osadía, Miró al frente, hacia un lugar indefinido situado entre la
Trini y la Puri, y volviéndose a introducir el palillo en la boca dijo con voz alta y clara:
Como os estaba diciendo, si me encuentro más dientes os lo haré saber. Ahora tengo que
dejaros. Y salió por la puerta sin que ninguna de nosotras acertara a perseguirle con la
suficiente rapidez como para cerrarle el paso de la puerta de la calle. Mi alegría, a pesar de
su marcha, no conocía límites. Lo veía arrepentido del acto torpe y de malnacido que había
tenido conmigo al precipitarme hacia las escaleras del metro. Por fin se ha dado cuenta. Me
quiere. Se ha dado cuenta y ha venido a decírmelo. A su manera, repuso la Trini. Claro,
claro, a su manera, él es muy peculiar, reía la Puri. Sí, a su manera, pero él me quiere de
verdad. Ya, le gustarán sin dientes. Abrí la boca y conté con los dedos los huecos dentales
que habían quedado tras el incidente. Se oía la sirena de la ambulancia. Yo estaba en la
parte trasera dándole aliento y confortándolo. El arquitecto respiraba con dificultad, no le

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entraba el aire por las narices y tenía que abrir desmesuradamente la boca. Le ayudé a
vomitar los dientes. Los iba escupiendo uno a uno envueltos en cuajos de sangre. Cuando
terminó le hice enjuagarse la boca con agua y después se la inspeccioné meticulosamente
para ver si le quedaba alguno; no quería que se le quedara clavado un incisivo en la
garganta y tuvieran que hacerle una traqueotomía. Así que miré en su cavidad bucal con
una linterna. La caverna estaba bien sonrosadita, sin asomo de dientes, caninos, incisivos,
molares, premolares ni muelas del juicio. Con un poco de suerte y una vez que hubiera
lavado en casa las piezas de la dentadura podría confeccionar un collar-amuleto con las
piezas, los huesecitos lindos de mi amor, así lo veía yo. Y lo cuidaría sí, lo cuidaría, ya
nunca lo abandonaría, él no me dejaría, estaríamos siempre juntos en la ambulancia, yo
masticaría para él, no tendría necesidad de comprarse dentadura, iríamos de compras y al
cine yo con las muletas y él como dios le diera a entender con muletas, en silla de ruedas,
en ambulancia, andando en el autobús de San Fernando... El timbre de la puerta, era
realmente el de la puerta, me sacó de mi ensueño. Al abrir apareció la Trini con su pañuelo
anudado en la cabeza. Ya está, ya lo sé todo. Está que se nos va, sí, sí, que se nos va al otro
barrio, o al menos eso dicen todos por la calle. El golpe ha sido muy malo, le ha dao muy
fuerte el coche, le ha embestido por todas partes, por todas, hija mía, por todas, no hay
huesecillo que no le haya destrozao, ¡hija mía de mi alma!, nadie puede entender que le
haya dado por delante y por detrás, por la izquierda y por la derecha, por la cabeza y por los
pies, era un espectáculo de ver, decían, sólo se veía sangre en el aire. ¿Pero se tienen
noticias del hospital?, intervine yo cortando con cierto apuro la cabalgata de emociones que
empezaba a desfilar por la boca de la Trini. Pues mira, me contestó, sí y no, unos dicen una
cosa y los otros otra, unos dicen que se va y otros que no volverá. A saber. Pero de todo
esto una cosa, una sola cosa se puede tener por cierta, que está con un pie aquí y el otro allí,
en esto hay un acuerdo completo. Y se echó a llorar. Ya teníamos a la Trini una vez más
con sus efusiones sentimentales, siempre tan dada llorar, a gritar, a gimotear, a descabalarse
por cualquier cosa. Total, ni que fuera para tanto. Más se perdió en Antequera, traté de
consolarla. La Trini no me preguntó qué se había perdido en Antequera, y por toda
respuesta a mis bienintencionadas palabras dijo ¡ayyy!, ¡virgen santa!, ¡hija mía de mi alma
y de mi corazón!, ¡qué poco sabes de la vida! Y se desmayó. Este era el segundo desmayo
de la Trini, al menos éste era su segundo desmayo conocido, si hubo otros desmayos antes
la Trini, y mira que hablaba, no dijo ni una palabra. Del primero también tuvo la culpa el
arquitecto, para qué voy a decir otra cosa. Una tarde cuando el sol caía, la Trini miraba por
la ventana de su casa sin haber descorrido las cortinas. Como el hilo del paño no le permitía
ver con nitidez lo que en la calle sucedía, se aventuró a llamar, o a chistar, o a insultar, o a
piropear, recordando, nostálgica quizá, sus tiempos de irrefrenable e inconsistente
adolescencia, a un bulto masculino que por debajo de su ventana acertó a pasar. Éste no
levantó la cabeza para buscar con la vista la ventana de la cual salían las vociferaciones y
poder descubrir así al autor o autora de las mismas. Directamente entró por la puerta del
patio de la finca donde vivíamos y desapareció en su interior. La Trini no dio ningún valor
a este hecho y pensó que el desconocido tendría un calor sofocante y habría ido a refugiarse
al fresco interior de la casa. Así que permaneció apostada en la ventana sin dar más
importancia al asunto. No había transcurrido un minuto desde que el bulto buscara asilo en
el interior del patio, cuando la Trini escuchó una voz que resonaba potente en la misma
habitación donde estaba: ¿Querías algo de mí? —dijo. La Trini se dio la media vuelta y, al
ver lo que vio, fue a apoyarse en una silla que cerca de ella estaba para dejarse caer en
blando. Sin embargo, la mala fortuna hizo que la silla que buscaba estuviera colocada justo

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en el lado en que le faltaba el brazo y, así, no asistiéndole la razón en un momento tan
delicado, fue a apoyarse en un miembro que, por desgracia, ya había pasado a mejor vida—
el brazo, la Trini ya se había deshecho del brazo inservible—, por lo que dio con su cuerpo
en tierra y, ya fuera por el golpe, ya por la impresión que le produjo lo que sus ojos vieron,
perdió el conocimiento. El arquitecto desnudo, que era la visión que había deslumbrado a la
Trini con su aparición repentina, no la recogió del lugar en que había caído. Lo que no sabe
nadie, porque la Trini nunca lo supo y el arquitecto no dijo una cosa ni su contraria, es lo
que allí pasó hasta que la Trini volvió en sí. Sólo yo, que tengo el oído muy fino y que me
encontraba en ese momento con la oreja pegada a la pared contigua, pude escuchar el
levísimo ruido que hacía el arquitecto al desenvolver con sumo cuidado las gasas que
cubrían el muñón de la mano derecha de la Trini. Está tierna, todavía está tierna la herida,
suspiraba. A la Trini le cortamos la mano, la mano derecha, la mano útil, la mano que le
daba de comer, una bonita tarde del mes de mayo. Cuando el sol relucía, cuando las
plantitas empezaban a echar sus brotes tiernos, cuando los árboles y la naturaleza toda
despertaba y se disponía a emerger y a crear sus cuadros verduscos, nosotras le dábamos
cerrojazo a la mano dereha de la Trini. ¿No tenías tanta prisa por probar a qué sabe la
mutilación? Pues toma paella, me reía yo por lo bajinis esa tarde al recordar la tabarra —
mutiladme ya, mutiladme ya— que hubimos de soportar y sufrir la Puri y yo durante
mucho mucho tiempo, aunque no durante todo el tiempo que duró su espera hasta el día de
la mutilación. Y es que la Trini, en los últimos meses y pese al entusiasmo con que había
recibido la idea de perder cruentamente y a la brava su brazo derecho demoraba
pasivamente la ejecución del plan. Con el tiempo y una vez que taxativamente le habíamos
ordenado que se olvidara de momento de la “ejecución”, se fue olvidando de recordarnos
que teníamos una cuenta pendiente. Pero así era ella, muy echá pa lante, la que más, pa to;
sin embargo, cuando llegaba el momento de la verdad, ah, ahí te he visto, donde dije digo,
digo diego. Así que la hubimos de coger por sorpresa, sin previo aviso. Yo me encargué, al
igual que hice con mi propia mutilación, de llevar al afilador un buen cuchillo de mi propia
colección, el de carnicero en este caso. Luego acordé con la Puri el modo y la manera en
que remataríamos nuestra obra. Y así, como quien no quiere la cosa, tontín tonteando, llegó
la tarde del mes de mayo en que los pájarillos cantan y las nubes se levantan y todo en la
vida prometía ser felicidad y sosiego. La Puri, tal como acordamos, se había ofrecido a la
Trini para hacerle la manicura, ofrecimiento que la Trini aceptó de mil amores dada la
incontenible necesidad de la Trini de enseñar a la menor insinuación o sin insinuación
alguna sus manos y sus pies al primero o a la primera que pasara por delante suyo. Y así fue
que yo me presenté también a la sesión de manicura en achaque de aprender a hacerla
aunque con sendos cuchillos afilados (el grande de carnicero y otro más pequeño pero
asimismo afilado por si habíamos de cortar chinchajos) convenientemente ocultos en los
bolsillos interiores (de alguna manera hay que llamarlos) de mi cazadora vaquera. De
manera que allí estábamos las tres, en la casa de la Trini: la Puri, con su neceser manicuril
abierto, sacando de allí pequeños objetos punzantes y cortantes; la Trini con ambas manos
extendidas sobre una mesita nada alta ofreciéndoselas confiadamente; y yo, que
arrastrándome desde el dormitorio donde había dejado mi cazadora, con el cuchillo de
carnicero en una mano y con el otro en la boca, me colocaba tras la Trini con objeto de que
no me viera y, por tanto, no descubriera el pastel antes de tiempo. Y cuando la Puri estaba
metida en faena arrancándole meticulosamente los pellejillos de los dedos de la mano
izquierda (la derecha continuaba apoyada con todos sus anillos sobre la mesa), yo dejé
sigilosamente el cuchillo que llevaba en la boca en el suelo, convenientemente apartado de

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mí para que llegado el caso no me lastimara, y con mi mano izquierda, la buena, agarré
firmemente el cuchillo de carnicero, di un salto de volatinera y en un sinsentir la mano
derecha de la Trini continuó en la misma posición en que ella la dejara aunque ligeramente
separada de su antebrazo. Un hilillo de sangre primero y después borbotones y borbotones
brotaron de la unión de la muñeca con el antebrazo. Cuando la Trini vio cómo la mano
izquierda se le llenaba de sangre, volvió la cabeza hacia su otra mano. Entonces la levantó
para ver qué sucedía, y maravilla de las maravillas, la Trini pudo contemplar cómo el brazo
derecho se elevaba sin su correspondiente mano. Chitón, no dijo nada. Se levantó del
asiento que ocupaba y con los ojos henchidos de furia estuvo paseando arriba y abajo de la
habitación (sin dejar de chorrear sangre) durante unos minutos. Al fin exclamó Peeerras, y
soltamos las tres la carcajada. ¿Me queréis decir qué hago ahora yo sin mi manita? Que te
lo diga el arquitecto, le hubiera dicho entonces si hubiera sabido lo que supe meses
después. Sí, el arquitecto , le desenvolvía con cuidado la gasa que cubría la herida, lo oía
bien, lo escuchaba con claridad total con la oreja pegada a la pared, el arquitecto le quitaba
cuidadosamente la gasa a la Trini. Tiernecita, tiernecita, decía y se escuchaba el ras de una
cremallera que bajaba. Lo demás se puede suponer, lo podemos suponer sin mucho
esfuerzo. Allí hubo de todo: suspiros, jadeos, resuellos, sofocos, gritos, alaridos, aullidos,
bramidos y un sinfín de sonidos o ruidos a los cuales no sabría dar nombre. Cuando el
acrotomófilo arquitecto termino de acariciarse, primero, y de refrotarse después el
miembro, según presumo yo, con el muñón de la Trini, se levantó, se subió la cremallera
— volví a escuchar el ruido que hacía— y con suma dedicación volvió a colocar la gasa
que cubría el muñón en su posición inicial, como si nada hubiera pasado. Después de haber
dejado todo tal y como lo encontrara, se marchó de allí y siguió su camino. Ni qué decir
tiene que la Trini seguía desmayada y de todo esto no supo ni una palabra hasta que yo se
lo conté, principalmente para quejarme de mi desgracia, de mi gran desamor. Y se lo fui a
contar nada más y nada menos que cuando despertó del patatús. En cuanto el arquitecto
salió por la puerta, entré yo y salpicándole la cara con agua y levantándole las piernas
volvió en sí en un periquete. Lo mismo hice el día de su segundo desmayo: salpicarle la
cara con agua y ponerle las piernas en alto, y con idéntico resultado: satisfactorio. ¿Qué ha
pasao? ¿Qué me ha pasao?, exclamó sobresaltada cuando se despertó. Pues nada, que te ha
dao un vahído por las emociones vividas, repuse. ¡Ay, hija mía, hija mía de mi alma, hija de
mi corazón! ¡Y tú te quedas así, tan pancha! ¿Y qué quieres que haga pues, que me
desmaye también? ¡Ay mi dolor, mi dolor, y que fría que eres! ¿Tienes al arquitecto a un
paso de la tumba y no vas a hacer nada? No sabemos nada, debemos esperar noticias, no
hay que desmelenarse antes de tiempo, ya habrá momento y lugar para lloriquear, contesté.
No me extraña que no te quiera, eres, eres, eres tan cómo diría yo, eres tan, tan, eres tan así.
No sé para qué me molesto, para qué vengo a decirte nada. Y se marchó, supongo que a su
casa. El arquitecto estaría ya tumbado en su cama de UCI vendado y muy vendado pero
desangrándose como un cerdo, rodeado de aparatos con infinidad de cables adheridos a su
cuerpo exhausto, las radiografías irían y vendrían, los médicos las mirarían y las
desecharían, le clavarían con saña miles de agujas para hacerle infinidad de análisis
inútiles, llegarían a él las infecciones, los parásitos estafilococos que crecerían y se
multiplicarían dentro de su cuerpo que cada vez respiraría con más dificultad. Pobre, pobre
arquitecto, estás en las últimas, mordiendo el polvo. Tú sí que lo muerdes, más que yo
cuando caí en el metro gracias a tu bonito puntapié y me tuve que tragar algunos dientes y
escupir los otros y me llené de ácaros y tierra y me clavé todas los cascajos y chinas que
por allí había. Muérdelo, muérdelo tú ahora, yo ya me he arrastrado bastante. Ya vendrás

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agonizante, deprimido, cuando no tengas fuerzas, a que yo te cuide, a que te salve, porque
nadie te querrá en la situación en que te vas a quedar. Volverás y me suplicarás. Sí, ahora el
que vas a suplicar eres tú. Vendrás y te arrastrarás. Vendrás a mí, tú , sí, tú, el engreído, el
que se las daba de finolis, el superior, vendrás y te arrastrarás, y me suplicarás y me dirás:
tú que siempre me quisiste, la única que me quiso de verdad, y dónde estaba yo, hacia
dónde miraba yo que no quise darme cuenta, qué engañado que estaba, y cómo había dado
importancia a aquello que no la tenía; todo eran futilidades, nunca supe ver lo importante,
lo que me convenía, lo que yo de verdad deseaba. Todo eso me dirá. Y entonces yo le
escupiré, le escupiré con fuerza, con rabia, con desprecio, para que sufra ahora que le ha
tocado el turno a él. Pero a él no le importará sufrir y volverá a insistir, insistirá como
insistía yo antes y me implorarás perdón por todo lo que me hiciste y llorarás y te
arrepentirás y yo te daré cuerda para que sepas lo que es bueno. Nunca sufrirás lo que sufrí
yo, por mucho que te dé carrete y te deje que ruegues y te humilles y que derrames lágrimas
sin fin, nunca. El vanidoso se desensoberbecerá, el fatuo pedirá perdón por sus faltas
pasadas, el presuntuoso y vano se arrepentirá y llorará para implorar una palabra de afecto.
Las aguas, por fin, volverán a su cauce, como tenía que ser, después de tanto tiempo, las
aguas regresaran a su lecho, todo estará como debía haber estado en el principio, las cosas
en su sitio, el norte en el norte, el sur en el sur, el aire en la montaña y el cielo junto al mar.

Tres meses después, llegó la ambulancia hasta el portal de la casa. No era una ambulancia
pequeña. Era una ambulancia grande, una de esas que transportan viajeros como si fueran
autobuses a domicilio. Así que la sirena no sonaba. Llegó como llegaría un camión, con
paso pausado y con el ruido poco llamativo aunque ensordecedor de los camiones. Ya ves
la atención que se le presta a un camión que pasa, sólo para maldecir el ruido, ese maldito
ruido sordo de los camiones. Pero el ruido, ese maldito ruido sordo paró, tal y como si
fuera el camión de la basura, que para siempre y para muchas veces en una misma calle y
vuelve a arrancar también muchas veces en esa misma calle para que el suplicio del ruido
que parece va a cesar definitivamente cada vez que el camión se para no termine nunca. Sin
embargo aquel ruido de camión paró una vez, la primera, justo debajo de casa; no venía
desde lejos parando una y otra vez como si fuera el camión de la basura que siempre llega
por la noche dispuesto a rompernos los nervios. Éste paró una vez, una sola vez, y se
escuchó una portezuela sin engrasar que se abría y un ruido de rampa que daba de bruces
contra el suelo aunque a una velocidad moderada. Todos estos signos dieron la alarma a mi
disparatado corazón que empezó a latir con fuerza. Por la pendiente metálica, bastante
escacharrada por cierto, bajaba una silla de ruedas empujada por un camillero de bastante
buen ver, una silla de ruedas ocupada, ¡cómo no!, ¡no podía ser de otra manera!, por mi
amado arquitecto. No, no había muerto, el arquitecto vivía, bastante estropeao, pero vivía,
muy estropeao, pero vivía, hecho polvo, destrozao, pero vivía; vivo, mi amor vivo, estába
vivo, bien vivo, totalmente vivo, vivito y coleando; un poco más pequeño sí, pequeñito, sí,
casi enano, sí; cómo había disminuido el pobre en el hospital, mucho. Desde la silla de
ruedas, sin embargo, no podía apreciarse bien las dimensiones de, la llamaremos así, la
reducción. Una catástrofe, una catástrofe de envergadura; con lo que era el arquitecto, con
lo que presumía de altura, con lo que le gustaba pavonearse de lo que él llamaba sus
dimensiones. Ahora venía lo bueno, lo que le iba a escocer bien, ahora tendría que ir
siempre, siempre y a todas partes, con el rabo entre las piernas. Lo que habían hecho para
reducir al arquitecto no tenía nombre. Un artista en aras del equilibrio, la proporción , la

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simetría— todo estaría calculado de antemano, nada se habría dejado al azar— tendría, por
fuerza, que haber realizado el diseño de la mutilación del arquitecto. Sin embargo, el
arquitecto, no por obra del cálculo sino por gracia de la naturaleza, había sufrido también
sus amputaciones, y qué amputaciones, madre, tan dignas de ver. Yo siempre tan amable y
tan servicial, después de todo lo que me había hecho, todavía estaba dispuesta a ayudarle, a
mimarle, a compadecerle, a dar mi vida por él si fuera necesario. Lo quería. Todo lo puede
el amor; el amor traspasa fronteras, rompe ataduras, transgrede las normas; no hay nada que
no pueda el amor, ley que no quebrante, principio que no viole; al león vuelve cordero, al
tigre tierno gatito, al cervatillo gusano. El camillero lo entró hasta el portal y allí lo ayudó a
levantarse de la silla. ¿Necesita algo más? No, contesté yo por si el arquitecto se me
adelantaba. Y el camillero, que debía de tener prisa, salió de allí sin que le diera tiempo a
ver la mirada lastimera que le dirigía el arquitecto. Aquí nos encontramos de nuevo, rompí
el hielo mientras él se sostenía milagrosamente apoyando el muñón del brazo izquierdo,
seccionado a la altura del codo, en una pared y el de la pierna derecha, amputada por la
rodilla, en el suelo —los miembros restantes, los que no he nombrado, la pierna izquierda al
completo y el brazo derecho en su totalidad, faltaban por completo de su sitio—. Parece
que fue ayer, añadí en vistas de que el arquitecto no respondía palabra. No somos nada,
continué mientras me disponía a desembarazarme de mis muletas-zanco. Ahora ya puedo
ayudarte a subir hasta tu casa, así será más sencillo, le dije una vez que terminé de quitarme
mis muletas. Todo sea por tu comodidad, añadí. El arquitecto, llegado este punto, sonrió.
Las cosas marchaban a pedir de boca. Era la primera sonrisa que el arquitecto me lanzaba.
Me enternecí. Me ofrecí para todo: para ser su chica de los recaos, para hacerle la comida y
comprarle, para lavarle la casa, para plancharle, todo esto como buena vecina, sin pedirle
nada a cambio. La apertura de la boca del arquitecto aumentaba, su sonrisa crecía, cada vez
era más amplia, más amigable, más cordial. Me ofrecí también a trabajar para él en aquello
que él dispusiera, le aseguré que no le diría que no a nada, que a todo accedería. El
arquitecto empezaba a dar muestras de cansancio por la posición en que se encontraba. ¿Te
molesto ahora con mi perorata? No te preocupes, ahora mismo te subo. Y me dispuse a ir
hacia él para colocarlo sobre mis espaldas. Esto es muy fácil, más fácil de lo que imaginas,
yo tengo soluciones para todo, ten en cuenta que yo estoy tullida desde hace mucho,
conozco todo tipo de trucos para hacer todo tipo de cosas. Ya verás, ya verás que bien nos
lo vamos a pasar. Para el carro, cortó de pronto el arquitecto cuando colocaba
delicadamente mis manos sobre su cintura, ¡antes subir dando botes con la cabeza que
depender de tu ayuda, guarra! Puedes insultarme si quieres, estás en tu derecho, es que me
pongo tan pesada a veces, le disculpé. Vamos, ahora mismo te subo a tu casa y allí
tranquilamente piensas en mis ofrecimientos y elige de entre ellos los que te parezcan
mejor, si quieres uno sólo, pues uno sólo, si quieres dos, pues dos, si te complacen todos
pues todos, no lo hagas por mí, tú haz lo que más te convenga. El arquitecto que no resistía
más la posición en que se encontraba se deslizó suavemente hasta el suelo y se quedó
tumbado de memoria, con la cabeza mirando hacia las escaleras. Con lo fácil que me sería
ahora cogerte y llevarte en volandas hasta tu cama, dije sin pudor. ¿Te gustaría? Vete ya,
puta; sin mí, añadió al ver mis intenciones de subir escaleras arriba con la preciada carga.
No me quedó más remedio que obedecerle, a fin de cuentas sólo quería complacerle y si ése
era su deseo, pues eso, cogí mis muletas que estaban desperdigadas por el patio y subí
arrastrándome y llorando, sí, llorando a moco tendido, haciendo bien de ruido para que se
enterara toda la casa y por si el arquitecto se ablandaba. Pero quia, su boca, que sí le
funcionaba, no me llamó. Cerré la puerta de un portazo, me calcé bien las muletas y me

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quedé esperando a que subiera mirando por la mirilla. El muy cerdo, ojalá se le reventasen
las arterias del esfuerzo o sufriese un ataque de apoplejía. Gilipollas . A saber cómo tendría
que subir las escaleras; y todo por no aceptar mi ayuda. Primero tendría que ponerse de pie
—oh, de muñón— para lo cual no contaba con una mano con la que apoyarse en el
barandao. Hay que tener en cuenta que o bien se las ingeniaba para apoyarse en el
pasamanos con el muñón del brazo izquierdo para incorporarse o bien se apoyaba en la
pared con el mismo muñón —no hay otro— y entonces tenía que subir de espaldas. Esta
última posibilidad tenía como ventaja la facilidad de incorporación pero la dificultad —
nada desdeñable— de la posición en que tenía que subir los pisos —habida cuenta de su
falta de miembros—. No se me ocurrió pensar que el arquitecto subiera arrastrándose, tan
orgulloso lo consideraba, pero éste, ya fuera porque le pareció un buen método para
principiantes, ya porque no quería que le viera por la mirilla, fue éste el sistema que
empleó. Cuando escuché el ruido de su puerta al cerrarse, me dirigí hacia mi habitación.
Estaba recién arreglada. Todos los días la preparaba cuidadosamente por si volvía el
arquitecto. Miré en la alfombra y descubrí una mancha apenas perceptible. Me doblé por la
cintura hasta que la cogí y la llevé hasta la bañera. Después saqué otra del armario y la
coloqué donde estuvo la primera. Todo tenía que ser perfecto. Me tumbé. El arquitecto ya
estaba en casa. Sólo era cuestión de tiempo. Ahora estaba muy cansado, hacía sólo tres
meses que le habían amputado, todavía le dolerían los miembros, quizás le hubieran
extirpado también un riñón o hubiera tenido varias hemorragias internas, había que tener en
cuenta que se había salvado de milagro, no estaba ahora para fiestas, para encandilarme a
mí; además, él era rudo, siempre lo había sido, le costaba decir lo que sentía, cuanto más
amaba, más lo negaba, de eso no había ninguna duda, era algo evidente. Ahora, mientras se
quitara la camisa, pensaría en mí, cuando se desembarazara de los pantalones se acariciaría
con el muñón la polla y pensaría en mí, sí, no se me podría quitar de la cabeza, volvería a
verme una y otra vez en su imaginación, vestida, desnuda, con bragas, sin bragas y él sin
podérsela menear a gusto. Solo con su muñón. A solas con su muñón. Sí, me necesitaba. Ya
lo oía que me llamaba, que me imploraba que subiera a echarle una mano, me decía que me
necesitaba, que no podría vivir sin mí, estaba rabioso, rabioso de la excitación. Yo me
demoraba en mi casa fregando unos cacharros, quería que sufriera. Me llamaba. Me decía
contesta, pero yo no le contestaba, me callaba como una perra. Sufre, sufre un poco más
que luego subiré, me decía, y lo dejaba que bramara. Cuando se había quedado ronco de los
alaridos, yo subía. Él había dejado la puerta abierta. Me lo había puesto fácil. Entraba sin
hacer ruido, para darle una sorpresa. Yo estaba desnuda, me echaba encima de él. No había
tiempo que perder. Por qué has tardado tanto, por qué, por qué, por
qué, por .

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